Historia de Puerto Real: Breves pinceladas patrimoniales (I)


Ruinas del Puente Melchor, en Puerto Real
Ruinas del Puente Melchor, en Puerto Real
[Este texto se publicó originalmente con el título de “Breves pinceladas históricas y monumentales”, en el libro de Historia de bolsillo. 10 Sueltos sobre Puerto Real. (Puerto Real, 2006, pp.101-115), del que es autor el que suscribe; lo presentamos ahora dividido en dos entregas para su mejor difusión, respetando básicamente el texto original de nuestra autoría (salvedad hecha de algún matiz de puesta al día de contenidos respecto al original, necesario debido al paso del tiempo y al avance de los conocimientos sobre los aspectos objeto de esas mejoras); como ya ha sucedido en otros textos precedentes de similar naturaleza, aparece ahora por primera vez en este formato y en la web, de la mano de “Puerto Real Hoy”]

La Historia de toda localidad se ve jalonada de sucesos, eventos y acontecimientos (de índole local y general), el desarrollo de los cuales deja su huella impresa en el lugar, conformando de ese modo el carácter del mismo y sus habitantes. El paso del tiempo (unido inevitablemente a la propia acción humana) construye y transforma (en fin de cuentas, todo es crisis, y el término griego “crisis” no significa, en fin de cuentas, otra cosa sino “cambio”, originalmente), otorgando a las ciudades un aspecto siempre cambiante, siempre móvil, siempre vivo y dinámico.

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La Villa de Puerto Real, que no es una excepción a la norma, siendo un núcleo poblado y por tanto vivo, tiene en su Historia y en su Patrimonio Histórico uno de sus Tesoros más valiosos, y en su Conjunto Monumental e Histórico uno de sus emblemas distintivos, una de sus más valiosas señas de identidad. Las Fiestas y Solemnidades tradicionales se conjugan con la moderna investigación universitaria (aunque algo menos de lo que sería ideal en realidad) para configurar el talante seguro y abierto de la Real Villa, propio de las ciudades costeñas, cuyo carácter activo encuentra mecanismos de expresión en la cotidianidad y en su devenir ordinario.

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Mosaico Romano de Puerto Real. / Foto: Antonio Vázquez

La elegante y ordenada solera de sus calles y plazas (que llegase a constituir modelo de ciudades del Nuevo Mundo) sigue el modelo hipodámico de las ciudades tendidas a cordel, reproducido por los castra romanos (un modelo urbanístico de la época helenística extendido en el mundo romano merced a la planificación urbanística y militar de la Res Publica, especialmente bajo el Imperio), y no goza de menos sabor (si queremos entregarnos a la metáfora) que los platos de la cocina tradicional portorrealeña (henchida de mar y campo), y todo ello se une para dar forma a la Cultura (lo que es decir a la identidad, a la idiosincrasia) de una ciudad, Puerto Real, situada en un marco ciertamente privilegiado (climática, geográfica, culturalmente hablando), esto es, la Bahía de Cádiz, y abierta a la Tierra Firme Europea de la que forma parte, al “Nuevo Mundo” hacia el que se proyecta, a ese continente africano que nos contempla a la otra orilla del Estrecho) y al Océano Atlántico que le dio la primera razón de ser como villa, allá por las postrimerías del muy lejano siglo XV, cuando Castilla miraba al Mar, hacia las islas ignotas del Occidente y hacia el Sur, a la siempre misteriosa África, continente al que Isabel la Católica quiso encaminar los derroteros del futuro de su Reino, y que desde siempre permanece ligado a la Historia de esta ribera norte del viejo Fretum Gaditanum.

Si bien la moderna localidad de Puerto Real fue fundada a finales del siglo XV por los Reyes Católicos (como es más que sabido), los orígenes del poblamiento en lo que hoy es territorio y término municipal portorrealeño se remontan hasta los albores de la Historia de la Humanidad (valga la figura), tal y como demuestran yacimientos arqueológicos como el de “El Retamar”, que data de época prehistórica. Este hábitat prehistórico encontraría un nuevo reflejo de continuidad en la Antigüedad: en época romana la ocupación y puesta en funcionamiento económico de este territorio (la actividad humana de estas tierras, cabe decir) habría de ser muy intensa, dedicándose en buena medida el litoral y la campiña portorrealeñas al desarrollo de actividades económicas de primer orden (extractivas, productivas y de transformación), unas actividades completamente imbricadas con el marco económico general del Imperio Romano al que perteneciera la Bahía y toda la Península Ibérica.

En este sentido resultan significativos, entre otros, yacimientos arqueológicos de época romana como los de “Puente Melchor”, “El Gallinero”, “Campo de Golf” y la “Villa Romana del Barrio de Jarana” (también conocida como “Villa del Mosaico”). Salvado el período de ocaso del Mundo Antiguo, sería la Baja Edad Media el momento histórico que vería renacer al poblamiento estable en lo que ya habría de convertirse definitivamente en Puerto Real: en el que habría de ser uno de los últimos esfuerzos repobladores medievales de la Península, la Corona de Castilla crearía en 1483 -y, siguiendo el patrón repoblador, como en el caso de Alcanatif (o Alcanatir, o Alcanate)-Santa María de El Puerto, a partir de una de las alquerías existentes en el entono- un núcleo autónomo, dotado de Carta-Puebla propia (de Leyes propias), la Villa de Puerto Real, de jurisdicción realenga, es decir, sólo sometida a la autoridad del Estado (desde un punto de vista jurisdiccional, económico, político…), y no a unos u otros poderes particulares, señoriales –como fuera el caso de los nobiliarios o los de Órdenes Militares (como en el caso de la mayor parte de la costa gaditana de la época, sometida a la jurisdicción y señorío de unas u otras casas nobiliarias, como los Ponce de León, los de la Cerda o los Guzmán, fundamentalmente).

De marcada vocación marítima, creada para dotar a la Corona de Castilla de un puerto propio en la Bahía de Cádiz (amén de para servir como freno a las aspiraciones territoriales -lo que es decir económicas y políticas- del por entonces señor de Cádiz, el marqués Rodrigo Ponce de León el Viejo), Puerto Real contará con instalaciones relacionadas con la mar y la construcción naval desde su misma fundación (el mar está entre las razones de este ejemplo repoblador de la Corona de Castilla, como es harto sabido), y más específicamente quizá desde el s. XVII, pero será el Siglo XVIII, el “Siglo de las Luces” el que represente -como es sabido- la época de mayor prosperidad para la población, merced, entre otras cosas, al traslado de la Casa de Contratación desde Sevilla a Cádiz a principios de la referida centuria, un traslado que vino a refrendar de iure una situación que de facto venía siendo una realidad desde el siglo precedente: la basculación de la cabecera del comercio con América desde el eje Sevilla-Sanlúcar hacia el más meridional (y seguro para la navegación y la arribada a la Península de las Flotas de Indias) eje Cádiz-Puerto Real.

Entre las instalaciones industriales históricas relacionadas con el mar y dignas de contar con mención propia en este período cabe destacar el Carenero del Trocadero, el Arsenal de La Carraca, la fábrica de jarcias (sita originalmente en el actual Barrio de la Jarcia, que de la misma ha heredado el nombre, amén del emplazamiento), amén de fortificaciones militares como las del Fort Luis o el Castillo de La Matagorda, o el puente de Suazo con sus baluartes, última barrera del francés entre 1810 y 1812. Tras un siglo XIX que participó plenamente de las convulsiones del Ochocientos español (y europeo), y un siglo XX víctima de una Guerra Civil de dramáticas consecuencias y de la recesión (a todos los niveles y en todos los sentidos) que supuso la larga dictadura franquista, hoy día Puerto Real trata de avanzar en el tiempo sin olvidar sus raíces históricas, haciendo compatibles pasado y presente para así poder afrontar de forma más sólida y dinámica el futuro.

Algunos retazos monumentales

Avanzamos que no buscamos en absoluto la exhaustividad en las líneas que siguen: no queremos retratar todos los monumentos, ni hablar de todos los yacimientos arqueológicos; tampoco es de interpretar que los hitos mencionados aquí participen de ninguna suerte ni especie de “jerarquía”; hemos tratado simplemente de referenciar, siquiera mínimamente, algunos de los jalones de nuestro Patrimonio Cultural (Monumental, Artístico, Histórico…), dejando para futuros textos las referidas pretensiones de exhaustividad (en volumen de información y en hitos considerados) que otros puedan achacarnos. Diremos, llanamente, que no están todos los que son, pero sí son todos los que están.

Yacimiento Arqueológico de “El Retamar”

Aunque no se trata de un monumento arquitectónico hemos de traer a colación en primer lugar al yacimiento de “El Retamar”, ya que se trata del primer y más antiguo asentamiento humano estudiado de nuestro territorio (con permiso de otros). Este sitio arqueológico ha sido excavado y estudiado por investigadores y especialistas de la Universidad de Cádiz. En “El Retamar” encontramos los primeros vestigios de la economía de producción en lo que hoy es nuestra localidad, pues se trata de un yacimiento Neolítico cuyos ocupantes no sólo tendrían en la caza y la recolección unas de sus actividades más importantes. De hecho, las evidencias materiales aportadas por el yacimiento (entre la que puede señalarse el utillaje lítico aparecido en el sitio) revela la magnitud del mismo, así como su relación con otros ambientes Prehistóricos del Sur peninsular.

20160625_cultura_gallinero_01Horno Romano de “El Gallinero”

Uno de los elementos históricos más antiguos e importantes de nuestro término municipal es, sin duda alguna, el horno anfórico de “El Gallinero”, que constituye además un relevante ejemplo de arquitectura industrial romana sito en pleno casco urbano de la villa, en el cuadrante occidental (lato senso) de la misma. Se trata de una figlina, una fábrica que estuvo destinada a la elaboración de materiales cerámicos (tales como, por ejemplo, ladrillos –laterculi, tejas –tegulae) entre los que cabe destacar el papel de las ánforas, las cuales habrían de prestar sus vientres para contener los productos de estas tierras y costas de cara a su comercialización en los mercados de Roma. Data de principios del siglo I de nuestra Era y su momento de mayor actividad se habría producido bajo los reinados de los emperadores de la Dinastía Julio-Claudia (primera de Roma), como Augusto, su hijo adoptivo y heredero Tiberio, o Cayo César -Calígula-, Claudio y Nerón. Ánforas procedentes de este alfar salpican las tierras que fueron del Imperio, adonde llevaron, junto al aceite y el vino béticos, el famoso garum gaditanum, elaborado (amén de en otros lugares del entorno -y no tan del entorno) en nuestras tierras.

Emplazado en la antigua línea de costa romana, sobre una duna, el tipo de hornos al que pertenece el conservado en “El Gallinero” solían construirse de dos en dos, funcionando alternativamente uno y descansando el otro, lográndose así una mayor duración de la factoría con este sistema de “alternancia”; el horno conservado está construido, además, con distintos materiales, entre los que se cuenta la piedra ostionera, pero entre los que la parte del león se la llevan los materiales cerámicos (tegulae, fragmentos de ánforas, ladrillos…).

Esto (el emplazamiento del horno superviviente, así como los materiales cerámicos de su fábrica) nos confirma que debieron existir hornos romanos precedentes en las inmediaciones del conservado (de los que proceden sin duda los materiales que forman parte estructural de la figlina conservada), unos hornos cuyo emplazamiento deba quizá ser buscado sobre la colina aledaña, colina sobre la que se encuentran los Jardines de El Gallinero y a cuyos pies encontramos el horno existente, colina parcialmente desmontada por la actuación urbanística llevada a cabo en el entorno en los años 90 del siglo pasado: se conservan la parte alta de dicha colina, y los pies de la misma, habiendo desaparecido precisamente la parte intermedia de la antigua formación dunar)

Acueducto Romano

Entre los hitos de la Antigüedad que se manifiestan de manera tangible en la campiña portorrealeña, uno de los más llamativos ha de ser, sin duda, el acueducto romano que aprovisionaba de agua a la antigua Gades, parte de cuyo trazado atraviesa las tierras de nuestro actual término dejándose, en ocasiones, contemplar para mayor deleite, sorpresa e interés de todos. Datando de época altoimperial, es este acueducto una construcción mixta, aérea y subterránea, de la cual han aparecido testigos en la marisma suroriental y en la campiña del levante portorrealeño y cuya presencia histórica ha incluso determinado la conservación de toponimia rural hasta nuestros días (“Los Arquillos”, “Cerro de las Tinajas”, “Los Ojuelos”…, e.g.).

El abastecimiento de aguas a Gades se vería reforzado mediante esta gran obra pública (¿habrá algo más tópicamente romano que un acueducto?) que llevaba aguas a la metrópoli de la Bahía desde El Tempul, sirviendo de este modo para asegurar que una ciudad como Gades (la tercera de Roma en su época, a decir de Livio, aunque quizá habría que poner esos asertos en cuarentena) dispusiera de agua si no corriente, sí constante.

201408226_local_educación_Proyecto_Aqua_Ducta_UCAYacimiento Romano de “Puente Melchor”

Otro de los lugares significativos del territorium de Puerto Real en la Antigüedad es el de “Puente Melchor”. También conocido en la Bibliografía especializada como “Paso a Nivel”, este importante sitio arqueológico se encuentra situado al S.-S.E. del casco urbano, junto a uno de los nudos de comunicaciones y acceso a la localidad (en realidad el avance y crecimiento urbanístico de la localidad han llevado al casco urbano a “rozar” al yacimiento…).

En el complejo arqueológico de “Puente Melchor” encontramos un verdadero conjunto fabril romano (y no sólo fabril: “Puente Melchor” ha proporcionado, además de estructuras de producción cerámica, un relevante número de enterramientos de época romana altoimperial), que habría permanecido en activo desde época altoimperial hasta el Bajo Imperio, siendo considerado como uno de los núcleos industriales más importantes de la Hispania Tardorromana (siglos IV-V d.C.). Varias figlinae (alfares) ocupan un territorio de notable extensión, dejando testimonio del papel productor de las fábricas de ánforas de “Puente Melchor” en el marco general del comercio de aceite, vino y salazones y salsas saladas de pescado (producciones englobadas bajo la denominación genérica de garum) durante la Romanidad.

Villa romana del Mosaico del Barrio de Jarana

Situada entre la antigua carretera nacional IV (hoy vía de servicio del Barrio de Jarana) y la moderna autovía que sustituye a la vía antes citada, la “Villa romana del Mosaico del Barrio de Jarana” (sita en los aledaños del propio Barrio de Jarana, del que recibe el nombre) representa el más reciente hallazgo de nuestro pasado romano. Se trata de un yacimiento arqueológico romano, muy probablemente de una villa (una unidad de habitación relacionada muy probablemente con un fundus, el equivalente romano a una gran explotación rural)[1], de una estructura de habitación compleja, conformada por numerosos espacios propios, salas, patios, que reflejan la prosperidad económica de sus propietarios y del entorno en el que se inserta (perfectamente relacionada con la costa y a no gran distancia de la vía romana a Gadibus Romam).

Su aparición en el verano de 2004 ha venido a confirmar la identidad de la zona arqueológica “Puente Melchor-Barrio de Jarana”, en la que se inserta y a la que sirve de nexo (entre las instalaciones romanas de Puente Melchor y yacimientos como el de Villanueva o el del Km. 666, ya más propiamente emplazados en el área del Barrio de Jarana. Como elemento singular a destacar, señalaremos el pavimento musivo de una de las salas: el “Mosaico de Baco” (que también presta su nombre para completar el del yacimiento) muestra características que lo convierten en un singularísimo ejemplo del arte musivo romano, así como de las relaciones comerciales en los mercados artísticos en la Roma imperial.

REFERENCIAS:

[1] Hoy lo llamaríamos “cortijo” (aunque haya quien aún enarque las cejas al sentir este término en relación con un fundus o una villa romanos); de hecho, la palabra castellana “cortijo” (como la italiana “cortile”, en la que el parecido conservado es aún mayor, si cabe, con el original latino), deriva del latín cortilium, y el cortilium es una de las partes de la villa (que es, a su vez, la cabeza del fundus): el patio (la parte, el patio o cortilium, ha pasado a denominar al todo, la finca o fundus).

Foto del Artículo: Itinerarium Malagaditanum

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