Historia de Puerto Real: Otros espacios funerarios en Puerto Real


Iglesia Conventual de La Victoria, en Puerto Real.
Iglesia Conventual de La Victoria, en Puerto Real.

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Algunas de las calles y plazas de nuestro pueblo guardan un secreto no por todos conocido… Algunas de las calles y plazas de nuestro pueblo, hoy tan inocentes y soleadas, pobladas de la cotidiana actividad del ir y venir de paisanos enfrascados en sus habituales ocupaciones, soporte inocente de tantos paseos, del devenir cotidiano de cada día, guardan en su interior, en su seno algo (mucho) más que la memoria de un pasado ya desaparecido: fueron cementerios. Sirvieron como lugar de eterno reposo para portorrealeños de los siglos XVI, XVII, XVIII e incluso XIX…

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Es un tema que hemos tratado, solo o en compañía de otras firmas, en no pocas ocasiones con anterioridad, una línea de trabajo que iniciamos hace ya muchos años con el estudio de la lápida funeraria de los Vegaflorida (que vino a servir como suerte de “detonante” de nuestro interés en relación con este campo) y que hemos podido comprobar cómo ha venido a seguir creciendo en los últimos tiempos (baste echar un ojo a la bibliografía que cierra este modesto texto que hoy presentamos), de manera que no cabe duda de que, de un modo u otro, se ha demostrado como una vía de investigación válida e interesante en Puerto Real, como se aprecia en la referida Bibliografía, infra.

Todos los portorrealeños vivos en estos años, a estas alturas, del siglo XXI hemos conocido tan sólo un camposanto en La Villa, el de San Roque, activo desde finales del siglo XIX y de propiedad municipal, pero a lo largo de los siglos de Historia de Puerto Real han existido otros lugares de enterramiento, antes y después de 1781, fecha que se revelará como clave a la hora de comprender los cambios en materia funeraria en los reinos de España, como veremos más adelante.

20160708_cultura_iglesia_san_sebastian_02El cementerio de San Roque, actualmente activo, se construye en unos momentos de relativa actividad por parte del Ayuntamiento portorrealeño como serán las postrimerías del siglo XIX, una actividad cuyos ritmos vinieron marcados por la personalidad de dos grandes alcaldes con que contó la Villa: Sebastián Barca y Antonio Capriles, responsables en buena medida (y en primera persona, cabría decir) de no pocas de las mejoras experimentadas por la localidad a fines del Ochocientos.

Entre estas mejoras, y por citar una de las más conocidas, se cuenta la definitiva armonización con la trama urbana de la población del pago de La Laguna, y su conversión en el Parque del Porvenir, lo que se lleva a cabo siendo alcalde don Antonio Capriles Osuna, de lo que da testimonio el epígrafe -la placa pétrea- conmemorativa existente en la Caja del Agua, recibiendo este espacio inicialmente el nombre de dicho munícipe. A Capriles se debería igualmente la reorganización de los pozos de Malasnoches (que abastecían de agua a la localidad) y, en un tono más lúdico, la aprobación del reglamento de la Banda Municipal de Música de Puerto Real, núcleo y embrión de la que, andando el tiempo (en la segunda mitad del siglo XX), sería la Banda de Música “Pedro Álvarez Hidalgo” de Puerto Real.

Capriles, hombre que contó con una gran y merecida fama en la localidad, llegando a pasar a la Historia local como prototipo de “buen alcalde”, fue igualmente responsable del establecimiento del cementerio municipal de San Roque, en funcionamiento desde tales fechas. Pero con anterioridad a esta instalación, la función funeraria había sido desempeñada por otros espacios en La Villa.

Tradicionalmente, remontándonos a las postrimerías de la Edad Media, momento de la Fundación de La Villa por los Reyes Católicos (como sabemos, en 1483), las iglesias y conventos cumplían con la función funeraria, bien en su interior, bien en sus aledaños. Puerto Real no sería una excepción. Más adelante y en otro texto, trataremos con más detenimiento sobre las criptas de las iglesias históricas de La Villa, esto es, San Sebastián (activa como camposanto desde la primera mitad del siglo XVI), San José (la única conocida y abierta) y La Victoria (panteón de marinos de guerra locales y afincados en La Villa), tema éste en cuyo estudio nos hemos adentrado bien en solitario bien con la colaboración de otros colegas. Digamos ahora solamente que los templos y conventos portorrealeños albergaron lugares para el eterno descanso de religiosos y laicos (los religiosos pertenecientes a las comunidades conventuales solían encontrar sepultura en los propios conventos, por ejemplo).

Así, existían zonas funerarias en iglesias ya desaparecidas, como la de San Juan de Letrán (con su Hospital de Misericordia, en la zona de la actual calle Sagasta), o en conventos igualmente perdidos, como el del San Francisco (en la zona de las Plazas de los Descalzos y de Pedro Álvarez Hidalgo, del que se conserva -desplazada unos 10 metros hacia el E. en la calle de la Plaza respecto a su ubicación- la Portada del Compás original) habrían contenido estos espacios sepulcrales (en la remodelación inicial de la actual Plaza de Pedro Álvarez Hidalgo aparecieron restos arqueológicos de esta naturaleza, por ejemplo).

Plaza de Pedro Álvarez Hidalgo, con la Plaza de Los Descalzos al fondo.
Plaza de Pedro Álvarez Hidalgo, con la Plaza de Los Descalzos al fondo.

La igualmente desaparecida iglesia vieja de San Benito (por supuesto no me refiero a la actual parroquia homónima, sino al templo de época moderna que existió en sus aledaños -en la zona de Obispo Añoveros- hasta mediados del siglo XX, cuando fue derruido) contó con sus propios espacios sepulcrales, creándose además en sus inmediaciones el que habría de ser el primer cementerio moderno de la localidad, el cementerio de San Benito, de proyecto municipal (como el posterior de San Roque), y creado como consecuencia de la epidemia de fiebre amarilla a principios del siglo XIX (1800-1803).

Así, a la hora de buscar sepultura, en los conventos la hallaron los religiosos, en las iglesias, desde nobles (como los De la Rosa, condes de Vegaflorida) a religiosos (igualmente), hasta simples miembros del estado llano, y en otros espacios…, en otros espacios personas con menos recursos, fortuna o suerte…

Algunas (no muchas, pero sí ciertamente significadas) de las calles y plazas de nuestro pueblo guardan en su seno (nunca mejor dicho) y en su pasado un secreto que en algunos casos la tradición ha transmitido, a pesar de lo cual no resulta conocido por muchos hijos y vecinos de Puerto Real… Así, decíamos que algunas de las calles y plazas de la Real Villa, que se muestran ante nosotros por lo general tan inocentes y despreocupadas, albergan en su interior más que la memoria de un pasado distante y en mayor o menor medida desaparecido: algunos de los espacios de nuestro viario sirvieron como cementerios, como lugares para el descanso eterno para portorrealeños de siglos pasados.

Hacíamos referencia a la función funeraria que los conventos y templos de la localidad cumplían en los siglos XVI, XVII y XVIII. Sería Carlos III quien trataría de regular la cuestión de la relación y coexistencia entre lugares poblados y lugares de enterramiento mediante el desarrollo de medidas legales al respecto en los años 80 del siglo XVIII, disponiendo que se establecieran cementerios fuera de las poblaciones y relativamente alejados de los lugares poblados. La realidad no marcharía por completo pareja a la legislación (que insistiría en el tema en repetidas ocasiones, como en 1876 y 1787 o ya en 1796, bajo el reinado de Carlos IV), de manera que se continuaría con los enterramientos en las iglesias en algunos casos de manera generalizada hasta bien entrado el siglo XIX (quedando reservados con posterioridad a casos especiales o a determinados privilegios, que no estamos en una sociedad igualitaria, es de recordar…).

Además del cementerio de San Roque, en activo desde finales del siglo XIX, es de recordar que el primer cementerio que entró en funcionamiento en la Villa fue el de San Benito, en los aledaños de la iglesia homónima, que tuvo su origen en la necesidad de aplicar las normativas legales de Carlos III y Carlos IV, de una parte, y, de otra, en la imposibilidad de seguir utilizando las criptas de San Sebastián por estar ya colmadas de sepulturas; al mismo tiempo, la epidemia de fiebre amarilla de principios del siglo XIX creó una situación de verdadera urgencia, por lo que se hizo imprescindible contar con un camposanto, lo que llevaría al Consistorio a construir el de San Benito (entre 1800 y 1803).

De este modo, iglesias portorrealeñas ya desaparecidas como la de San Juan de Letrán (en la actual calle Sagasta), o la antigua San Benito (en la zona de las 512 Viviendas y Obispo Añoveros), así como conventos como el de San Francisco (sito en el entorno de las Plazas de Pedro Álvarez Hidalgo y de los Descalzos) o el de La Victoria cumplirían con una función funeraria. Las tres iglesias históricas de Puerto Real (San José, La Victoria y San Sebastián) contaban con cripta o criptas, como en el caso de San Sebastián, que contaría con más de una como hemos podido apuntar en investigaciones precedentes -recogidas en la Bibliografía que acompañaba al anterior artículo- que nos han llevado a identificar el posible acceso a uno de estos espacios funerarios de la Prioral, amén de los testimonios y testamentos recogidos en la monografía sobre la iglesia, escrita conjuntamente por quien suscribe con M. Izco e incluida en la referida Bibliografía [Izco y Parodi, La iglesia parroquial de San Sebastián (medio milenio de Historia). Sevilla, 2001], documentos que dejan constancia de los enterramientos en la iglesia de San Sebastián desde la primera mitad del siglo XVI y hasta finales del siglo XVIII.

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Pero hay otros lugares que cumplieron con estas funciones de forma contemporánea al desempeño de las mismas en los edificios religiosos; se trata fundamentalmente de espacios aledaños a los templos, que sirvieran como apoyo a los lugares de enterramiento de los citados edificios religiosos así, la propia Plaza de la Iglesia podría haber servido como lugar de enterramientos en los primeros momentos de la vida de la Villa, de manera contemporánea a la propia Prioral. Pero igualmente el atrio de San Sebastián podría albergar su parte del secreto en este mismo sentido…, albergando enterramientos (lo cual no podrá ser descartado sin la conveniente y pertinente investigación arqueológica del sitio).

También en los aledaños de la Prioral encontraremos algo tan significativo y sugerente como la calle “Huesos”, nombre ciertamente peculiar por el que un día fuera conocida la calle San José, y que parece mostrar con claridad la función que dicho tramo del viario local pudo desempeñar, quizá allá por el siglo XVI; de este modo, la Prioral habría estado (algo nada descabellado) rodeada por unos hipotéticos espacios de enterramiento (además de los que guarda en su interior) como la plaza de la Iglesia, el atrio y la actual calle San José, una suerte de envolvente funeraria, o de camposantos anejos al templo.

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Otro de los espacios de la Villa que en su día cumpliría con la función de albergar el lugar de eterno descanso de paisanos de Puerto Real fue el Pago de La Laguna, hoy mejor conocido como Parque del Porvenir. Ante la urgente necesidad de dar sepultura a las víctimas de la ya mencionada epidemia de fiebre amarilla y ante la imposibilidad de hacerlo en la cripta de la Prioral, se optaría por buscar un lugar alejado (entonces) del casco urbano, pero aledaño al mismo, en uno de los cruces de caminos de entrada y salida al pueblo, como espacio para estos enterramientos de urgencia. Este espacio, como apuntamos, sería el del Pago de La Laguna, sobre el cual mucho más adelante se establecería (a finales del siglo XIX, más de tres cuartos de siglo después de estos hechos) el Parque del Porvenir.

Criptas en conventos e iglesias, existentes o ya desaparecidas, cementerios decimonónicos en activo o ya borrados de nuestro paisaje urbano, calles y plazas que quizá todavía guarden el recuerdo material de su pasado menos conocido, y lugares de enterramiento bajo un Parque en el que todos hemos jugado de pequeños… Todo ello dormita en los recodos de nuestro pueblo, y en la memoria colectiva de los portorrealeños, y forma parte de un pasado quizá sorprendente pero muy real.

Quizá ahora, al pasear por algunos de estos espacios, de día -y quizá aún con más intensidad de noche- nos venga a la memoria el recuerdo de lo que fueron esas calles, plazas y jardines, de lo que guardan, de lo que significaron un día en la vida -y en la muerte- de tantos paisanos nuestros que quizá aún hoy descansan bajo nuestros pies…

BIBLIOGRAFÍA SUCINTA RELACIONADA CON EL TEMA

IGLESIAS RODRÍGUEZ, J.J. (1987): La epidemia gaditana de fiebre amarilla de 1800. Cádiz.

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Izco Reina, M.J. y Parodi Álvarez, M.J. (2000b): “Apuntes sobre el ascenso social de una familia burguesa del reino de Sevilla durante los siglos XVII y XVIII. Los de la Rosa, condes de Vega Florida”, Actas de las VIII Jornadas de Historia de Puerto Real. Cádiz, pp. 93-109.

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  • “Otros cementerios en Puerto Real… (I)”, publicación digital en “Puerto Real Web”, 10.III.2012.
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RUIZ GIL, J.A. (1996): “Cerámicas de la Edad Moderna. Puerto Real”, en Actas de las III Jornadas de Historia de Puerto Real. Puerto Real, pp. 91-100.

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