Vanessa Belizón nos escribe un artículo para nuestra sección de “Tu Opinión”. Si queréis hacer como ella, podéis escribirnos, con vuestros datos, a redaccion@puertorealhoy.es.

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Recuerdo el tiempo en el que aún siendo una niña, al menos una vez al mes, alguien llamaba sin hacer sonar el timbre de casa. Bien enseñada, corría a la puerta, y me posicionaba detrás y a una distancia prudente. Esperaba hasta que la abuela abría la puerta y así, podía observar lo que acontecía.

Tras los saludos de rigor y una breve pero cordial charla, nos despedíamos de alguna de las vecinas. La abuela cruzaba entonces el salón, llevando consigo una pequeña capilla de color caoba. Se paraba delante del macetero de madera y colocaba el limosnero encima de éste, justo en el lugar donde solía adornarlo una pequeña maceta. Introducía una moneda de cinco duros por la rendija y abría las puertecillas de la pequeña capilla.

Aquellos días la virgencita cuidaría de la casa y de nosotras. En esa semana las pocas pesetas que me gastaría en chucherías, acababan dentro del limosnero en un acto de solemne y de agradecimiento hacia ella.

Sigo recordando y mi memoria se detiene en otro momento que viví como niña con gran solemnidad y respeto.

Un día de verano y a la hora de la sobremesa, mis tíos Carmen y Pepe, llegan a casa de la abuela. Anuncian que hay una procesión marinera y que todos iríamos en barco acompañando a la virgen.

Además de ser pequeña también era miedosa por aquel entonces y al llegar al Trocadero, me sentía inquieta por tener que subir a la pequeña embarcación.

Una vez subimos todos en la patera, esperaba impaciente la salida. El cura inició una oración y seguidamente, en todas las embarcaciones se oían a los ocupantes cantar una salve. Más tarde pude saber que era “ La salve marinera”.

La virgen del Carmen presidía la procesión y seguida por los demás barcos, empezó a navegar por las aguas. El viento junto con la brisa del mar, mezclaban las fragancia de flores y salitre que nos envolvió durante el recorrido.

Olores que evocan a mí niñez y aquel dieciséis de Julio de 1990.

La medalla de la abuela, la capillita para limosna, recuerdos y tradiciones de un pueblo que tras muchos años, solo han podido ser frenadas por los extraños tiempos que corren. Y como entonces, rodeada de pinos y del olor del mar que tú proteges, espero muy pronto volver a verte.

Vanessa Belizón

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