Una de las formas acaso más indudablemente claras, ciertamente más luminosas, de nuestra identidad como pueblo, de nuestra identidad como conjunto social e histórico, viene a estar constituida por la expresión de nuestras señas culturales e históricas más propias y por ello más íntimas.

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Las formas de relación e interacción de los colectivos humanos entre sí y con otros (formas de relación internas, esto es, entre los integrantes de un grupo humano dado, y externas, esto es, de los colectivos humanos con elementos exteriores a los mismos, sean elementos naturales, medioambientales, paisajísticos, o bien se trate de individuos aislados o de otros colectivos humanos), de las sociedades humanas consideradas en su devenir diacrónico (esto es, en su caminar por el tiempo y el espacio), son multiformes, poliédricas, y hasta cierto punto y en buena medida, variables precisamente debido a la riqueza de colores que el paso del tiempo imprime a la paleta de ese pintor que es la Historia.

Así, lo que en un momento específico es de una forma, respondiendo a las necesidades y los principios (y la realidad contemporánea) de un cuerpo social determinado en un momento histórico dado, una realidad “presente”, habrá de conocer una evolución merced, justamente, a las cambiantes y progresivas necesidades (culturales, económicas, morales…) y oportunidades de ese mismo cuerpo social a partir del cual se generan las manifestaciones culturales que lo caracterizan y definen, que lo identifican.

La Historia es, precisamente y además, el reflejo, el fruto y la consecuencia de la evolución de las expresiones culturales (estéticas, ideológicas, religiosas, económicas, sociales, patrimoniales…) de un cuerpo social determinado a lo largo del tiempo, y junto a ser maestra de la experiencia es también el crisol y corolario de nuestras señas de identidad culturales, de cómo somos, de quiénes somos, de lo que nos es propio y lo que nos identifica como una realidad en el tiempo y en el espacio, como una sociedad rica y fecunda, que ha dejado su honda huella a lo largo del tiempo en este contexto geográfico de la Baja Andalucía, desde los tiempos de las navegaciones fenicias y los riquísimos reyes tartesios hasta nuestros días, pasando por Roma, los navegantes vikingos, los emires y califas Omeyas y los marinos que forjaron los caminos de los Nuevos Mundos que alumbraron la Modernidad tras la proeza de la I Vuelta al Mundo que desde Andalucía y hasta Andalucía (y por ello desde España y hasta España) -y entre 1519 y 1522, en puertas del Renacimiento europeo y con todo ello del cambio hacia la Modernidad- daría forma a una realidad histórica distinta y fecunda de la cual son deudoras nuestras formas de ser actuales, nuestros horizontes culturales como occidentales, como andaluces, como españoles y como europeos del siglo XXI.

Entre nuestras señas de identidad propias y características como portorrealeños, como andaluces, como españoles, acaso una de las más sólidas e inequívocas sea la Fundación de la Real Villa en las postrimerías del siglo XV por la Corona de castilla, por la Monarquía Hispánica, hito histórico que viene a representar uno de los puntos de referencia esenciales y más propios de nuestra forma de ser como cuerpo social. La presencia en nuestro pasado de un hito fundacional, de una suerte de “momento cero” como realidad identitaria, como Puerto Real, en este entorno de la Bahía de Cádiz es una cuestión consustancial a nuestra memoria y a nuestra identidad en y desde esta comarca del Suroeste europeo de tanto peso histórico.

Y ello es así de manera natural, pues entre los pliegues de este paisaje histórico y geográfico, entre las manifestaciones de nuestra cultura tradicional local, brilla con luz propia la referencia de la Fundación de la Real Villa, en 1483, fecha que no sólo representa un conjunto periódico de momentos en el calendario portorrealeño cada año, un año tras otro, ni una serie de anotaciones irrenunciables en nuestro almanaque y acaso en la organización de nuestro tiempo (especialmente para quienes trabajamos con la Historia), sino una referencia sentimental, cultural, verdaderamente polimórfica cabe decir, para todos los moradores de esta orilla de la Bahía de Cádiz entre el Guadalete y el Zurraque, que tienen en esta conmemoración uno de sus hitos y referentes culturales, una de sus señas de identidad seculares, una idea que aúna voluntades más allá de la distancia, más allá del tiempo, más allá del origen de cada quien, un dato, el de la Fundación de la Villa de Puerto Real por los Reyes Católicos en junio de 1483, una de sus referencias básicas, un dato conocido acaso por todos los portorrealeños.

Decir “Fundación de la Villa” en Puerto Real es mencionar, así pues, uno de los hitos de nuestra identidad como pueblo; sabido es que el hecho fundacional de la Villa es uno de nuestros pilares históricos, siendo la sociedad portorrealeña quizá una de las más conscientes de los hechos de su Historia, y contándose los portorrealeños entre aquellos que hicieron del conocimiento y defensa de sus señas de identidad, hace ya muchos siglos, uno de los elementos consustanciales del ser de la ciudad, de modo que Puerto Real está indefectiblemente unida a su pasado, un pasado que trasciende, para bien, de lo estrictamente histórico (que no es poco) para entrar a formar parte del imaginario colectivo de los portorrealeños desde hace siglos, prácticamente desde los tiempos en que Isabel I de Castilla era reina y señora de estas tierras y hasta nuestros mismos días.

Tren que llegaba hasta Matagorda. (Foto: Museo "El Dique").

Tren que llegaba hasta Matagorda. (Foto: Museo “El Dique”).

Y en las ocasiones se plasma la condición singular de Puerto Real, pues nuestra tierra tiene la suerte de servir como paisaje y soporte material para no pocos jalones de una Historia global, lo que es decir de la Historia de miles de personas, que hacen una parte de su camino vital precisamente por la geografía portorrealeña, por sus calles y avenidas, por su litoral y su playa, por su río San Pedro, por su Barrio de Jarana y por todos sus pagos, siendo nuestra Realenga Villa un hito esencial en el imaginario colectivo de sus vecinos, una referencia fundamental para miles de personas para quienes nuestra ciudad es clave para su sentir particular, para sus emociones más luminosas.

Para tantos y tantos miles de personas de nuestra ciudad, este hecho histórico de la Fundación y su conmemoración el 18 de junio son un punto de inflexión, acaso un levísimo alto en el camino de nuestras vidas cotidianas, un momento fundamental en el paisaje de nuestros sentimientos, en el calendario de nuestras emociones, y lo es para bien pues representa una verdadera alegría: saber que la Historia de Puerto Real está indisolublemente ligada a identidad de miles de personas en el momento presente (como lo ha estado a muchos miles de personas más a lo largo de los más de quinientos años de Historia de la Real Villa), lo cual es algo verdaderamente hermoso, algo por lo que podemos y debemos estar agradecidos, pues nos pone ante la evidencia de nuestra identidad común, de nuestro ser en el tiempo, de nuestro estar en la Historia.

Como portorrealeño y como historiador, como apasionado de nuestra Historia e hijo de la Villa al fin y al cabo, quiero dejar con estos modestos párrafos una personal reflexión en torno a esta señera manifestación de nuestra identidad cultural, estando todos aunados por una misma voluntad integradora, la que emana de la celebración de la Fundación de Puerto Real, algo que nos une desde hace más de medio milenio, que nos hermana y que forma parte de nuestro más íntimo acervo cultural, de nuestra rica Historia común.

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