La Hermandad de la Soledad completó su anual estación penitencial con gran solemnidad y la rigurosidad que exige el luto de la jornada.

Ocho de la tarde en la Plaza Madre Loreto, cumpliendo lo previsto la artística cruz de guía de orfebrería salía del interior del antiguo templo conventual. Los penitentes que acompañaron al Señor Yacente precedieron a las exiguas representaciones de algunas corporaciones locales, dando paso así al cuerpo de acólitas de la Hermandad.

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Con el cortejo del Señor ya en la calle, las puertas de la Casa de Hermandad se abrieron para permitir la salida de la sagrada urna con la talla de Jesús Yacente, una de las mejores imágenes de las que procesionan en la localidad.

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Morados crisantemos formaban un exorno floral, que no por sencillo perdía belleza. Este año la Hermandad cambió el negro de los cirios de acompañamiento y de la iluminación del paso por el color tiniebla, realmente más acorde con el día y la jornada a celebrar.

Cuando el paso del Yacente ya enfilaba la calle Amargura, los penitentes negros y blancos de la Soledad iniciaron su caminar dando luz al cortejo que antecede a la dolorosa de esta Hermandad.

A los sones del himno de España, interpretado un año más por la Banda de Música del Maestro Pedro Álvarez Hidalgo, el palio de Nuestra Señora de la Soledad cruzó el dintel de la puerta para recibir el aplauso del público congregado en las inmediaciones de la plaza.

Blancos crisantemos conformaban el exorno floral del paso de palio, en una anárquica composición que no por ello restaba belleza a la diociochesca dolorosa obra de Luisa Roldán.

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La cofradía completó su estación penitencial en la Prioral de San Sebastián en torno a la media noche, para enfilar calle de la Plaza en busca del tradicional Callejón Victoria, y proceder a la recogida de sus pasos. Previamente el palio recibió los tradicionales “portazos”, que atraen a un considerable público en el antiguo “manchón del hospital”.

Una vez más las autoridades con la Alcaldesa y la Presidenta del Consejo fueron situadas tras el paso de la urna, precediendo a la penitencia del Señor.

Nota destacable fue la ausencia del levante que las dos jornadas anteriores afearon la estética, pero que en esta ocasión permitieron una candelería refulgente, dando luz a la Soledad de María.

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