La sujeción excesiva al objeto de estudio (ya se trate de una evidencia arqueológica -de una u otra naturaleza- o de una fuente documental, o de cualquier otro tema de nuestra disciplina, la Historia, como puede ser, pongamos por caso, el estudio de una ciudad, de la historia de una ciudad, del devenir de una determinada comunidad humana en el tiempo y el espacio) por parte del investigador, llevará inequívocamente a la parcialidad (siquiera sea por la vía de lo incompleto), o, dicho de otro modo, no contribuirá a acercarnos al ideal (al propósito) de objetividad (y, por ende, de universalidad) que debe guiar y presidir siempre la investigación histórica.

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Ya pueda tratarse del estudio de una determinada fuente literaria editada, de un texto [histórico] original, de un documento de archivo, de una pieza artística o de un dato arqueológico (por citar formatos, que no son únicos, ni los únicos), el investigador debe tener presente que se ha de trascender del propio objeto de estudio, que podrá ser un fin en sí mismo (en el contexto de una investigación centrada en dicho objeto…, yacimiento, documento, pieza…), pero que siempre será (o deberá ser) principalmente un medio, una herramienta, para el conocimiento y el análisis.

Resulta hasta cierto punto una obviedad señalar que el discurso histórico debe basarse en (y buscar) el análisis y el conocimiento de estructuras (y de elementos concretos, que pueden ser accidentales y no generales), pero por obvia que resulte la afirmación no es menos cierta, ni menos oportuno su recordatorio, pues en demasiadas ocasiones lo estructural queda relegado a un segundo plano frente a lo coyuntural, a lo puntual.

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El historiador, el investigador, al margen y con independencia de los medios (y de los contextos) materiales que pueda utilizar, y a través de los cuales pueda llevar a cabo su desempeño (en los que base el desarrollo de su trabajo), no puede ni debe perder de vista que su deber trasciende de lo puntual, de modo que no pierda tampoco de vista la idea de que ha de huir de la excesiva sujeción por su parte al objeto de estudio (con independencia de la naturaleza y relevancia del referido objeto de estudio). La misión del historiador es y debe ser global, así como lo es su responsabilidad, ya que la responsabilidad del investigador en Historia es también global. Hemos -los historiadores- de responder ante el público en general, ante la ciudadanía, ante el resto de los colegas historiadores, ante la disciplina que nos ocupa y nos mueve, así como ante la posteridad (por más que en realidad dicha posteridad sea muy limitada), pues la responsabilidad del historiador no se detiene con el decurso y final de su propia labor como historiador, ni aún con el fin de sus propios días como ser biológico, ya que la tarea del historiador está destinada como señalamos al futuro, a la posteridad (y de su estudio, en dicho sentido, se ocupa la Historiografía).

Una posteridad que tiene mucho que ver con los investigadores que vendrán después (“postea”, literalmente), y ante los que somos (como hemos señalado) responsables, pero también, y sobre todo, con quienes (y lo decimos esperanzadamente) habrán de servirse de nuestra investigación y de nuestro análisis para completar (cuando no para construir) su visión del mundo (porque nuestra misión, no nos equivoquemos, es estudiar para comprender, analizar para entender estructuras y procesos, y, hecho lo anterior, revertir (proyectar) dicho conocimiento a la comunidad, a la científica y a la general (al cuerpo social como tal), una comunidad con la que quizá no estemos en deuda, pero a la que sí debemos rendir cuentas de lo que hacemos (que, en fin de cuentas, es de lo que se trata: de trabajar para el conjunto de la sociedad…).

Porque somos humanos, mortales, finitos (en el tiempo), estamos sometidos a todas las contingencias de la especie, entre las cuales no es menor la vanidad, como no lo es la falta de perspectiva o, en otro orden de cosas, la voluntad (cuando no la necesidad) de concentrar las energías, de no dispersar las fuerzas, todo lo cual (junto a una pléyade de diversos -y dispares- factores) nos lleva en demasiadas ocasiones a enfoques unidireccionales y a la pérdida de perspectiva.

Horno romano de El Gallinero.

Horno romano de El Gallinero.

Todo ello encuentra una traducción, un reflejo, en la sujeción al objeto, en el momento mental, que en demasiadas ocasiones es una actitud que tiene en el objeto material de nuestro interés (“nuestro” yacimiento, “nuestro” documento, “nuestros materiales”, “nuestros” datos, “nuestra” pieza, “nuestro” trabajo…), el único objeto de nuestro afán, el reflejo de nuestra intención.

Quizá, quizá, se trate de una falta de capacidad, por nuestra parte, como humanos, para trascender de lo material (innegable: estamos sujetos a la materia, de la que formamos parte). Quizá también se trate de que nos falta cultivar nuestra capacidad, las potencialidades de nuestro pensamiento lateral (que se suele confundir con la imaginación…), nuestra creatividad, en fin de cuentas, y como acabo de decir, nuestro pensamiento lateral, ése que nos permite librarnos un poco de las sujeciones y dar rienda suelta a nuestra inteligencia emocional.

Es necesario trascender del objeto de nuestra investigación (del objeto de nuestra materia) para evitar que el medio se convierta en un fin en sí mismo, ciertamente (porque la investigación tiene en el objeto su fin mismo, pero no su único fin), pero es de tener en cuenta que el objeto es un medio en el camino global, general, del análisis y el conocimiento: es una parte del todo, de un todo, de ese todo que es el edificio (en permanente construcción) de la disciplina histórica y del conocimiento de la Historia.

Y ya en clave local, en clave portorrealeña, cabe decir que tal y como sucede con la disciplina en su conjunto, es igualmente bueno trascender del objeto de estudio, trascender de esa sujeción de la que hablamos. La Historia local es un muy buen ejemplo de lo que puede ser esa “sujeción al objeto”, ése estar ligado excesivamente a una materia determinada, obviando o descuidando las implicaciones de dicha materia, de dicho objeto de estudio, con una realidad superior, con una realidad general.

Mapa de la Isla del Trocadero.

Mapa de la Isla del Trocadero.

Una de las desventajas de los contextos locales a la hora de estudiar la Historia, de investigar la Historia, estriba en el hecho de que se tienda a considerar, a contemplar la historia local como una realidad sumida en una suerte de aislamiento, no conectada con la realidad global en la que se inserta. De ese modo, el objeto de estudio -pongamos por caso, Puerto Real en cualquiera de los aspectos de, pongamos por caso, su Historia- puede convertirse en una realidad aparentemente estanca y aislada del contexto histórico general del que forma parte en todo momento, y de este modo sólo se contribuye a la merma de la comprensión, del análisis, y, por ende, de la explicación (de la construcción) de la Historia de la propia Puerto Real.

La Historia de Puerto Real además, está íntimamente ligada a lo que, parafraseando a Stefan Zweig, fueron sin duda algunos de los momentos estelares de la Humanidad… Desde las navegaciones fenicias en el entorno de la Bahía de Gadir a la presencia del gran mundo romano, y su rescoldo bizantino, desde la expansión del Islam, a las navegaciones medievales… Desde la expansión de los límites del mundo a los grandes descubrimientos geográficos, de la mano de los grandes navegantes de los siglos XV y XVI, los que como Colón llegaron a otras tierras, sin olvidar el papel de nuestra Villa en el contexto de las navegaciones oceánicas de la Monarquía Hispánica y con ello en la gran economía-mundo de los siglos XVI, XVII y XVIII. Todo ello, y muchos más acontecimientos históricos globales tienen todo que ver con la Historia de Puerto Real, y en su contexto se encastran los acontecimientos de nuestra historia local.

La consideración y estudio de los contextos locales, en fin, debe ir de la mano de la atención a los grandes contextos generales en los que los capítulos de esa Historia local se inserta e inscribe; sólo trascendiendo de la excesiva sujeción al objeto puntual de estudio conseguiremos poner en pie una Historia global, como de otra parte merecen los contextos locales.

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