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lunes, 9 febrero, 2026
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Federico Fernández Ruiz-Henestrosa
Federico Fernández Ruiz-Henestrosa
Biólogo. Experto en gestión de espacios naturales protegidos y biodiversidad. Miembro de la Sociedad Gaditana de Historia Natural.

La orquesta del Titanic

Llueve a cántaros en la Bahía de Cádiz y la indolencia inunda los esteros. Llueve sobre mojado en el Día Mundial de los Humedales en un hábitat seco de ideas. La borrasca fulanita de copas enfurece a un mar de incertidumbres que abate con ira las vueltas de afuera de los esteros. El estruendo del oleaje impide que los responsables de la conservación de las marismas y salinas oigan los recurrentes lamentos de sus moradores mientras una cultura milenaria se desbarata con cada marea, mientras un nutrido grupo de aves se desplaza, paradójicamente, a lugares más seguros que el propio parque natural.

Hace unos años, la organización Climate Central hizo una llamada de alerta sobre los efectos perniciosos que el cambio climático y la subida del mar tendrías en la bahía gaditana en el plazo de varias décadas. En esencia, ciertas infraestructuras de comunicación vitales para el área metropolitana y algunos barrios residenciales podrían ser inundados, con lo que ello supondría para la calidad de vida de varios cientos de miles de ciudadanos. De igual modo, muchos enclaves productivos vinculados a la acuicultura y salicultura verían destruidas sus instalaciones, y con la pérdida de esos hábitats ecoculturales la biodiversidad se vería mermada, la misma que en su día justificó la declaración del espacio protegido.

Ante este inquietante diagnóstico, la Demarcación de Costas, responsable (y “dueña”) de la gestión del dominio público marítimo terrestre, opta por culpabilizar al “inquilino” de los daños producidos por el clima y un mar de burócratas sin alma, cuando los acuicultores ya tienen bastante con bregar a la intemperie con la gestión diaria de estos frágiles humedales y una precaria economía piscícola. Al rebufo de la administración central, la Junta de Andalucía se queda mirando como un pasmarote y se refugia en un debate inútil sobre las competencias de uno y otro. Al alimón, las dos administraciones se empeñan en aplicar una letra pequeña de la norma que termina aburriendo a los emprendedores en un laberinto de caños de trámites administrativos. En definitiva, unos por otros, la casa sin barrer.

La Bahía de Cádiz, un parque natural incluido en el convenio internacional RAMSAR para la conservación de los humedales de importancia global, languidece en la UCI sin que el equipo médico reaccione y adopte un plan “de interés general” para afrontar los achaques de este singular paciente. En primer lugar, habría que ejecutar un conjunto de actuaciones que mejoren sus defensas, esto es, las vueltas de afuera que lo protegen de un mar amenazante. En segundo término, con algo de cirugía ecosistémica, habría que restaurar hábitats emblemáticos públicos como, entre otros, la isla del Trocadero, la salina La Esperanza o el Coto la Isleta. Por último, el parque y sus familiares necesitarían unas sesiones de terapia homeopática que engrasasen las articulaciones de los diferentes departamentos implicados.

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En la esquina del hospital donde convalece el parque natural, un grupo de chicos, disfrazados con un tipo de músicos desafinados, hacen sonar sus acordes chirigoteros ajenos al maltrecho vecino encamado. Se hacen llamar “la orquesta del Titanic”, que sigue tocando mientras el barco se hunde.

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