Los que vivimos en Puerto Real llevamos todas estas fiestas ‘sufriendo’ los incesantes pitidos del trenecito. Imagínense por un momento la escena, más propia de una película de Alfred Hitchcock: Venimos del Mercadona cargados de bolsas y vemos al trenecito aparecer ante nosotros en una de las calles más estrechas. De repente, nos damos cuenta de que no tenemos escapatoria … ¡Pasará a nuestro lado sin más remedio! Entonces, nos echamos las manos a la cabeza (y, dicho sea de paso, también a los oídos), rogando que no empiece a tocar el claxon justo cuando pase por nuestro lado, o, de lo contrario, nuestro regalo de Reyes de este año será una consulta auditiva en GAES.

Una de las chicas de la panadería La Espiga, cuya ventana da directamente a una de las calles por las que siempre pita el tren a su paso, me miraba ayer con cara de desesperación y me confesaba que era horrible escuchar esos pitidos tan fuertes durante todo el día mientras trabajaba.

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—Yo no puedo moverme de aquí —me decía resignada—. Un par de veces no pasa nada, pero ¿todo el día?

Ni me imagino cómo debe de ser escucharlo desde tan cerca, porque yo tengo la suerte de vivir algo más lejos y, aun así, el ruido es tan desagradable que a veces me parece estar presenciando uno de los atascos de la M-30 madrileña.

Mi pregunta es:  ¿es que acaso eso no es contaminación acústica? Puedo entender que se trate de una actividad diseñada para el tiempo de ocio durante las Navidades y también creo que el trenecito les hace mucha ilusión tanto a los niños como a los no tan niños, pero ¿no podría limitarse simplemente a tocar las campanitas, que suenan mucho más suaves, en lugar del claxon todo el tiempo? ¿Es que no resultan aplicables  a este tipo de transportes las normas de tráfico sobre contaminación acústica?

Termino estas líneas con mi deseo más repetido en estas fechas: a ver si se le estropea el dichoso claxon al conductor y, ya de paso, el año que viene tenemos un trenecito que no nos ‘toque’ tanto ni el claxon ni la moral.

Alicia M. Mariscal

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