Historia de Puerto Real: El “Skyline” portorrealeño (I)


Uno de los elementos más característicos del “skyline” de las ciudades de nuestro entorno inmediato (y no sólo de éstas: el skyline, la línea de cielo, es una de las imágenes características y de las señas de identidad propias y más populares y conocidas de algunas ciudades), esa silueta que proyectan nuestros centros urbanos, de perfil, sobre el cielo, es el perfil que presentan las torres miradores que coronan no pocos edificios históricos de Cádiz así como del resto del ámbito de la Bahía gaditana. Las torres miradores, eco pétreo del pasado, elementos verdaderamente singulares de nuestro paisaje cotidiano en la Bahía de Cádiz) guardan una estrecha relación con nuestra Historia, con la Historia de la Bahía que acoge a Puerto Real, una Historia que tiene en estas singulares estructuras uno de sus jalones más evocadores, testimonio de una época que se fue.

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Petitorre, en Puerto Real.
Petitorre, en Puerto Real.

Si en la ciudad de Cádiz encontramos el arquetipo de los miradores (estudiados, catalogados y clasificados en los diversos tipos que conforman el conjunto de los mismos), en nuestra ciudad, en Puerto Real, hallaremos una realidad más sencilla, con un menor número de ejemplos (como es natural, en función de la distinta realidad de una y otra ciudades, Cádiz y Puerto Real), y menos historiados. Los que se han conservado jalonan el casco histórico de la Villa y dan fe del pasado marinero y comercial de la localidad.

Los primeros miradores entre los que se conservan en nuestro caserío (tan mermado por la ocupación angloholandesa de principios del siglo XVIII en el contexto de la Guerra de Sucesión, y por la ocupación francesa de aproximadamente un siglo más tarde, entre 1810 y 1812), habrían podido ser erigidos en Puerto Real allá por el siglo XVIII, cuando -como es sabido- Cádiz se convierte en cabecera del comercio americano con la instalación en dicha ciudad de la Casa de Contratación y la Bahía gaditana ve potenciado aún más su rol como espacio para la navegación y el comercio.

Estas torres serían el remate estructural de algunas de las grandes casonas de una burguesía comercial que, en el contexto de una Sociedad del Antiguo Régimen, tratará de ingresar en las filas del Primer estado, esto es, de la nobleza, mediante la consecución de títulos nobiliarios como recompensa a los servicios prestados a la Corona, como sería el caso de la saga de los De la Rosa, establecidos entre Cádiz y Puerto Real y que conseguirían auparse a los rangos de la nobleza titulada merced al apoyo que prestaron a Felipe V en la Guerra de Sucesión, obteniendo el título de condes de Vega Florida y constituyendo uno de los “pilares” de la sociedad portorrealeña del siglo XVIII, ejecutando no pocas obras de prestigio, como sus intervenciones en la Prioral de San Sebastián, donde -como es sabido- contarían con cripta propia y llevarían a cabo obras de ampliación del templo como la de construcción de la capilla y cripta del Sagrario.

Iglesia de San Sebastián, parte del "skyline" puertorrealeño.
Iglesia de San Sebastián, parte del “skyline” puertorrealeño.

Los ricos comerciantes propietarios de estas casas (en Cádiz, en Puerto Real, o en Sanlúcar de Barrameda), disponían de los caudales necesarios para llevar a cabo tales obras, y se servirían de las mismas como elemento de ostentación social y de afirmación de su estatus socioeconómico y su prestigio. Entre ellos cabría imaginar que se contarían los Vega Florida, o los Guerra de la Vega, por citar algunos aristócratas-propietarios del Puerto Real del Setecientos, a los miembros de cuyas familias los oficios de prestigio del antiguo régimen, como la carrera militar o la clerecía no les resultaban ajenos, como tampoco les resultaban extraños los cargos “de prestigio” (o efectivos) que podían ocupar en el microcosmos de la sociedad local portorrealeña del Siglo de las Luces (los De la Rosa, por ejemplo, .

Estéticas y funcionalidad se daban la mano: el uso de los miradores como atalayas para otear el horizonte y “peinar” las aguas de la Bahía a la espera de la llegada de los navíos que desde el Nuevo Mundo llegaban hasta aquí cargando en sus vientres la riqueza de casas familiares como la de los De la Rosa, condes de Vega Florida, iba de la mano con la función de representación que cumplían las torres miradores (resabio de épocas anteriores, de las torres de los palacios urbanos de la nobleza medieval, evocación de las torres de los castillos…).

Así estos miradores no responderían sólo a una función material, sino que, al hilo de lo expuesto, eran un símbolo de riqueza, de poder político y de estatus social, del papel que ocupaban los propietarios de la casa en el contexto del cuerpo social del Puerto Real de siglos pretéritos (XVIII, XIX). Hay que buscar en ello, en los aspectos ornamentales y de prestigio (en el carácter de estos elementos singulares de nuestros edificios como símbolo de estatus social y de poder económico) las razones por las que, una vez que se habían ya perdido las colonias ultramarinas y había decaído el comercio (y con ello, la Villa), viéndose mermado el carácter comercial de Puerto Real se seguían levantando aún nuevos miradores, en casas de planta nueva o en edificios remozados, unas estructuras ya privadas de su primera utilidad en buena medida.

Iglesia, ahora Centro Cultural, de San José.
Iglesia, ahora Centro Cultural, de San José.

El perfil de estas estructuras (de las que, en un remedo del aserto atribuido allá por el siglo XII por Juan de Salisbury a su maestro, Bernardo de Chatres, cabría decir que son como “…enanos a hombros de gigantes…” -“…esse quasi nanos, gigantium humeris insidentes…”, al ser pequeños elementos constructivos encaramados a los hombros, esto es, a las azoteas, de las casas), forma parte de las señas de identidad de nuestro pueblo: desde la Petitorre, la más conocida, a las torres de las iglesias históricas de la Villa (que no son miradores, pero que cumplían sobradamente con su función como oteros del horizonte), pasando por otros (escasos) ejemplos aún conservados, todas nuestras torres forman parte del “Skyline” portorrealeño, de la silueta con que el casco histórico de nuestro pueblo se recorta sobre el cielo.

En los párrafos del presente artículo tratamos de aproximarnos a la realidad del “Skyline” histórico de Puerto Real, ese perfil con el que la ciudad se proyecta sobre el cielo en una imagen impulsada y protagonizada por (y lanzada desde) las siluetas de sus edificios y sus torres históricas, de las torres que sirvieron como atalayas para tanta mirada sobre el mar, fuente de riqueza y de preocupaciones para los habitantes de sus orillas, y en el contexto de este perfil proyectado sobre el celeste, de este “Skyline” portorrealeño, un lugar principal lo ocupan las torres de nuestra ciudad, las torres históricas como las de nuestras iglesias (San Sebastián, La Victoria, San José), o la torre del Molino Dominico de Aceite (en la calle Concepción, entre Barragán y Real), o las torres de los miradores de algunos de nuestros edificios históricos, sobre las que venimos tratando en estas líneas.

En lo que respecta a estos últimos elementos, es de señalar que podemos distinguir en la Villa dos tipos esenciales (y básicos) de miradores históricos de acuerdo con la fisonomía y aspecto de los mismos: de una parte, los que cuentan con planta rectangular y de otra los que tienen planta cuadrada. A diferencia de algunos ejemplares entre los existentes en la capital gaditana, ninguno de los conservados en Puerto Real se encuentra adornado con garitas. En el caso de nuestro pueblo, todos los ejemplares históricos conservados se ven rematados por una terraza, que resulta en unos casos accesible a través de escaleras exteriores y en otros mediante el empleo de accesos interiores incorporados a la propia estructura de las torres; es de señalar que el acceso a las terrazas de los miradores podía efectuarse asimismo mediante escaleras de caracol o incluso por escaleras de madera no permanentes, en su caso.

Estas terrazas superiores se veían rodeadas ya fuera por barandas de hierro, ya fuera por pretiles de mampostería, de fábrica, con vistas a proporcionar mayor seguridad a los vecinos y visitantes de dichos espacios. Una prueba del valor que trasciende de lo meramente estético y ornamental de los mismos y que nos hace ver la “apariencia” y el prestigio social de este modelo de estructuras arquitectónicas lo constituye la existencia de torres miradores almenados (¿quizá una evocación de modos y tiempos señoriales?), como es el caso de uno existente en la calle Santo Domingo, o de algunos que parecieran querer rivalizar en altura con las mismísimas torres de las iglesias de nuestro casco antiguo, como el que existe en la calle Ancha (o Reyes Católicos, dicho con más propiedad), en una casa situada en la confluencia de esta céntrica vía portorrealeña con la no menos histórica calle San José.

Iglesia de La Victoria
Iglesia de La Victoria

Junto a la innegable utilidad y funcionalidad económica de estos elementos de la arquitectura de la Bahía y a su clara condición de verdaderos exponentes (y señal, símbolo y manifestación) de la riqueza, del nivel social (y por ende político) y de la prosperidad de los propietarios de las casas en los que se asentaban, los miradores podían ser construidos igualmente por el mero gusto y afán de gozar de un punto privilegiado, por elevado, para contemplar con mayor perspectiva, comodidad y tranquilidad el horizonte tanto marino como urbano. Así, las innegables motivaciones funcionales o meramente estéticas (entre las que se habrían de contar no sólo razones como las relativas al exorno de las casas, sino también el solaz y el disfrute del paisaje) y la tradición constructiva se sumaban de este modo para conducir (por parte de los elementos sociales más pudientes) a la edificación de estos tan singulares elementos constructivos.

Las torres miradores cumplen una doble función, además (como hemos adelantado supra): están hechas tanto para ver (la lontananza y las flotas indianas, en el lejano siglo XVIII, por ejemplo) como para ser vistas, y mostrar de ese modo (señalándose sobre el conjunto de los edificios particulares de la ciudad) el poder y el prestigio de los habitantes de las casas en las que se levantaban, de las familias más pudientes de una sociedad como la de los siglos XVIII y XIX, con tantos resabios aún más antiguos en sus anaqueles y oropeles domésticos (aunque hoy sucede otro tanto de lo mismo, y asistimos, en pleno siglo XXI, a una competición por construir edificios más y más altos, destacando en el contexto en el que se insertan y cuyos perfiles modifican -caso de la sevillana torre Pelli, por ejemplo, que ha enfrentado a la UNESCO, a la Junta de Andalucía, al Ayuntamiento de la ciudad de Sevilla y a la opinión pública sevillana, y que lleva camino de acabar, quizá, con el tiempo, con la primacía estética y sentimental de la Giralda en el skyline hispalense).

En un mundo en el que el status y la condición social (generalmente privilegiada) de los pobladores de las ciudades se materializa en la ostentación de lo que se posee, en la exhibición de los propios bienes, las torres miradores se convierten en un elemento destacado para mostrar la riqueza y la condición social de aquellos que las erigen. Como es harto sabido, las casas son una manifestación de la situación económica de los propietarios, y los elementos más destacados de las mismas, entre los cuales, con las portadas y las fachadas destacan especialmente las torres, se revelan como uno de los puntos a destacar para de ese modo hacer bien visible el poder de quienes los levantaron y disfrutaron, sirviéndose de estas estructuras para apuntar hacia el cielo el prestigio que querían ostentar.

Sobre este tema hemos tenido modo de tratar, desde una u otra perspectiva, de uno u otro modo, en algunas ocasiones anteriores, de manera directa o indirecta. Adjuntaremos por ello al próximo texto una sucinta bibliografía en la que se recogerán diferentes trabajos mediante los cuales nos hemos aproximado a este particular, en solitario o en compañía de otros colegas. A dicha bibliografía sucinta que presentaremos en el próximo artículo nos remitimos ahora.

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