Dedicarse a la Historia local, hacer Historia local, es siempre una labor difícil. Y lo es especialmente porque quien afronta dicha tarea está dedicándose al nada desdeñable (¿cómo habría de serlo?) reto de escribir, y, lo que es más complicado aún, de hacerlo por lo general (cuando se trata de Historia local), para un público selecto, escogido, para aquellos que acaso mejor conocen las claves de dicha Historia local: los vecinos de la ciudad en cuestión, de la localidad de la que se trate, las personas que viven en ese contexto local (geográfico y territorial como social y administrativo, político) determinado y que, mal que bien, son los depositarios del legado del tiempo en su comunidad, en su conjunto social, siendo herederos de los avatares y devenires de esa comunidad en el tiempo, en la Historia.

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Es por ello especialmente compleja la labor de quien tenga la osadía de encarar el estudio, la investigación y la difusión de la Historia local de una comunidad dada (máxime cuando es la propia). Lo es más aún porque esos ciudadanos, herederos y descendientes (en tanto en cuanto que habitantes de la misma ciudad, del mismo municipio objeto de estudio en uno u otro aspecto de su pasado, cuando se trata de Historia) de quienes vienen a protagonizar los entreliños de las páginas de Historia, son, y ello no tiene nada de extraordinario -aunque en sí representa la maravilla de la pervivencia y perenne re-creación de la Cultura, a través del enriquecimiento y mixtura de las señas de identidad, gracias, entre otras cosas, al mestizaje, verdadero agente creador de la Cultura en el Tiempo (lo que es decir de la Historia)- los mejores conocedores del pasado propio. Del pasado, que no necesariamente es lo mismo que la Historia, porque se trufa de recuerdos personales, de emociones sociales o individuales, de “verdades” colectivas asentadas como tales por la tradición y la costumbre (el mos maiorum, raíz -incluso etimológicamente hablando- de la moral), de lugares comunes igual y machaconamente sostenidos por la repetición de unas claves quizá artificiales pero no por ello menos válidas para la cotidianeidad de la identidad común, si cuentan con el refuerzo de la tradición.

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No insistiremos en estos párrafos en la necesidad, en lo imprescindible, de no detener el avance en los estudios de Historia; nos parece superficial el tema; pero en un contexto local puede ser necesario no bajar la guardia, ya que los márgenes de actuación son tan reducidos (y a más “local” el contexto, más reducidos los márgenes) que a poco que la reacción (la inacción, más bien) se asiente, la investigación (y con ella la divulgación) se resentirá.

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Puerto Real, en esto, constituye como tantas otras ciudades de su porte demográfico (y muy a nuestro pesar) un caso habitual: privado de estructuras estables y permanentes que puedan desarrollar labor alguna en este sentido y en esta línea (de estudio, investigación y difusión de la Historia local), Puerto Real se ha visto abocado a depender (de manera casi absoluta) de los esfuerzos particulares de personas concretas, de colectivos determinados que han desarrollado sus empeños con mayor o menor fortuna e intensidad a lo largo del tiempo.

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Los frutos de algunos de estos esfuerzos hasta no hace mucho a penas conseguían completar un estante, un par de baldas, de un metro de longitud cada una, y ello siendo optimistas y contando con trabajos desarrollados por muy diferentes personas, a lo largo de décadas de esfuerzos más o menos aislados. La Historia escrita de Puerto Real, el conjunto de los elementos más básicos (por sustanciales) de dicha Historia sería más apropiado decir, aún viene a ocupar algo así como un metro lineal de madera.

Otra cosa diferente son los trabajos que de una forma u otra se hayan ocupado de determinados (y hasta anecdóticos) aspectos de nuestra Historia, los estudios históricos (o geográficos, etnográficos, antropológicos…) en los que Puerto Real, sin ser el sujeto principal del análisis, aparezca reflejado en mayor o menor medida (poniendo un caso práctico, señalemos que en un estudio cualquiera que verse sobre fábricas romanas de ánforas [figlinae] en la Península Ibérica puede muy bien reflejarse la existencia de los yacimientos de esta naturaleza existentes en el término municipal portorrealeño, caso de “El Gallinero” o “Puente Melchor”, por citar sólo dos de entre los quizá más significativos y paradigmáticos). Descontado esto, los textos más elementales, los textos de referencia sobre la Historia de Puerto Real, los trabajos que tienen en Puerto Real y su Historia el objeto principal de sus consideraciones ocupan, como venimos señalando, acaso menos de un par de metros lineales de estanterías.

Quizá se trate de una forma de contemplar la situación demasiado lineal (nunca mejor dicho ya que hablamos, simbólicamente, de superficie lineal de estantería), demasiado apegada a la realidad material de la dicha situación (u original, por lo poco habitual), pero no por ello nos parece que estemos plasmando un comentario fútil, o un análisis baladí de las cosas; tratamos además de presentar una realidad evidente para cualquier lector, para cualquiera que se acerque a estas páginas, o a la balda en cuestión. Además el volumen de trabajo existente (el volumen de trabajo relativo a la materia que nos ocupa, que nos interesa y a la que nos referimos en estas líneas: la investigación -y la divulgación- histórica sobre Puerto Real) se convierte en una realidad visible, se hace algo material, tangible, cuando contemplamos los lomos de las publicaciones que guardan estos estudios históricos situadas una junto a otra en una estantería.

Algo tan simple en apariencia como esto que estamos señalando, la observación, la contemplación de la Historia de Puerto Real (de lo publicado sobre la Historia de Puerto Real, mejor dicho) puesta negro sobre blanco en papel impreso, editado en forma conveniente y publicado no menos conveniente y correctamente (con algún formato electrónico, informático, incluido), ordenada siguiendo el esquema habitual de pasta contra pasta, contraportada contra portada (y valga la involuntaria figura) de cada libro, nos muestra la realidad física de las cosas: un par de baldas de estantería albergan y sostienen, plus minus, todo lo hasta la fecha publicado sobre la Historia de Puerto Real. Y eso es lo que aparece (por así decirlo) ante nuestros ojos aún hoy.

Personalmente he de reconocer que todo ello me sabe a poco, que me parece poco, me resulta a todas luces escaso (en el volumen, especialmente). Y más escaso resulta todavía cuando (obviando aquello de que las comparaciones sean o dejen de ser odiosas) no puede evitarse el acto reflejo de contrastar nuestro más que escueto bagaje bibliográfico específico con los equipajes que en buena medida portan algunas de las ciudades del entorno, la mayor parte de las cuales dispone de un “fondo de armario” historiográfico mucho mejor surtido que el nuestro.

No es hora de lamentos: el proceso de construcción de un bagaje historiográfico es algo vivo, que no se detiene, y en lo que respecta a Puerto Real estamos asistiendo en estos últimos años (por ejemplo de la mano de entidades como el Ateneo Literario portorrealeño, que programa acciones de naturaleza divulgativa y carácter histórico) a un relativo impulso si no aún de los estudios y la investigación propiamente dicha sí de la difusión sobre nuestra Historia y de la socialización del conocimiento histórico sobre (y desde) Puerto Real, como pone de manifiesto -por ejemplo- una actividad como es el ciclo de “Encuentros con la Historia” que viene desarrollándose desde hace tres años y que quiere contribuir a la divulgación de nuestra Historia en el seno del cuerpo social portorrealeño.

Y en lo que nos atañe, trataremos de seguir haciendo tanto cuanto sea posible para que la Historiografía portorrealeña, el volumen de los estudios sobre la Historia de nuestra Real Villa, siga creciendo.

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