En estos últimos textos nos hemos acercado al complejo mundo subterráneo (y funerario, por ende) de la iglesia de San Sebastián, con sus capillas, bóvedas y criptas funerarias, un mundo subterráneo que se esconde, silente, dormido, bajo el suelo de la parroquia mayor y en el que juegan un papel principal los enterramientos en la Prioral, con sus distintos tipos, modalidades, titularidades y ubicaciones bajo la solería del edificio.

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Vistos los precedentes, y en lo que se refiere a la localización de estos espacios subterráneos (de tan distintos tamaños y naturaleza, aunque de una común funcionalidad), es bastante detallada la referencia con que disponemos respecto a la ubicación de la tumba que posee la viuda portorrealeña Francisca Gómez “…en una sepultura de mi abuela que está más allá del púlpito, frente de la capilla de Nuestra Señora del Rosario y de los Remedios…”, una referencia que la misma interesada nos proporciona en 1602 (AHPC. Protocolos notariales, sec. Puerto Real. L. 9, s/f.).

En lo que toca a los primeros años del siglo XVIII podremos encontrar en algunos testamentos de vecinos de Puerto Real determinadas indicaciones concretas relativas a un lugar específico del templo elegido para albergar su sepultura, un lugar mencionado por estos testadores como “…la Nave Mayor…” (AHPC. Protocolos notariales, sec. Puerto Real. L. 78, fs. 382 y 429); de este modo aparece citada la referencia a este espacio de sepultura en las últimas voluntades de dos mujeres portorrealeñas, Catalina García y Francisca Mariana del Castrillo (en 1702 y 1703, respectivamente).

Igualmente por la misma época en el testamento de otra paisana nuestra se menciona el lugar de sepelio de esta portorrealeña en una de las naves del templo; se trata de la sepultura de doña Leonor Núñez de Espino; así, en 1738 concretamente se nos dice que esta señora habría de recibir sepultura “…en la Nave de los Remedios…” (AHPC. Protocolos notariales, sec. Puerto Real. L. 99, f. 10); ya vimos anteriormente cómo en el siglo precedente a estos casos que mencionamos otro vecino de la Villa, Diego de Orta (en 1647), vendía una sepultura que se hallaba localizada en el centro de la iglesia.

Abundando en esta misma cuestión relativa a la localización de algunos de estos distintos espacios funerarios que dan forma a los perfiles subterráneos de la Prioral, es posible señalar cómo el testamento de otra paisana, doña Rosalía Carrillo, (documento que data de 1752) relata cómo se realizó su entierro en una sepultura junto al coro del templo, que fue de la siguiente manera: “…me comunicó dicha mi hermana doña Rosalía Carrillo era su voluntad fuere enterrada con entierro de medias honras en la Iglesia Parroquial de esta dicha villa, y que fuere su cadáver vestido con el hábito de religiosos de N. P. San Francisco de Asís, y que acompañando a su entierro la comunidad de religiosos de San Francisco de Paula de esta villa, fuere sepultado en sepultura propia de nuestro padre difunto, don Ignacio Meléndez Carrillo, que está junto al coro de dicha iglesia parroquial, y en cumplimiento de su voluntad fue todo ejecutado…” (AHPC. Protocolos notariales, sec. Puerto Real. L. 99, f. 121).

El estamento eclesiástico portorrealeño de la época habría contado asimismo con lugares propios de enterramiento en el interior de la Prioral, unas sepulturas propias y adecuadas a su condición y su condición de religiosos. A este respecto cabe señalar que -como ya hemos observado en párrafos precedentes- en la Capilla de los Remedios recibieron sepultura varios religiosos a lo largo del tiempo; además, contamos con la referencia que nos ofrece el presbítero don Francisco Trujillo de Medina (en enero de 1751) acerca del lugar por él elegido para su enterramiento en la iglesia San Sebastián; así, sabemos que habría de ser enterrado “…en la sepultura que le corresponde como tal sacerdote…” (AHPC. Protocolos notariales, sec. Puerto Real. L. 98, f. 18), lo que parece hablar sobre un lugar concreto reservado para los integrantes del segmento eclesiástico en el contexto de los espacios funerarios de la Mayor Prioral de San Sebastián.

Los casos que hemos venido señalando en los párrafos precedentes (de éste y de los artículos anteriores) se refieren a aquellas personas que -para sus enterramientos- expresamente y en sus últimas voluntades mencionan uno u otro determinado lugar en el interior de la Prioral, unas personas que en realidad suponen una parte pequeña con respecto al conjunto de las que deciden ser enterradas en dicho templo a lo largo de los siglos en los que este edificio religioso (nuestro principal monumento histórico, y el más representativo de los edificios históricos de la localidad) mantuvo viva su función funeraria y, con ello, mantuvo asimismo activos sus espacios subterráneos.

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Hemos tenido modo de comprobar cómo la documentación histórica pone de manifiesto la función sepulcral que desempeñó este espacio saco a lo largo de los siglos de la Edad Moderna (XVI, XVII y XVIII); el mundo subterráneo del mismo, en su mayor parte representado por los lugares funerarios del templo, se repartía quizá por el conjunto del espacio del subsuelo de la iglesia, desde las capillas laterales y de la cabecera a la nave central, pasando por las bóvedas y las criptas inferiores, además de los aledaños de la entrada del edificio (la Portada de las Novias), o el entorno junto al púlpito, al coro o la pila bautismal, existiendo incluso tumbas a ras del suelo en algunos sitios de la iglesia que no dispondrían de un perfil y paralelo subterráneo.

Se trata de unos espacios subterráneos, los de la Prioral, relacionados fundamentalmente con el uso de la propia iglesia como lugar de enterramiento de tantos portorrealeños a lo largo de tres siglos (los ya mencionados XVI, XVII y XVIII), y que forman parte del perfil del “Puerto Real subterráneo”, tan nombrado como desconocido en realidad, y al que dedicaremos los siguientes párrafos de esta serie, tras haber realizado (a lo largo de los artículos de estas últimas semanas) esta aproximación a los perfiles subterráneos de la Prioral de San Sebastián.

En estos párrafos venimos desgranando el tema del “Puerto Real subterráneo”, es decir, de ese Puerto Real ignoto pero tan inserto en nuestro imaginario colectivo local que reposa bajo nuestras plantas, que descansa en el subsuelo del casco urbano de la Villa, de nuestro Casco Histórico, de dimensiones desconocidas y que se hace especialmente palpable bajo el suelo de algunos de nuestros edificios históricos, más en particular en el interior de nuestras iglesias más antiguas, que durante muchos años, durante varios siglos en realidad, sirvieron como camposantos para los portorrealeños, que buscaron en ese espacio sagrado, en el subsuelo de los templos como la Prioral, La Victoria o San José (por citar sólo los que aún existen de entre las iglesias históricas que ha conocido Puerto Real), el lugar para su definitivo reposo.

Si la iglesia Prioral de San Sebastián (el más antiguo de nuestros templos, iniciada su construcción en el siglo XVI, si no en las mismas postrimerías del XV que contemplase, en 1483, la Fundación de la Real Villa por los Reyes Católicos) ha venido centrando nuestra atención en los anteriores párrafos de esta serie, ahora nos acercaremos a otro de los edificios religiosos históricos de la localidad, la iglesia de La Victoria, a la que ya en otro momento denominamos “Panteón de Ilustres Marinos”[1].

La iglesia de La Victoria formaba parte del complejo con el que los frailes Mínimos Victorios (la comunidad de San Francisco de Paula) contaban en Puerto Real en la Edad Moderna; muy alterado (si no parcialmente desaparecido) el anexo convento, la iglesia (del siglo XVII, con su torre del XVIII) se conserva aún hoy en uso como espacio sagrado, vinculada a la Prioral de San Sebastián.

Este templo ha guardado, históricamente, una estrecha vinculación con la Marina, con la Real Armada; los marinos portorrealeños (especialmente los militares) solían celebrar sus esponsales en dicho templo, lo que constituye una prueba y un claro reflejo de esta vinculación que señalamos. Pero los marinos portorrealeños solían, además de casarse, celebrar sus funerales en este templo, cuando no –llegado el caso- incluso lo elegían como lugar de su eterno descanso, como espacio para su sepultura, allá por los siglos XVII y XVIII.

Sería tal el caso de algunos marinos de guerra, como el almirante Papachino, a quien (como señalábamos en nota), dedicamos en su día unos párrafos. El sonoro nombre de este marino obedece a su origen italiano (era procedente de Saboya, tierra italiana anexionada por Francia a mediados del siglo XIX), y en su condición de súbdito de la Corona de España sirvió en los barcos de guerra de la Armada Española, allá por los tiempos del Imperio de Ultramar.

Sabido es que la Bahía de Cádiz, y en el seno de dicho espacio Puerto Real tendría un rol determinante, vino a desempeñar un más que notable papel en la organización comercial y administrativa del complejo sistema de la Carrera de Indias, mecanismo de desarrollo de las actividades mercantiles entre la metrópoli hispana y los territorios ultramarinos a lo largo de la época Moderna, un papel éste el de la Bahía que habría de ir creciendo con el paso del tiempo, de modo que ya en el siglo XVII, el espejo de aguas de nuestro entorno tenía un papel protagonista en este contexto, pese a que la ubicación de la Casa de Contratación en Sevilla habría de mantenerse hasta principios del siglo XVIII[2].

En Puerto Real, tierra de marinos insignes, de trabajadores de la mar, tierra de construcción de barcos, de carpintería de ribera, estuvieron asentados ya desde esta misma época relevantes personajes estrechamente vinculados con estas actividades navales (tanto comerciales como guerreras), los cuales encontrarían en la Villa -tan próxima a Cádiz, y no sólo geográfica, sino también económica y socialmente- un lugar especialmente afortunado para su establecimiento, como apuntan algunas de las grandes casas que aún se conservan en nuestro Casco Histórico, como las que hermosean las calles Cruz Verde o Soledad, unos edificios históricos que nos hablan de barcos a Indias, de marinos mercantes y militares, de linajes de cargadores de Indias, de Veracruz, Santiago de Cuba o la Florida, espejo caribeño en letras mayúsculas de sitios tan nuestros como La Carraca y El Trocadero, por ejemplo, lugares de alistamiento reparación, carga y descarga, e incluso construcción y hasta de partida (en algunas ocasiones), de las Flotas y Galeones aproados hacia América.

Uno de estos marinos de otros tiempos fue el ya mencionado almirante Honorato Bonifacio Papachino, saboyano de la comarca de Niza (hoy Francia), quien sería almirante de la Real Armada y Gobernador de la Armada Real de Flandes, y vecino de Puerto Real. Su carrera militar estuvo jalonada de no pocos episodios azarosos, como varias batallas navales, de acuerdo con el relato que de dichas acciones realiza en sus Memorias el comerciante Raimundo de Lantery, paisano suyo, quien ofrece además una más que interesante información acerca del fallecimiento de este almirante y de su enterramiento en la iglesia de La Victoria de Puerto Real a fines del siglo XVII, en 1696.

El citado Lantery señala en sus Memorias que el almirante Papachino falleció el tres de diciembre de 1696 en Puerto Real, y abunda en la cuestión señalando que este insigne marino recibió sepultura una semana más tarde (el 10 de diciembre) en el convento de San Francisco de Paula, esto es, en el ámbito de los Mínimos Victorios de la Villa, más que probablemente no en el propio convento, sino en la anexa capilla del mismo, la iglesia de La Victoria (o bien en el recinto del mismo convento, de hacerse una lectura a pies juntillas, literal, de las palabras de Lantery).

Como sucediera con Papachino, poco más de una década más tarde de su fallecimiento, otro almirante, Francisco Antonio Garrote, originario de Córdoba y también -como el saboyano- vecino portorrealeño, recibiría sepultura, el mes de noviembre de 1705, en el convento de San Francisco de Paula de Puerto Real, según la documentación de su testamentaría y la de su esposa, esto es, en el mismo contexto sacro que el almirante Papachino.

Sirvan estos dos casos, de finales del siglo XVII y de principios del siglo XVIII, para poner de manifiesto que este “Puerto Real subterráneo”, que tanta relación guarda con el mundo funerario (aunque no se trata de una relación exclusiva) cuenta con sus propios perfiles en el subsuelo de la iglesia de La Victoria y su convento de los frailes Mínimos. De esta manera, la iglesia de La Victoria pone de manifiesto también su contribución al tema del “Puerto Real subterráneo”, como hemos visto ya que sucede con la Prioral, y como veremos que pasa igualmente con otros espacios de la localidad.

Referencias

[1] Este tema lo tratamos en su día en un artículo firmado conjuntamente con el colega historiador M.J. Izco, un texto publicado originalmente en prensa provincial (en papel) allá por el mes de febrero del lejano año 2001.

[2] Precisamente el próximo año 2017 se conmemora el III Centenario del establecimiento de la Casa de Contratación en Cádiz, tras su traslado desde Sevilla, en 1717.

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