En los párrafos del artículo anterior nos ocupábamos de traer a colación y presentar una serie de yacimientos de época romana existentes en el seno de nuestro casco histórico que ponen en evidencia la actividad y la presencia en nuestro paisaje de hace un par de milenios de unos antepasados nuestros de remoto origen, los  cuales,  a pesar de tal distancia cronológica han demostrado sobradamente su derecho a figurar en  nuestra  memoria colectiva como habitantes de este entorno, de ese trozo de tierra al que hoy (y desde finales del siglo XV, desde 1483, más exactamente) conocemos como Puerto Real.

Hablábamos entonces de yacimientos como El Gallinero, presente en estudios nacionales e internacionales y que se viera hace años envuelto en una lamentable situación causada por su estado de abandono (llegó a ser utilizado como almacén de trastos de construcción, con el evidente deterioro que ello conllevaba…, y la denuncia ciudadana consiguió sensibilizar a los gestores públicos…); igualmente, otros de los yacimientos que mencionábamos hace unos días eran los del antiguo Convento de Franciscanos Descalzos (en la plaza homónima), el que existiera en el solar de la antigua Fábrica de Lavalle (como es sabido, ubicada junto al Paseo Marítimo, entre las calles Sagasta y Concepción, en el entorno entre el Manchón del Hospital y el antiguo Balneario), el que citábamos en la calle San Francisco, en el entorno del viejo (y desaparecido) Hospital de la Misericordia. Todos estos yacimientos presentan  evidencias materiales de diversa naturaleza (como elementos de cocina, ánforas, y estructuras inmuebles, de producción, como el ya citado horno de fabricación de ánforas conservado en el alfar de “El Gallinero” al pie de la pequeña elevación donde se encuentra la que fuera capilla de Nuestra Señora del Carmen, hoy sede y Casa de la Hermandad de El Rocío de Puerto Real), que dejan constancia del pasado romano de estas tierras que hoy ocupan las calles de Puerto Real.

PUBLICIDAD

PUBLICIDAD

Además de  estos yacimientos citados (conocidos por diversas publicaciones, como las de M.J. Jiménez Cisneros o alguna del propio D. Antonio Muro en colaboración con otros autores  locales) encontramos  de  la mano de nuestro paisano el historiador y arqueólogo (profesor de la Universidad de Cádiz) Lázaro Lagóstena Barrios (Alfarería Romana en la Bahía de Cádiz. Cádiz, 1996, pp. 78-79) otra relación de yacimientos, algunos de los cuales se encuentran concentrados en un área bastante precisa (básicamente, entre las calles Cruz Verde y Victoria, donde el casco urbano comienza de forma paulatina a elevarse ligeramente sobre el actual nivel del mar). Se trata de evidencias halladas en el solar de las viviendas de “Brisas del Mar”, en la calle Carretas, y en las Bodegas Campuzano, en el eje de las calles Amargura y Cruz Verde, siempre en el entorno referido.

Junto a los emplazamientos mencionados hemos de hacer referencia también a otros dos donde -según la publicación citada- aparecerían asimismo restos materiales (materiales arqueológicos) que señalarían la presencia romana; estamos hablando de la calle Ancha (Nº. 9), y  de  la  playa  de  La Cachucha (Nº. 3), zona ésta que   podría  estar  relacionada  con  el  importante  yacimiento  del  Puente Melchor, a las afueras de la población  (donde se ha localizado un área  de explotación y producción romana de notable envergadura, cuya cronología -dependiendo del autor consultado-  podría abarcar entre los siglos II-I a.C. y IV-V. d.C.).

Como  podemos  observar no se trata de yacimientos aislados, sino  de  una  verdadera  red de hallazgos que, cuando menos, prueban la importancia de nuestro pasado romano, evidenciando la actividad cotidiana de  unos paisanos nuestros de hace muchos siglos que  se  desenvolvían con toda naturalidad en este entorno (tan suyo como nuestro) y  que  quieren  salir  de  las  brumas del olvido  para  tomar consistencia ante nosotros haciendo más rica nuestra realidad cotidiana al mostrarnos el Puerto Real de antes de Puerto Real, siendo las estructuras del Horno Romano de “El Gallinero” las únicas que pueden ser disfrutadas por propios y extraños en el contexto de nuestro casco urbano (sin menoscabo de las muchas estructuras asimismo existentes en el conjunto general de nuestro término municipal adscritas a cronologías romanas), encontrándose muy necesitadas de nuestra toma de conciencia individual respecto a su valor como parte de nuestro legado histórico.

Respecto a los materiales muebles, a los productos arqueológicos de estos yacimientos localizados en el casco histórico portorrealeño) se  trata  en  la  mayor  parte  de  los  casos  de  restos  de pequeño formato, tales  como fragmentos de ánforas, restos cerámicos de distintas calidades, tipos y usos, e incluso alguna figurilla (o eso es fama), piezas encontradas  como consecuencia  de  las obras de construcción en distintos solares (lo que hace aún más notorio el caso del horno del Gallinero al tratarse de la única estructura constructiva conservada). En algunos casos se trataría no de hallazgos propiamente dichos, sino de lo que podemos llamar “concesiones” a la tradición oral.  Ésta  recoge hallazgos pretéritos, los conserva en la memoria y los saca a flote cuando el terreno está abonado, lo que  es decir, cuando hay interés;  sólo entonces se presta atención a las palabras de los mayores, de la mano de los cuales y de su memoria pueden asaltarnos no pocas sorpresas.

Y no habremos de pasar por alto la alineación de 29 ánforas romanas aparecida recientemente en la plaza de San Telmo, en el curso de las obras realizadas en dicho solar urbano, una alineación de ánforas que podría responder a una finalidad de delimitación de espacios, de parcelación de fincas o incluso de creación de estructuras portuarias de pequeña escala, de algún a modo de muelle… Y que podría también guardar relación con el muy cercano yacimiento arqueológico de “El Gallinero” (la plaza de San Telmo y la loma del Gallinero distan varias decenas de metros, escasamente). Esta estructura, no conservada para su disfrute general tras la intervención urbanística, nos habla asimismo de la presencia romana en este mismo entorno nuestro, en nuestro casco urbano, mostrando otra faceta de la misma, quizá relacionada con el marco litoral en el que se encontraba, sin duda.

¿Qué conclusiones podemos extraer de los materiales que hasta la fecha componen los retazos y evidencias de la romanidad en el casco urbano? No podemos perder de vista en momento alguno los más que abundantes testimonios de esta naturaleza existentes en el seno de nuestra campiña, los cuales nos hablan con claridad de una muy notable ocupación del territorio en época romana, así como de una notable explotación del mismo. Villae (los cortijos de la época, salvando las distancias),  explotaciones agrarias, verdaderas  fábricas  de  cerámica (recordemos que los contenedores cerámicos eran fundamentales  para  la  comercialización  de  productos como el vino, el aceite y las salazones de pescado, el famoso garum),  jalonaban el actual término portorrealeño (y el resto de los campos de la Bahía de Cádiz y la campiña de Jerez), y nos muestran la potencia de la romanidad en nuestro  ámbito litoral gaditano.

Hemos de considerar como un todo unitario la presencia romana en Puerto Real, con, de una parte, el actual casco urbano y, de otra, la campiña del término municipal a la hora de plantearnos el sentido de dicha presencia romana en nuestras  calles y campos, especialmente cuando la tradición ha querido ver en Puerto Real el heredero del Portus Gaditanus fundado por Balbo el Menor en tierras de la costa interior de la Bahía (lo que cabe mencionar junto a las referencias que hallamos en autores como Plinio El Viejo o Pomponio Mela a la que pudiera ser esta misma costa, al hablar, unos u otros autores clásicos, del “bosque de acebuches” y del “litoral curense de curvado seno” existentes, hace dos mil años, en estas geografías). Acerca de este enclave, el del Portus Balbus o Portus Gaditanus, sobre su naturaleza, su funcionalidad, su origen y -sobre todo- sobre la que pudiera haber sido la localización de su emplazamiento real es mucho lo que se sigue escribiendo (con hipótesis que lo localizan en uno u otro término municipal y ciudad actuales de la Bahía gaditana, como Puerto Real o El Puerto de Santa María), aunque puede que nos encontremos (sin desmerecer otras cuestiones a considerar y que trascienden de los límites de este pequeño texto divulgativo) ante un problema de perspectivas.

Quizá, entre otros perfiles de la cuestión, cabe señalar que querer hallar una sola ciudad, teniendo en cuenta que ignoramos si se trata realmente  de una ciudad, si se trata de dos nombres para una misma realidad (¿Portus Gaditanus = Portus Menesthei?), o incluso si se trata de otro tipo de emplazamiento (una oficina de control fiscal, de cobro de portoria, equivalentes, salvas las distancias, a los “consumos”, de nuestra posguerra civil), y sin pasar por alto la realidad de la existencia de más de un núcleo poblacional (con entidad de tal) en la Bahía (un ámbito en el que, junto a Cádiz y el Portus Menesthei, otros núcleos como Asido pueden presentar pruebas de poblamiento urbano antiguo), todo ello ha de llevarnos sin duda a la asunción de la dificultad de hallar conclusiones cerradas.

En cualquier caso la presencia romana en nuestro  casco histórico se presenta y pone de manifiesto con toda claridad, pareciendo encontrarse más ligada, sin embargo, a instalaciones industriales y a un posible hábitat disperso en el arco costero de Puerto Real (un arco costero en el que debe incluirse no sólo la línea costera del momento actual en el interior de la Bahía -o sus paralelos de hace dos mil años- sino en el que ha de considerarse asimismo al que fue el litoral del saco interior de la Bahía, esas marismas de Las Aletas hoy semihúmedas y que en época altoimperial eran parte del espejo interior de la Bahía de Gades) que a un núcleo poblacional concentrado, esto es, una ciudad como tal, aunque en este sentido quizá el Barrio de Jarana, como hemos visto (y considerado en más de una ocasión) y veremos, tenga mucho que decir al respecto.

Cerraremos estos párrafos concluyendo con lo que el profesor de la Universidad Hispalense Enrique García Vargas (uno de los arqueólogos, junto al llorado Paco Sibón responsables de la primera intervención de investigación en “El Gallinero”, a principios de los noventa del pasado siglo) señala en su obra La Producción de ánforas en la Bahía de Cádiz en época romana´. Siglos II a.C.-IV d.C. (Écija, 1998): … no se puede afirmar ni negar la existencia de núcleos urbanos en el tramo comprendido entre Puerto Real y el Barrio de Jarana…, con lo que en buena medida coincidimos y que es, al mismo tiempo, decirlo todo, y no decir mucho.

PUBLICIDAD

PUBLICIDAD