De la existencia de un pasado anterior a la fundación de la Villa de Puerto Real por los Reyes Católicos han dejado constancia no sólo las fuentes escritas (de las que nos hemos ocupado con anterioridad en estas  páginas), sino las evidencias que en forma de hallazgos arqueológicos se encuentran por todo nuestro término municipal, evidencias cuyo estudio sistemático ha sido emprendido recientemente por investigadores de las Universidades de Cádiz y Sevilla. Pero no solamente la campiña portorrealeña guarda las claves de nuestro remoto pasado “romano”: el casco urbano de la Villa también ha aportado su grano de arena para un mejor conocimiento global de Puerto Real.

Son varios los yacimientos de época romana que han aflorado en suelo urbano de nuestra localidad, lo que viene a confirmar la existencia de actividad humana continuada al menos a lo largo de diversas épocas. Acerca de uno de ellos, el yacimiento del Gallinero, el único que en la actualidad -siquiera parcialmente- se conserva “visible”, podemos decir que se trata de una factoría de ánforas destinadas al envasado de conservas de pescado y de varios tipos de salsas elaboradas igualmente a base de pescado -el famoso garum.

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Estas conservas y salsas de pescado -elemento favorito, si bien no único, era el atún, pescado incluso en la propia Bahía Gaditana- eran un producto de muy alto consumo en la dieta mediterránea antigua, lo que justifica la aparición de factorías para la elaboración de dichos productos y de sus envases -determinados tipos de ánforas, que denominaremos “salsarias”, de forma genérica- a lo largo de todo el Mediterráneo (desde España hasta Grecia) e incluso del Mar Negro (en las costas de las actuales Turquía, Bulgaria o Rumanía), desde los siglos VII-VI a.C. hasta la Edad Media o nuestros propios días, ya que aunque ahora, evidentemente, se trata de conservas en lata, y el tratamiento e incluso la captura del pescado quizá respondan, en todo o en parte, a patrones y modos y modelos distintos, el producto base -atún, caballa, sardina, escómbridos en fin (aunque no sólo escómbridos, al parecer)-  sigue siendo el mismo.

Si bien las estructuras conservadas in situ en el yacimiento de El Gallinero pueden parecer harto simples al primer golpe de vista, podemos decir que lo que queda no es sino una mínima parte de lo que se considera que debió existir, puesto que se han barajado cifras de más de 8 y 10 estructuras entre piletas de salazón y hornos destinados a la elaboración de ánforas. En cualquier caso, podemos señalar que los hornos de El Gallinero debieron estar en funcionamiento durante el s. I d.C., lo que les hace contar (grosso modo) con unos dos mil años de antigüedad, argumento que nos parece tener suficiente peso como para hacer imprescindible una actuación permanente en la zona, de modo que las escasas estructuras que han sido conservadas  hasta hoy se beneficien de políticas activas de recuperación que pasan no sólo por el mantenimiento del sitio arqueológico sino por su activa puesta en valor y su divulgación entre, por ejemplo, los escolares portorrealeños (algo en lo que no dejaremos de insistir y que no es, en absoluto, la primera ni la segunda ni la tercera vez que mencionamos).

Ladrillo de Lavalle.

Ladrillo de Lavalle.

Junto a este yacimiento de El Gallinero cabe reseñar la existencia de otro -hoy perdido bajo las edificaciones que lo cubren- en el emplazamiento de la antigua Fábrica Lavalle (la memoria de la cual los lectores de más veteranía guardarán sin duda).  A la ribera del Paseo Marítimo, entre las calles Sagasta y Cruz Verde, en otros tiempos -no tan lejanos como los que nos interesan en este momento- se desarrollaba una notable actividad industrial, la “joya de la corona” de la cual era la fábrica de “Lavalle” (un entorno en el que se elaboraban ladrillos estampillados con el sello de la firma “JC Lavalle. Puerto Real”, por ejemplo, así como cemento Portland). En el solar de esta empresa se encontraron no sólo ánforas salsarias romanas (como en el yacimiento anteriormente citado), lo cual nos confirma  la importancia de la industria de conservas y salazones de pescado en esta zona, sino también ladrillos, tejas (las tegulae que tanto tuvieron que ver con la construcción en época romana) e incluso (al parecer) alguna figurilla de terracota, de acuerdo con algún testimonio oral.

Nos encontramos ante otra instalación industrial cuya producción no parecería haber estar solamente orientada al abastecimiento de la finca (un fundus, en latín) en la que se hallaría establecida, sino que podría igualmente dedicarse a la producción  de determinadas piezas (tejas y ladrillos, por ejemplo) con vistas a su comercialización. Este establecimiento industrial abarcaría un arco cronológico aún mayor que el del horno (o el complejo de hornos) de El Gallinero, ya que habría estado en activo entre los siglos I y II de nuestra Era.

Junto a estos dos yacimientos citados (el de El Gallinero y el de la factoría de Lavalle), debemos hacer referencia a otros dos, hoy -como es el caso del mencionado de la también desaparecida Fábrica Lavalle- perdidos, uno localizado en la calle San Francisco, y el otro que habría existido en el antiguo solar del que fuera Hospital de la Misericordia -entre las calles San Francisco y Sagasta.

Sobre estos dos, en realidad y aparte de su mención, no mucho es lo que podemos señalar: lo hallado en ambos contextos fueron restos de ánforas de época romana, sin que podamos especificar ni su tipología -y, con ello, su funcionalidad- ni su cronología; en cualquier caso, se trata igualmente de testimonios palpables de una actividad humana de considerable volumen, si consideramos que el tamaño medio de las  fincas agrarias en la zona de la desembocadura del río Guadalquivir (y considerando los datos por extensión posiblemente también en nuestra zona) oscilaba entre las 310 y las 350 hectáreas (para un marco cronológico relativo a los siglos I-II d.C., es decir, al Alto Imperio Romano); podemos apuntar, pues, que contaríamos -hasta la fecha- con hornos de una similar cronología, y con otros depósitos de ánforas en un espacio relativamente reducido como es el de nuestro casco urbano, sin menoscabo de la alineación de ánforas romanas aparecida recientemente en el contexto de las obras de la Plaza de San Telmo, a la que quizá pueda ponerse en relación con el relativamente cercano ámbito arqueológico del yacimiento de El Gallinero.

Confiamos en que estas líneas puedan ayudar a sensibilizar a la opinión pública sobre la presencia romana en nuestro casco histórico, constatando la existencia documentada de estos cuatro yacimientos anfóricos, de los cuales sólo nos queda uno,  y éste parcialmente. Unos yacimientos (Gallinero, Lavalle, Calle San Francisco y Hospital de la Misericordia) que  hay que añadir a los muchos (varias decenas) que jalonan la campiña del término municipal portorrealeño, todos los cuales ponen en evidencia que podemos  debemos considerar la Romanidad en Puerto Real como algo cotidiano y digno de nuestra atención.

Hace unos años, sólo unos años, había quien consideraba (desde supuestas posiciones de ¿autoridad?, y, lo que es peor, desde unas no menos supuestas posiciones de defensa del Patrimonio Arqueológico, aunque en realidad se trataba de uno de esos perfiles que se han definido recientemente como adscritos a un entero intrusismo profesional, por no hablar del no menos entero desconocimiento…) que el pasado romano de nuestro territorio no era relevante, para nuestra estupefacción; cuando redactamos una Guía de la ciudad e incluimos el yacimiento romano de El Gallinero en su contexto (hace de esto casi dos décadas) se llegó a poner en solfa la inclusión del yacimiento romano de El Gallinero entre sus párrafos y sus contenidos… La ignavia, tan atrevida como siempre…

Hoy, afortunadamente, y aunque queda muchísimo trabajo por hacer, las cosas no son como eran hace sólo unos años, hace sólo unas décadas (que parece mentira…). Nuestro trabajo (a algunos) nos ha costado. Y seguiremos en ello.

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