Si el precedente capítulo abría las puertas a la discusión sobre la tradición industrial y su reparto en las tierras de nuestra Bahía, queremos hoy abundar en dicho tema, concretando algunas puntualizaciones.

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Para defender esta hipótesis de la especialización por zonas en la producción (vino, aceite, conservas de pescado y sus respectivos derivados) habremos de considerar las posibilidades que las condiciones físicas de las tierras y el mar de la Bahía (y el viento de Levante) ofrecen (25); sobre este particular resulta especialmente significativo el trabajo del profesor de la Universidad Hispalense Dr. P. Sáez, Agricultura romana de la Bética (Sevilla, 1987), sobre la calidad de los suelos de la Bahía y la campiña jerezana de cara al cultivo de la vid, para la identificación de los viñedos “ceretanos” de Columela (VII. 2.4-5) con los actuales viñedos jerezanos y para la relación entre los suelos (cretosi, sabulosi, palustres) mencionados por el gaditano Columela y los suelos del campo jerezano (albarizas, arenas, barros).

Podríamos coincidir con las afirmaciones de E. García (vertidas en su artículo “La producción anfórica en la Bahía de Cádiz como índice de Romanización”, Habis 27, 1996) sobre la diversificación de las producciones en el marco de la Bahía a partir del siglo III d.C., coincidiendo con la contracción del número de fábricas de carámica (alfares) en la misma.

Sobre esta especialización por sectores de tierras y costa de la Bahía de Cádiz podemos señalar el papel fundamental de las actividades relacionadas con el ámbito marino, la pesca y la transformación (y posterior comercialización) del pescado; en este sentido según García Vargas, se observa en los alfares romanos más antiguos de la zona (fechados en el tránsito entre los siglos I a.C.-I d.C.) una mayor dedicación a las actividades salazoneras (como en el Cerro de los Mártires y Gallineras, ambos en San Fernando, en El Gallinero, Olivar de los Valencianos y Torrealta, los tres en Puerto Real, en Los Cipreses, en el Puerto Santa María, y en el Cortijo Martelilla, en Jerez); la mayor parte de estas instalaciones se localiza en el saco Sur de la Bahía (San Fernando y Puerto Real) frente a las establecidas en Puerto de Santa María o Jerez.

20160304_cultura_historia_pr_01Siempre según E. García (La Producción de ánforas en la Bahía de Cádiz en época romana…) serían nueve los alfares cuya actividad se orientaba hacia el envasado de productos “mixtos” (no sólo relacionados con el medio marino) (El Olivar, en Chipiona, Estella del Marqués, El Torno y El Almendral en Jerez, C./Javier de Burgos en Puerto de Santa María, C./ Gregorio Marañón en Cádiz, Villanueva, Puente Melchor y Cerro de Ceuta en Puerto Real), de las cuales sólo tres (las situadas en término portorrealeño) ocupan una posición meridional en la Bahía, siendo su cronología más reciente que las anteriores (correspondiendo su actividad a un arco que abarcaba entre los siglos I d.C.-II d.C., con excepciones, como el gaditano alfar insular de Gregorio Marañón, cuya actividad arrancaría en el s. I a.C. y las instalaciones de Puente Melchor de Puerto Real, que habrían alcanzado en activo hasta el s. IV d.C.).

Observamos así cierta orientación geográfica en la actividad económica de la Bahía: las salazones aparecen como el “producto-estrella” de esta región costera, y los alfares cuya producción se destina al envasado de ánforas, vinarias (si bien Puente Melchor en Puerto Real -el antiguo “Paso a Nivel”- destacaría igualmente por su producción de ánforas olearias, las Dressel 20) se encuentran fundamentalmente en el espacio Norte de la Bahía (Chipiona, Jerez y Pto. Sta. María), mientras en el interior del saco meridional destacan las producciones de ánforas salazoneras romanas; también cabe señalar cómo estas factorías anfóricas podían estar vinculadas a grandes fundi (explotaciones agrarias, vulgo “cortijos”) que controlarían ingentes extensiones de terreno y encontrarían en la multiplicidad de sus actividades la plasmación práctica de los consejos de los agrónomos latinos (como Varrón o nuestro paisano capitalino Lucio Junio Moderato Columela) sobre el modo de explotación de un fundus (de una finca, una explotación agraria romana).

Seguiremos abordando el tema de las producciones industriales (basadas en las explotaciones agropecuarias y piscícolas) en la Bahía y en el equivalente antiguo a nuestro moderno término municipal, tratando de aproximar a Vds. la realidad de nuestro entorno en época romana, nuestra realidad antigua.

Hemos podido contemplar cómo en la zona septentrional de la Bahía (su “saco exterior”) y en la campiña jerezana (el “retroterra” de ese saco septentrional) parecían predominar las producciones vinícolas (destinadas al autoconsumo y la dsitribución local, pero también -y fundamentalmente- a la exportación fuera de la Península Ibérica), siendo por ello que en las fábricas de ánforas de ese sector predominaban los tipos de contenedores cerámicos relacionados con el envasado de vino y sus derivados (conservas de frutas en almíbar, compotas, defrutum…), mientras en el meridión de la Bahía (en su “saco interior”, en el cual se encuentran las tierras, los territoria -por emplar el término latino- de nuestra Real Villa), eran las salazones, conservas y salsas saladas de pescado (el famoso “GARUM” de los romanos) las que parecían “llevar la batuta” en el complejo de la actividad productiva de este marco específico, sin que por ello el vino e incluso el aceite dejaran de ocupar sus lugares respectivos en el conjunto de economía de este espacio.

Al tiempo no podemos olvidar cómo la tradición industrial y comercial de la zona (contando con las potencialidades de la Bahía como “almadraba natural”, en la que entrarían los atunes por la “boca” de la misma para atravesarla y salir por el caño de Sancti Petri en su camino hacia el Mediterráneo -y viceversa- tal y como describe E. García Vargas en sus artículos y libros ya citados en la presente serie) se relaciona con la salazón (lo que explicaría el predominio inicial de esta actividad) desde antes de la llegada de los romanos (en las postrimerías del siglo III a.C. y los principios del siglo II a.C.), mientras esa presencia directa de romanos y latinos y la posterior introducción de la región en los modos económicos del Estado Imperial serán factores decisivos de cara a la implantación del cultivo de vid y olivo en esta región (la Bahía Gaditana y, ya en un sentido más general, la Hispania Vlterior, primero, y la Provincia Baetica, después) con vistas no sólo al autoabastecimiento de la misma, ni a satisfacer redes de distribución de circuito reducido, sino (como demostrarán los contenedores destinados a estas producciones fabricados en los talleres locales) a su comercialización en el Imperio.

La producción masiva de vino con vistas a la exportación, pues, será un fenómeno tardío con respecto a la producción de salazones en la Bahía (y en el Puerto Real antiguo), directamente relacionado con la colonización de estas tierras emprendida por Julio César y continuada por su hijo adoptivo, heredero y sucesor, Octavio Augusto (en el tránsito de las Eras). La presencia directa de miles de individuos (en su mayoría veteranos de las guerras civiles que sacudieron a la República de Roma en la segunda mitad del siglo I a.C.) afincados en las tierras gaditanas (y no sólo en este entorno inmediato: las colonizaciones Julia y Augústea tendrían como consecuencia la implantación en Hispania de decenas de miles de romanos y latinos, de itálicos) sería determinante a la hora de incluir a estas tierras en los modos económicos romanos, con el desarrollo de las producciones solicitadas por el mercado romano, en un momento, además, en el que la agonizante Res Publica estaba dejando paso a un Estado Imperial cuyos confines no hacían sino crecer (y continuarían creciendo durante un siglo más), extendiéndose así los mercados de nuestras salazones, nuestro aceite y nuestro vino, producciones éstas las fábricas de cuyos envases permanecen como testigos no mudos de una realidad industrial esplendente, antepasada de nuestras instalaciones industriales actuales.

Continuando con la relación entre los yacimientos romanos del término de Puerto Real y las vías navegables de la zona, señalaremos que no pocas de estas instalaciones contaban para su servicio con el auxilio de caños, canales y arroyos que si bien hoy aparecen harto menguados bien pudieran haber sostenido una navegación mediante medios sutiles por su superficie.

En este sentido, los hornos de Villanueva podrían haberse servido del caño de La Merced, que discurre por sus inmediaciones y desemboca en la Bahía a través de las marismas actuales (cuya extensión habremos de imaginar menor en la Antigüedad, habiéndose formado sobre terrenos semiemergidos). Otros establecimientos, como los de Puente Melchor, podrían comunicarse directamente con las aguas de la Bahía (de forma inmediata, o bien mediante esteros como los que aún hoy se sitúan entre su emplazamiento y la línea de acción marítima); igualmente en la línea de costa se encontrarían las instalaciones de la Fábrica de Lavalle y El Gallinero (ambas en el casco urbano moderno de Puerto Real).

Puente Melchor, la Fábrica Lavalle y El Gallinero forman una red de instalaciones desplegadas por la actual línea de costa del núcleo urbano portorrealeño. De la importancia del conjunto de las villae rusticae de la campiña de Puerto Real dejan constancia hallazgos como la ficha monetiforme de baños (fechada entre los ss. I-II d.C.) de Puente Melchor, ficha plúmbea que testimoniaría la existencia de baños en alguno/s de los fundi de la zona, termas de las que disfrutarían los trabajadores de la explotación en la que se encontrasen, pero quizá no sólo ellos, pudiendo tratarse de baños públicos o semipúblicos abiertos a personal ajeno a la finca donde estaban; sobre este tema se pueden consultar los trabajos de C. Alonso y M. Rodríguez, “Aportación al Catálogo de plomos monetiformes de Hispania: la Tessera de Puente Melchor (Puerto Real, Cádiz), en VIII Congreso Nacional de Numismática. Madrid 1994, pp. 449-453 y de L. Lagóstena, “Una tésera de plomo hallada en el yacimiento romano de “Puente Melchor”, Puerto Real (Cádiz)”, Habis 24, 1993, pp. 307-309.

El Olivar de los Valencianos daría salida a sus producciones bien por el interior de la Bahía, bien por las superficies entonces húmedas y hoy ocupadas por las marismas de Cetina y las Aletas, que comunicarían este establecimiento con el cauce del río San Pedro, si bien la distancia entre Los Valencianos y las marismas citadas superaría el kilómetro, por lo que hemos de pensar en el empleo de una combinación de vías terrestres y acuáticas. De igual modo habrían de relacionarse con la costa las instalaciones de Torrealta, relativamente alejadas del litoral pero conectadas con éste merced a la red de canales de la Bahía y a las vías que las comunicaban con el yacimiento de Puente Melchor, respecto al cual Lagóstena supone relaciones de dependencia por parte de Torrealta.

Situado -como el Olivar de los Valencianos, pero varios Km. al N.E. de éste- en el borde de las marismas, el yacimiento de La Zarza se encontraría comunicado con las aguas de la Bahía a través del curso de su arroyo homónimo, pudiendo constituir la salida natural de yacimientos de la zona como Santo Domingo, Las Castellanas o Friíllas (además de la misma Zarza). Cabe señalar que “Santo Domingo” es uno de los primeros fundi identificados con una villa en término de Puerto Real por J.-G. Gorges (Les Villas hispano-romaines. Inventaire et problematique archéologiques. Paris 1979).

Otro enclave cercano (dos Km. al Sur y 1’5 Km. al N.-N.O.) a la costa, pero no directamente relacionado con ésta es el de la Cantera de Lavalle, como sucede con el de la Casa de la Tinaja (a un Km. al S.E. del anterior). Con el auxilio de un curso de agua (el arroyo de Zurraque, que da al mar por el caño del mismo nombre), el Cerro de los Caracoles se comunicaría con la Bahía, como sucedería con el yacimiento de Malas Noches.

En la cuña que formaba parte del territorio emergido de Puerto Real en la Antigüedad podemos observar dos tipos de yacimientos: los del interior, activos en el tránsito de las Eras (siglos I a.C.-I d.C.) y conectados con las aguas de la Bahía a través del uso combinado de las vías terrestres y algunas vías acuáticas navegables (arroyos y caños, puertas del mar en tierra firme) -y que aún hoy se encuentran en buena medida en las proximidades de marismas y/o esteros costeros- y los emplazados en la línea costera.

El historiador y arqueólogo E. García Vargas defiende la hipótesis de una progresiva y gradual “racionalización” en la disposición geográfica de los alfares anfóricos (de las fábricas de ánforas) de la Bahía en época romana: de este modo, las instalaciones interiores (más alejadas de la línea de costa) serían superadas cronológicamente y por tanto sustituidas en el tiempo por las emplazadas en el litoral (mejor adaptadas para las comunicaciones marítimas, esto es, para el comercio con el exterior). Este investigador avanza esta idea en su artículo “Las ánforas de El Gallinero (Puerto Real, Cádiz) en el contexto de las producciones anfóricas gaditanas”, publicado en las Actas de las III Jornadas de Historia de Puerto Real en 1996), para desarrollarlo más extensamente en su trabajo La Producción de ánforas en la Bahía de Cádiz en época romana (siglos II a.C.-IV d.C.), donde estudia el papel de las producciones de la Bahía en ámbito imperial, las relaciones de los alfares de la Bahía entre sí y con las explotaciones fundiarias rurales y la reorganización de dichas instalaciones en este marco geográfico específico.

Es posible ver en esta “racionalización” y redistribución geográfica de las figlinae un resultado de la evolución del paisaje (de la situación del medio físico, en el que quizá la mano del hombre habría ido dejando su impronta ya desde la Romanidad, junto a los efectos de una hipotética “jerarquización” de las fincas rurales (los fundi) de la Bahía, de modo que el envasado de las producciones de la comarca dejara de efectuarse en pequeñas explotaciones y se canalizara a través de otras de mayor volumen y envergadura y mejor comunicadas con el mar, que acapararían los niveles de actividad tardíos (como sería el caso del complejo de instalaciones industriales de Puente Melchor, en Puerto Real).

Directamente relacionados con las aguas de la Bahía, tanto más por encontrarse en una superficie insular como por contar con una compleja red de caños y canales en derredor de la isla (canales que aún hoy hacen de ella una isla, como los de río Arillo y Sancti Petri) están los establecimientos alfareros de San Fernando. De éstos, Torrealta (no confundir este yacimiento cuyas producciones se inscriben en la tradición púnica con las instalaciones homónimas -y más tardías, ya romanas- del término municipal portorrealeño) se habría relacionado con el “mar” gaditano directamente (con el interior de la Bahía) y/o mediante los caños que (como el de Zaporito y el de Sancti Petri) habrían comunicado Torrealta con el mar abierto.

Los Cerros de los Mártires y de la Batería y Gallineras son yacimientos directamente vinculados al caño de Sancti Petri; en el primero de estos yacimientos encontramos el característico asentamiento elevado (como en Torrealta o el portorrealeño enclave industrial de “El Gallinero”) para salvar la acción de las mareas (y las posibles violencias del mar); tanto Cerro de los Mártires como Gallineras disfrutan de la proximidad (y por tanto del auxilio para el trasiego de sus producciones) del caño de Gallineras, uno de los principales canales de la red de esteros de San Fernando, que se comunica a su vez con el caño de Sancti Petri; ambos caños (la combinación de los mismos) debían suponer el canal ideal (y a la vez real, puesto que sería efectivamente empleado) para la salida de sus producciones a mar abierto, pudiendo igualmente navegarse en sentido contrario (N.-N.E. en lugar de S.-S.O.) para alcanzar las aguas interiores (y más tranquilas) de la Bahía gaditana.

Retomaremos el argumento de nuestra discusión en el papel que los caños de la Bahía jugaban de cara a la distribución de las producciones de los hornos del saco meridional de la Bahía; en concreto tomaremos como modelo el caso de los caños de Gallineras y Sancti Petri, en tierras de la vecina localidad de San Fernando.

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En una reciente visita al lugar contemplamos (en estado de ruina) varias instalaciones modernas en el mismo fondo del caño de Gallineras; entre éstas se contaban embarcaderos de madera, alguna casita destinada al servicio de los débiles muelles de madera (como almacén de enseres), igualmente en ruinas, y lo que es más significativo: diques de carena ya en seco cuya capacidad era muy superior al tamaño de las barcas que aún se veían en el caño (que cuentan por lo general con tres-cuatro metros de eslora); estos diques de carena debían estar destinados al servicio y mantenimiento de las embarcaciones salineras, los ventrudos “candrays”: lanchones destinados a transportar la sal por los caños desde las salinas hasta los muelles de San Fernando y desde allí a Cádiz, cuyos esqueletos aún jalonan los bordes de los canales isleños.

Estos diques de carena estaban completamente en seco y separados del caño, pero su presencia prueba el empleo hasta tiempos recientes (en pleno siglo XX) del caño de Gallineras como vía navegable hasta los límites del actual casco urbano de San Fernando. La construcción del Paseo Marítimo de Gallineras (que no linda con el mar, sino con el caño del que recibe el nombre y el de Sancti Petri) y los rellenos efectuados para urbanizar dicha zona (donde se asienta el Real de la “Feria del Carmen y de la Sal”, título que recoge dos aspectos básicos de la tradición de la zona: la Virgen del Carmen, Patrona de marinos, y la sal cuya extracción constituía una importante actividad para los habitantes del lugar) han contribuido a la aceleración de la desecación de los caños del entorno inmediato.

Pese a ello, el caño de Gallineras (aún conectado con el de Sancti Petri) es navegable para las embarcaciones de pequeño tamaño (como las descritas con anterioridad) típicas de la Bahía (“pateras”, “barquillas”…), no pocas de las cuales (aún en perfecto estado de uso y actividad) pueden ser contempladas en el citado caño de Gallineras (pese a que éste es navegable sólo con la pleamar). Así, el profesor y arqueólogo Ramón Corzo (Historia de los Pueblos de la Provincia de Cádiz. San Fernando. Cádiz 1981) señala la vinculación de los hornos cerámicos y las instalaciones salazoneras y de fabricación de púrpura del Cerro de los Mártires con el referido caño de Gallineras (salida al mar -a través del de Sancti Petri- de las producciones antiguas de la zona limítrofe); para épocas más modernas, Corzo da cuenta de la existencia de un enclave pesquero en el caño de Sancti Petri, “…con su centro en el puerto de Gallineras”.

La interacción natural entre los medios acuático y terrestre es aprovechada por los habitantes (nativos y alóctonos) de la zona para su mayor beneficio y provecho; de este modo sucedería en todo el marco de la Bahía, incluidas las tierras del terminum portorrealeño en la Antigüedad; las características del medio hacen que la principal actividad de los alfares anfóricos de las zonas de Puerto Real y San Fernando sea la fabricación de contenedores para envasar productos marinos (salazones y salsas saladas de pescado, aunque no sólo de estas producciones), como es de esperar en una zona batida por el fuerte viento de Levante y cuyas tierras pudieron igualmente servir para el cultivo de vides u olivos, aunque no fueran las más adecuadas para ello por su fuerte salinidad.

Sobre los alfares de San Fernando, tan cercanos (y no sólo geográficamente) a Puerto Real, además de las citadas obras de Enrique García Vargas y Lázaro Lagóstena Barrios (esenciales para la comprensión de esta comarca en su pasado romano) puede consultarse el trabajo ya clásico de Miguel Beltrán titulado “Problemas de la morfología y del concepto histórico-geográfico que recubre la noción tipo. Aportaciones a la tipología de las ánforas béticas”, publicado en la obra colectiva Méthodes Classiques et Méthodes Formelles dans l’Étude des Amphores (Roma, 1977).

Presencia romana en el Término Municipal. Esteros, canales y caños (III)

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