La Bahía de Cádiz, así como la mayor parte de las costas meridionales hispanas, durante fines del medioevo y comienzo de la modernidad, fueron frontera entre dos culturas enfrentadas, la cristiana y la islámica; las costas atlánticas de las actuales provincias de Cádiz y Huelva, eran un espacio de frontera no sólo entre los ámbitos culturales y políticos cristiano e islámico, sino también entre los diferentes reinos cristianos peninsulares, enfrentados entre sí por el control de este espacio estratégico de las aguas del Estrecho de Gibraltar, del espacio de comunicación entre Europa y África, entre el Mediterráneo y el Atlántico, y por ende, entre la Europa meridional y la Europa del Norte.

La costa gaditana se convirtió de este modo en un lugar de ataque y defensa, un paisaje, por así decirlo, de marinos, guerreros, piratas y de torres vigías, un espacio de frontera como bien atestiguan los nombres de no pocas de sus poblaciones cristianas medievales (y no sólo en lo que respecta a las localidades costeras, si bien es de recordar que Jerez contó con una franja litoral en la Bahía de Cádiz hasta la emancipación respecto a su jurisdicción de Puerto Real en 1483) tales como Jerez de la Frontera, Arcos de la Frontera, Chiclana de la Frontera, Conil de la Frontera, o Vejer de la Frontera, con la presencia tan significativa como esclarecedora del complemento “de la Frontera”, que ayuda a comprender mejor la situación general del entorno, si bien este “de la Frontera” hace referencia específica al limes (esto es, a la línea fronteriza, laxa y permeable, pero dura y sostenida) existente entre los reinos de Sevilla, cristiano, y de Granada, musulmán, desde mediados del siglo XIII y hasta la conclusión de la guerra de Granada, ya a finales del siglo XV[1].

Una vez concluida la conquista cristiana de los antiguos territorios ibéricos musulmanes, la frontera terrestre entre ambas culturas desapareció, pero no así la marítima, que continuaría siendo un espacio de frontera no sólo entre los mundos cristiano e islámico, sino también (como se ha señalado) entre los propios reinos cristianos peninsulares, especialmente entre los reinos de Castilla (con su espacio meridional, el reino de Sevilla) y de Portugal: estabilizada la frontera en tierras meridionales entre Castilla y Portugal en la línea del Guadiana tras la conquista de las taifas de Ilipula y Sharis (Niebla y Jerez) por Alfonso X de Castilla en segunda mitad del siglo XIII, a los lusos les quedarían los caminos del mar como única vía de aproximación (y de penetración) en el Norte de África y en el ámbito del Estrecho de Gibraltar. La costa mediterránea peninsular, al igual que la atlántica gaditana, seguiría estando amenazada por su cercanía a las tierras musulmanas norteafricanas (de la misma manera que las poblaciones islámicas del Norte de África -y sus navíos- sufrirían ataques procedentes de los reinos sudibéricos, Castilla y Portugal, sin exclusión de la presencia de otras potencias cristianas en dicho entorno en época bajomedieval, caso de la Corona de Aragón o de la Serenísima República de Génova, por ejemplo).

Los mismos gaditanos que con sus embarcaciones se dedicaban al comercio con los puertos del septentrión magrebí, se especializaron también en el asalto y saqueo de barcos musulmanes, incluso, en no raras ocasiones, de navíos cristianos. De estos asaltos y abordajes obtenían mercancías y esclavos que vendían en su ciudad, la isla gaditana. El contexto del Estrecho de Gibraltar era un lugar idóneo para este tipo de actividades que entran en el ámbito de la economía predatoria, siendo los [llamémosles] corsarios gaditanos (con dicha denominación no nos referimos a nativos gaditanos, sino a empresarios del mar establecidos en Cádiz, fuera cual fuera su origen y procedencia inicial) ejecutaban sus acciones predatorias esencialmente en el paisaje marítimo comprendido entre las ciudades de Orán, al Este (en tierras de Argel, una geografía siempre bajo la mirada la atención de los soberanos españoles desde el siglo XVI, como bien se haría palpable con la expedición encabezada por el César Carlos V) y Cádiz, al Oeste (sin exclusión, empero, de las incursiones realizadas por estos mismos navegantes gaditanos -y no sólo gaditanos- al contexto del Atlántico marroquí).

El no poco lucrativo negocio de la economía predatoria enriquecería con celeridad a un grupo de gaditanos, una oligarquía de comerciantes y propietarios de naves, que finalmente lograrían (de mano de la riqueza que estas actividades les procuraría) acceder a la cúspide social -y política- de la ciudad, entrando a formar parte de la élite de los dirigentes de la misma. Algunos linajes ilustres de la Cádiz de finales del Cuatrocientos tendrían en esta actividad (la economía predatoria, sin menoscabo de la comercial) uno de los pilares esenciales de su prosperidad económica y de su ascenso social y político: los Bernalt, Cubas, Galines, Marrufo serían apellidos de relevantes hombres de negocios, pero también de corsarios, que abordarían navíos de toda procedencia, incluso hispanos.

Este constante peligro musulmán (turcos y berberiscos) sobre las costas andaluzas (y cristiano sobre las costas norteafricanas, todo sea dicho, como venimos señalando) se sumaba, en época medieval y también (y especialmente) en época moderna, a la presencia ofensiva de navíos de otras potencias europeas cristianas, caso de ingleses, holandeses o franceses, que en períodos de guerra (y no sólo ni siempre en tiempos de guerra) trataban de asaltar las naves -y aun los puertos- involucrados en el comercio marítimo (y tras 1492, indiano), especialmente en lo relativo a la línea litoral del Reino de Sevilla (esto es, las actuales costas de Huelva y de Cádiz).

Ante este permanente peligro de ataques enemigos, se haría palpable la necesidad, ya desde el siglo XVI, de dotar a los núcleos costeros (y al ámbito litoral en general) de las oportunas y adecuadas medidas defensivas, pues las hasta ese entonces existentes se revelaban como insuficientes y poco adecuadas (con castillos ruinosos, una reducida artillería, escasas y no bien preparadas tropas, además de existir muchas poblaciones abiertas, desprovistas de murallas (como en el caso de la Villa realenga de Puerto Real), las cuales contaban como único y último punto de defensa con alguna torre o con una iglesia fuerte, un espacio dotado de una dudosa o cuando menos sólo muy relativa capacidad de capacidad defensiva); algunas de las decisiones que entonces tuvieron que ver, además con de la fortificación de ciertas ciudades, como en el caso de Cádiz, con la construcción de torres defensivas a lo largo del litoral gaditano (y no solamente del gaditano), unos torreones que sirvieran para alertar a las poblaciones de su entorno, a través de señales de humo o con luminarias (o con otros mecanismos visuales, como espejos, fuego o incluso el agitar de paños de color), de la presencia de naves enemigas (todavía se conservan algunas de estas torres vigías en el paisaje litoral de nuestra provincia), así como con la formación de milicias en las poblaciones costeras, además de con el mantenimiento de la flota de galeras reales con base en la localidad de El Puerto de Santa María (también se localizaron naves de guerra en el entorno de los pagos portorrealeños de El Trocadero y La Cabezuela, en el saco interior de la Bahía de Cádiz), unas embarcaciones que de manera habitual custodiaban la ribera y podían cumplir misiones tanto defensivas como ofensivas, llegado el caso.

Pese a este conjunto de medidas e iniciativas (ya en el siglo XVI en buena medida emanadas de la voluntad y la gestión de la administración filipina -de Felipe II, quien reinó entre 1556 y 1598), llevadas a cabo de forma más o menos rauda y eficaz, la presencia de embarcaciones berberiscas seguiría suponiendo una realidad habitual (recordemos a estos efectos el papel de la ciudad Tetuán como núcleo pirático, como ciudad volcada hacia la economía predatoria sobre el ámbito náutico del Estrecho y las costas de los reinos de Andalucía); de este modo, no son infrecuentes las noticias que nos hablan de estas incursiones en las costas gaditanas a lo largo de la primera mitad del siglo XVI; así, sabemos que en el año 1518 los magrebíes atacarían la ciudad de Cádiz, llegando a bombardear la catedral; a título de anécdota es posible señalar que los atacantes incluso se dedicarían a insultar y ofender desde el mar a los gaditanos (en una suerte, quizá, de ejemplo de “guerra psicológica”).

Especialmente significativo es el caso de la villa de Puerto Real, que sería impunemente asaltada (y saqueada) poco después, en 1522, por piratas norteafricanos, viéndose desasistida de socorro por parte de las milicias de la ciudad de Jerez de la Frontera, que estaban obligadas a defender nuestra población, que por ese entonces estaba de nuevo bajo jurisdicción jerezana (como consecuencia de la negativa de Jerez a aceptar la independencia del núcleo portorrealeño). En las más antiguas actas capitulares portorrealeñas se hace notar cómo aún en el año 1550 el peligro norteafricano era latente, y se avisaba sobre la aparición de bajeles musulmanes en aguas de las proximidades de la Bahía de Cádiz.

Referencias:

[1] Ya efectuamos una primera aproximación al tema de las defensas de Puerto Real hace unos años, publicando varios textos en la serie “Notas para una Historia”, unos artículos publicados en prensa provincial y firmados por quien suscribe, Manuel J. Parodi Álvarez, con Manuel J. Izco Reina; fruto de esa primera incursión en este particular fueron los referidos cuatro artículos titulados “Puerto Real y sus defensas según Bravo de Laguna”, enumerados del I al IV y aparecidos entre el 14 de diciembre de 2000 y el 28 de enero de 2001; hemos tratado asimismo en otras ocasiones, ya en solitario, el asunto relativo a las defensas de Puerto Real; así, véase nuestro trabajo sobre este tema titulado “Puerto Real: ciudad abierta, defensa cerrada. La Torre de la Iglesia Mayor Prioral de San Sebastián como hito defensivo en el desarrollo de una trama urbana medieval y moderna en la Andalucía Occidental”, presentado como comunicación al V Congreso Internacional sobre Fortificaciones “Fortificación y Ciudad” (organizado por el Ayuntamiento sevillano de Alcalá de Guadaíra del 2 al 8 de marzo de 2009 y publicado en las Actas de dicho Congreso Internacional (en las páginas 77 a 85 de dicho volumen) por el referido Excmo. Ayuntamiento de Alcalá de Guadaira en el año 2010; y de nuevo nos acercamos a este asunto ya en este mismo espacio, en “Puerto Real Hoy”, con los artículos “La torre de la Prioral como hito defensivo en el Puerto Real bajomedieval (I)”, publicado el 13 de febrero de 2016, y “La torre de la Prioral como hito defensivo en el Puerto Real bajomedieval (II)”, aparecido el 20 de febrero de 2016.

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