“Una leyenda urbana portorrealeña: el albañil, la torre y la iglesia”


Iglesia de San Sebastián
Iglesia de San Sebastián

En alguna ocasión nos hemos acercado, y hoy volveremos a hacerlo nuevamente, a un tema un poco diferente, a un asunto de carácter y color ligeramente distintos a los que de manera habitual -cada fin de semana- venimos tratando en esta sección dedicada a nuestra Historia y que se acerca a los lectores gracias a “Puerto Real Hoy” de forma periódica desde va haciendo ya bastante tiempo. Traemos a colación, así pues, un asunto que nos llevará a lo largo de estos párrafos que siguen por senderos bien distintos a los habituales, pero todo ello en realidad sin alejarnos en absoluto del contexto general de la Historia de nuestro pueblo, que constituye como sabemos el verdadero objeto central y el interés prioritario de nuestro afán y nuestra atención volcada en las líneas que cada semana traemos a estas páginas virtuales (pero a la vez muy reales) del digital “Puerto Real Hoy”.

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20141119_cultura_iglesia_san_sebastianDiremos que el tema, asunto, campo, que atañe a las que son comúnmente denominadas “leyendas urbanas” (un término bajo el cual suelen subyacer asuntos de la más diversa, dispar y multiforme naturaleza y carácter, en verdad…) está habitualmente impregnado de tintes sentimentales, se encuentra verdaderamente alejado de los linderos de la lógica y suele asimismo encontrarse más bien inscrito en el [las más de las veces agitado y controvertido] campo de lo que puede llamarse la “historia sentimental” de los pueblos, grosso modo de aquello que el gran historiador del pensamiento (de origen rumano) Mircea Eliade llamaría “historia mítica” (lo citamos en líneas muy generales), una “historia mítica” que se rige por normas muy distintas (y sin embargo no por ello menos válidas) a las dictadas por la lógica racional, por el pensamiento lógico racional que constituye la herramienta natural del análisis histórico entendido como una disciplina científica.

Todo ello no es inconveniente ni obstáculo para que en el pasado (ya se trate del pasado más remoto o del más reciente) de una determinada localidad, de un determinado cuerpo social, puedan llegar a tener cabida las más variopintas tradiciones, leyendas, referidos, sucedidos, relatos, hábitos y costumbres, elementos todos los cuales (cada uno en su propia categoría) pueden ir poco a poco conformando y configurando la parte que a cada uno le viene a corresponder (de modo siempre, en el largo plazo, mutable…, no permanente, aunque lo creamos) de los contornos y perfiles (en muchos casos -y en buena medida- no escritos, sino mantenidos en la memoria colectiva a través de la oralidad) de dicha población dada.

En nuestra ciudad, Puerto Real, como en cualquier otro lugar dado, existen no pocas leyendas urbanas las raíces de las cuales suelen tener mucho (incluso todo) que ver con cuestiones y sucesos reales (incluso con anécdotas ficticias, pero arraigadas en el inconsciente colectivo, esa poderosa herramienta de gestión del día a día de un cuerpo social, en realidad), así como con los más diversos hechos y personajes del pasado (cercano, lejano…) que por unas u otras razones pueden pasar a formar parte de nuestro imaginario colectivo, viniendo a “cristalizar” en el mismo (por así decirlo) en la forma de leyenda urbana, de [pequeña] historia (con minúsculas, si se quiere) que en buena medida termina por contar, incluso, con cierto predicamento, con cierto (o con mucho) peso en ese imaginario colectivo local (fenómeno que se produce en cualquier localidad, no sólo en la nuestra, ni mucho menos), sembrándose incluso la duda de su veracidad (y apostándose por ella en no pocas ocasiones).

20160514_cultura_historia_torre_san_sebastianEn este apartado, por ejemplo, se encuentran, y no es de extrañar, las historias sobre fantasmas, aparecidos y espectros (unas historias que, en mi caso, me contaban directamente mis abuelos, y por eso las conozco y las tengo presentes), que a finales del siglo XIX y principios del XX solían, en determinadas ocasiones, en determinadas noches del año, adornar las calles de la Villa con su aterradora (o eso buscaban) presencia, unos “aparecidos” bajo cuyo manto (más bien sábana) venían a esconderse, más bien, asuntos de muy diverso origen y carácter, en general poco relacionados con el Más Allá, y mucho con el Más Acá…, desde el contrabando (asunto serio en aquellos momentos, por el movimiento económico que llevaba aparejado y las nada desdeñables consecuencias penales que conllevaba su ejercicio…), hasta las aventuras de naturaleza sentimental (por decirlo suavemente) de algunos vecinos del Puerto Real de la época, quienes, al amparo de unas fantasmales sábanas encontraban quizá el medio y la forma de llegar hasta otras sábanas menos etéreas…, más cálidas…

Así y de esta forma, unas cuestiones como el contrabando como actividad económica, de una parte, y los amores de contrabando (por así decirlo), de otra, hace un siglo, y más, vinieron a dar forma a algo más que una leyenda urbana, la de los fantasmas portorrealeños (con su farol o fanal, pues solían portar uno, según me contaban mis abuelos, en sus excursiones nocturnas –especialmente las amorosas) que tenía que ver con unas cuestiones bien reales, no inventadas, unas cuestiones de naturaleza y carácter harto materiales, tangibles, que se desarrollaban al socaire del temor que inspiraban los aparecidos, los espíritus, fantasmas, espantos y demás seres inasibles…, una leyenda urbana que no muchos recuerdan y que formaría parte de la historia popular del Puerto Real anterior a la Guerra Civil, del Puerto Real de finales del Ochocientos y los primeros años del siglo XX, como señalábamos con anterioridad, y que atesoro por ser una de tantas cosas que me transmitieron mis abuelos, nacidos precisamente en los muy primeros años del siglo pasado…

Junto a cuestiones como las que acabamos de señalar, tan aparentemente relacionadas con el mundo de los espíritus, de lo intangible, y en realidad plenamente relacionadas con lo material, una de las leyendas urbanas más sólidas, con mayor predicamento aún de nuestra ciudad es la que nos ocupa precisamente hoy, una leyenda urbana que auna en el mismo contexto, en el mismo horizonte, a un albañil (aunque en realidad, stricto sensu, se trataría de dos), a la torre de la Iglesia Mayor Prioral de San Sebastián y a la Virgen de Lourdes (la cual, en los momentos en los que aconteció el suceso, el hecho real, que da carta de naturaleza y origen a esta leyenda urbana, no era todavía la Patrona de la Villa, siendo nombrada tal muy poco tiempo después de los hechos en cuestión).

Como viene a ser costumbre y parte acostumbrada en el proceso de la construcción de las leyendas urbanas, suele muchas veces suceder que el tiempo y las voces puedan llegar a deformar una realidad que efectivamente fue, algo que verdaderamente sucedió (cuando se trata del caso concreto de que la leyenda urbana se base en un caso real, en un hecho que realmente sucedió, en un hecho cierto, y no en un relato ya mítico desde su mismo origen, en algo impregnado de fantasía, de una forma u otra, desde su primer momento), y nuestra leyenda urbana de hoy no va a ser menos, ni va tampoco a sustraerse de esta “deformación por narración” (por así llamarla), que afecta al hecho real que aconteció y que daría forma a la leyenda urbana en cuestión.

La versión más al uso (más extendida, más “normativa”, si es que cabe emplear dicha expresión) de esta nuestra leyenda urbana dice que de la torre de la Prioral de San Sebastián se habría precipitado al vacío un sacristán (otras variantes de la narración se inclinan por señalar que se habría tratado de un monaguillo), fallecido a consecuencia de dicho accidente y que habría sido enterrado bien a los pies de la propia torre, bien al final de la escalera de acceso al atrio por la calle Ancha (donde se encuentra una lápida de piedra que a todas luces ha contribuido sin duda a dar forma a esta parte de la versión más habitual de la leyenda); estos hechos habrían tenido lugar -considerada la cronología de los mismos en líneas generales- a finales del siglo XIX o principios del XX. Hasta ahí los ecos de la leyenda del desafortunado sacristán, su supuesto accidente y la torre de la histórica parroquia de San Sebastián. Pero, a partir de aquí, tratemos de dar paso a la realidad, a lo que realmente sucedió, a la raíz de la leyenda…

Porque lo cierto y verdad es que sí cayó alguien de lo alto de la torre de la iglesia San Sebastián a principios del siglo XX, dando de tal modo origen a esta leyenda local.

Iglesia Prioral de San Sebastián.
Iglesia Prioral de San Sebastián.

El caso es que en 1910 se estaban realizando algunas reparaciones en la torre de la Prioral, y en el curso de dicha obra menor se había tenido que alzar un andamio en la fachada de la torre… En un momento dado, dicho andamio se desprendió de la fachada, cuando se encontraban trabajando en el mismo dos albañiles, que fueron quienes cayeron al vacío como consecuencia de ello; uno de dichos albañiles fallecería a resultas de la caída, mientras el otro no llegó a sufrir daño alguno ya que pudo asirse a las cuerdas del andamio, y no impactó con el suelo como su compañero, si bien siempre entendió que su salvación se había producido por encomendarse en tan dramático momento a la Virgen de Lourdes (según su propia confesión a sus familiares y amigos). A raíz de este suceso, este albañil, hijo y vecino de Puerto Real, ayudaría con posterioridad a llevar durante varios años las andas de la Virgen en procesión cuando llegaba el día de la Patrona.

Es de señalar que incluso el Carnaval de Puerto Real se haría eco del suceso, dándose forma a una letra que cantaba: “…un albañil se cayó de lo alto de la iglesia/ un albañil se cayó de lo alto de la iglesia./ No se hizo nada en los pies/ porque cayó de cabeza”, una letra que gozaría de cierto éxito y que llegaría a entrar en el ámbito de los cantes de ida y vuelta, a uno y otro lado del Atlántico; así, existe un son cubano que guarda una clara relación con esta coplilla portorrealeña centenaria o casi, un son cuya letra reza: “…una anciana se cayó de los altos de una iglesia/ una anciana se cayó de los altos de una iglesia./ No se hizo nada en los pies/ porque cayó de cabeza”. Como puede verse, existe una neta relación entre la copla de Carnaval que surge en relación con este suceso y el son cubano al que hacemos referencia… Y todo ello daría forma a la leyenda urbana que hemos traído a colación en estos párrafos de hoy.

Así pues, como vemos, ni sacristán, ni monaguillo, ni lápida ni enterramiento a los pies de la torre: se trató de un desgraciado y trágico accidente, de un trabajador que fallece como consecuencia del mismo y de un albañil que sobrevive encomendando su salvación a la Virgen de Lourdes, de una copla de Carnaval que surge a resultas de dicho sucedido, y de un son cubano que recoge el espíritu de la misma (y con ello, el trasfondo, mutado pero reflejado en sus palabras, de la cuestión, del hecho histórico portorrealeño). El suceso se convierte en leyenda urbana, y ésta toma cuerpo y se convierte en una parte de la pequeña historia de Puerto Real, alterada en sus formas, pero anclada, en este caso, al hecho histórico real.

Y en lo que toca a quien suscribe, puedo decir que conozco la anécdota de primera mano, y sé que se trata de un hecho real, de un hecho fehaciente, pues me la refería mi abuela, Ana de la Vega Bordoy, y el protagonista de la historia era nada menos que su padre y mi bisabuelo, Antonio de la Vega Fernández, el albañil que salvó su vida en 1910 y que, junto con su compañero tristemente fallecido, daría forma a la leyenda urbana de la torre de San Sebastián.

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