–Ahí vivía yo –comenta el vagabundo anciano mientras señala un viejo edificio que se cae a pedazos. Desde fuera el inmueble no parece gran cosa, pero sí que desprende “algo” que parece indicarnos que el lugar tiene mil y una historias que contarnos. Al mirar, los ojos del vagabundo reflejan nostalgia y tristeza y a pesar de su avanzada edad, 86 años recién cumplidos, éste se muestra bastante lúcido en sus palabras.

–Tendría 4 o 5 años cuando nos mudamos aquí, antes vivíamos junto al muelle. También te cuento una cosa que quizá no sepas: no siempre me llamé así, me cambié el nombre cuando tenía casi 17 años. Cosas de la Juventud, supongo, pero no me vino mal; poco después ascendí en mi puesto de trabajo y son pocos los que me recuerdan por mi anterior nombre Artístico. Al poco también le cambiamos el nombre a nuestra casa y el nuevo se puso en honor a un dirigiente de la época que era amigo de la familia y nos echó un cable en alguna ocasión. He escuchado que por una ley moderna ese nombre tendría que cambiarse por uno nuevo, lo cual, si te digo la verdad, me es ya indiferente en mi estado y a mi edad. Venían a visitarnos de todos los rincones de Andalucía, también de Extremadura, Castilla La Mancha, Cataluña…incluso recuerdo una vez que vinieron a vernos desde Rumanía, esto último poco antes de que me tuviese que ir de aquí ¡Ah! Y también los Reyes Magos, que aterrizaban en nuestro bonito patio antes de empezar su recorrido por la villa –el anciano hace un pequeño receso y me llama la atención cómo no se derrumba en ningún momento a pesar del dolor que envuelven sus palabras.

–Siempre intentábamos tener la casa reluciente, con una moqueta verde muy vistosa que con mucha ilusión pusimos por primera vez a principios de los 60. Eso sí, no se me olvidará nunca el gran temporal que asoló  el pueblo en diciembre del 58 y que nos tiró parte de la casa. Era una época en la que económicamente tampoco lo estábamos pasando bien y, como se suele decir, a perro flaco todo son pulgas. Teníamos también un magnífico porche techado similar a los de las casas inglesas de la época que era la envidia de muchos de los que nos visitaban. Tengo que reconocerte que la luz nos llegó un poco tarde y no fue hasta el 99 cuando nos la instalaron –mientras escucho con detenimiento al anciano por fin me atrevo a preguntarle cómo ha podido llegar a su penosa situación actual.

–No sabría ni por dónde empezar y prefiero ni contártelo, hijo, quiero acabar este rato contigo con buen sabor de boca. Lo que sí te puedo decir es que es muy duro a mi edad tener que estar deambulando sin rumbo de un lado para otro. Y también otra: no me pienso jubilar. Aunque tenga que seguir trabajando en las condiciones actuales, no quiero dejarlo. Se lo debo a la familia, a mis amigos, a los que han crecido a mi lado, a los que hice felices tantas veces y a los que gracias a mí tenían una excusa para echar el rato juntos los domingos. También se lo debo a esa vieja casa, que es donde otros y yo vivimos muchos de los mejores y peores momentos de nuestras vidas y que sé que si yo no estoy ni le darán un entierro digno cuando construyan ahí otra cosa.

Antes de irme y, aunque al anciano eso de “Google Maps” le suene a chino le obsequio con una cosa que sé que le va a gustar. El destino (o algún portorrealeño nostálgico que trabaje en el gigante norteamericano) ha querido que en esa aplicación parte de la calle Rosario conserve imágenes de febrero de 2009, cuando todavía la casa del anciano lucía en todo su esplendor. Incluso sus ropas tendidas se ven.

–¡Así! ¡Así era! –me grita mientras veo en sus ojos el reflejo de alguien que en el fondo nunca ha perdido la esperanza de volver a todo aquello que se quedó dentro de esas cuatro paredes que delimitan su antigua casa, el histórico Sancho Dávila.

(Datos históricos obtenidos gracias al libro “El Puerto Real CF en sus bodas de brillante”, de Manuel Alegre Ramos).