Notas sobre la Prioral de San Sebastián (X)


Espacio funerario de la Iglesia de San Sebastián

A la hora de hablar de los espacios funerarios en la Prioral de San Sebastián, como venimos haciendo en los capítulos precedentes de esta serie, es de señalar que hemos querido dejar para estos párrafos de este apartado una mayor abundancia de referencias relativas a la Capilla de Nuestro Señor San José y Nuestra Señora del Sagrario, quizá por ser esta la mejor conocida por el momento, desde sus primeros momentos, su génesis, a mediados del Seiscientos, hasta finales del Setecientos, cuando, tras la dramática epidemia de fiebre amarilla que asolaría Puerto Real en 1800, la Prioral de San Sebastián perdería definitivamente la relevante función sepulcral que había venido teniendo, como sabemos, desde la primera mitad del Quinientos.

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La primera referencia documental que conocemos relativa a esta capilla data de 1649, cuando se nos indica que la misma pertenecía a la familia Hurtado de Cisneros, algo que sabemos gracias a una cláusula del testamento del licenciado Rodrigo Cobos Monte, cura de la iglesia Mayor de San Sebastián, quien menciona, al referirse al lugar en el cual habían de oficiarse determinadas misas por la salvación de su alma, que las mismas

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…se vayan diciendo en la Capilla del regidor don Juan Hurtado de Cisneros…[1]

Escritura de una cripta de la Iglesia de San Sebastián
Tumba en la Iglesia de San Sebastián.

Ya en dicho año, de este modo, queda constatación de que el mencionado don Juan Hurtado de Cisneros es propietario de una capilla en el principal edificio religioso de la población, que proporciona a este portorrealeño y a sus herederos un lugar privado de enterramiento en este recinto sagrado, un lugar que habría de servir asimismo como elemento de propaganda para el prestigio de su propia dignidad y de la dignidad de su linaje familiar, especialmente cuando esta capilla parece ser la única de las existentes en este templo que posee un carácter verdadera y únicamente familiar, sirviendo la misma como panteón funerario exclusivo de un determinado conjunto familiar, el de los Hurtado de Cisneros, un lugar reservado para que en el seno del mismo pudieran recibir sepultura los descendientes y los herederos de su fundador, quedando de otra parte cerrado a cualquier inhumación que no correspondiese a miembros de este colectivo de parentesco, a personas de esta sangre, como veremos.

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La constitución de este espacio funerario privado habrá que ser entendida en el contexto de la dinámica de expansión patrimonial de este grupo familiar (con el referido don Juan a la cabeza) a partir de su establecimiento en Puerto Real a principios de los años treinta del siglo XVII, cuando Juan Hurtado de Cisneros llegaría a convertirse en uno de los máximos exponente de la oligarquía económica, social y política local, lo que se manifestaría en sus propiedades (pues era dueño de numerosos inmuebles rústicos y urbanos, de esclavos, de un notable patrimonio mueble -en el que destacarían obras de arte y joyas) y en las dignidades por él ostentadas (en este sentido puede señalarse que llegaría a adquirir el oficio de Regidor Perpetuo de la Villa mediante la compra del mismo a la Corona, oficio que más adelante sustituiría por el de Alcalde Mayor de Honor, que llevaba aparejadas unas mayores preeminencias, al tiempo que probaría su nobleza en 1634, a través de una ejecutoria de nobleza de la Real Chancillería de Valladolid). Su residencia en vida, emplazada frente al convento de frailes Mínimos de la Victoria, se complementaría con esta otra morada para la eternidad de la Prioral, en lo que constituye un modelo de actitud social propio de los linajes acaudalados del Antiguo Régimen[2].

El testamento del propietario (y fundador) de esta capilla, otorgado el día 17 de junio del año 1657 nos ofrece el dato de su creación por la voluntad del propio Juan Hurtado de Cisneros, quien señala de su puño que

…mando cuando la voluntad de Dios Nuestro Señor fuere de mi llevar de esta presente vida, sea enterrado en la Iglesia Mayor de esta dicha villa, en mi capilla de Señor San José y Nuestra Señora del Sagrario de la cual soy fundador…[3]

En otra de las cláusulas de esta carta de últimas voluntades, Juan Hurtado establece se disponga una renta anual para que con la misma se dispusiese del aceite necesario para la lámpara de esta capilla:

…mando que se impongan perpetuamente diez ducados en renta en cada un año para que se compren seis arrobas de aceite cada un año para la lámpara de mi dicha capilla…[4]

Juan Hurtado sería sepultado en el seno de su capilla, y como él, sus descendientes hasta finales del Setecientos. La documentación notarial ha mostrado testimonios que nos hablan de la sepultura en este espacio de algunos de los hijos del referido Juan Hurtado de Cisneros, como don Lorenzo Hurtado de Ávila en 1680 o don Juan Hurtado de Ávila en 1691; en el testamento de este último integrante de este colectivo familiar queda constancia de la partición que se hizo de este espacio entre los cuatro hijos del fundador, y de que los enterramientos se realizaban en una bóveda interior (esto es, en una cripta subterránea) de esta capilla, pues este vástago homónimo del fundador de la capilla reclama ser enterrado en

…mi capilla del Señor San José y Nuestra Señora del Sagrario, en el cañón que está en ella, en el cual tengo la cuarta parte como uno de los cuatro herederos de don Juan Hurtado de Cisneros, mi padre…[5]

En el siglo XVIII este lugar mantendría sus usos sepulcrales, ya que los descendientes del primer Juan Hurtado estarían presentes en la Real Villa durante todo el Setecientos, integrados en la élite (económica, social, política) de la localidad; de ese modo ya en la segunda mitad de ese mismo siglo algunos bisnietos del primer Hurtado de Cisneros que nos ocupa solicitarían recibir sepultura en esta capilla, como sería el caso de doña Francisca Mauricia Canales:

…en la Iglesia Prioral de esta enunciada Villa, en la que se le de sepultura en la bóveda que es de mi familia de los Hurtado, en la capilla del Sagrario de ella…[6]

 

Capilla Nombre del solicitante Año
San José y

Nuestra Señora del Sagrario

Don Juan Hurtado de Cisneros, su fundador. Regidor Perpetuo y Alcalde Mayor de Honor del Cabildo portorrealeño. 1657
“” Don Lorenzo Hurtado de Ávila, hijo del fundador de la capilla, se entierra en ella. Regidor Perpetuo, capitán, y provincial de la Santa Hermandad 1680
“” Don Juan Hurtado de Ávila, hijo del fundador de esta capilla. Regidor Perpetuo de Puerto Real 1691
“” Don Agustín Canales, Alférez, solicita ser enterrado una sepultura a la puerta de la Capilla del Sagrario. Esposo de doña Petronila Hurtado de Ávila, nieta del fundador 1703
“” Doña Gabriela Gijón, viuda de don Vicente Hurtado Dávila y Cisneros, nieto del fundador, Alcalde Mayor de Honor de Puerto Real, y madre de Doña Ana Hurtado Dávila y Cisneros, solicita, al igual que su hija y su yerno, recibir sepultura …en bóveda propia que tengo en la Capilla del Sagrario 1752
“” Don Alberto Jaime Guiraldo, yerno de don Vicente Hurtado Dávila y Cisneros, esposo de doña Ana Hurtado. Regidor Perpetuo de Puerto Real 1752
“” Doña Ana Hurtado Dávila y Cisneros, hija de don Vicente Hurtado Dávila y Cisneros, bisnieta del fundador 1752
“” Doña Francisca Mauricia Canales, hija del Alférez Agustín Canales y de doña Petronila Hurtado de Ávila y Cisneros, bisnieta del fundador 1761
“” Doña Berenguela Hurtado Dávila y Cisneros, viuda de don Jerónimo de Mendoza Paje, solicita ser sepultada en la bóveda de su familia de los Hurtado en la Prioral 1767
“” Don José Gneco, según el libro 7 de defunciones de la Prioral, folio 6,   …en esta villa de Puerto Real, en trece de Junio de Setecientos ochenta y siete años se enterró en esta Prioral Iglesia en la Bóveda de su Sagrario a don José Gneco, marido de doña Ángela de la Rosa, naturales de Cádiz, de edad de setenta y seis años. El oficio de entierro fue de honras enteras. Recibió los Santos Sacramentos. Dio poder para testar a su mujer el día nueve del citado mes ante don Lorenzo de Bargas 1787

 

En el año 1787 se produciría una acre y enconada disputa entre varios descendientes y pretendidos herederos del fundador de la Capilla del Sagrario, una cuita que se originaría al recibir sepultura en dicho espacio don José Gneco, esposo de doña Ángela de la Rosa, alguien a quien a priori no correspondía ser enterrado en tal espacio, al no poseer ningún lazo de consanguinidad con los Hurtado de Cisneros ya que tan solamente estaba casado con una integrante de la familia de la Rosa, quienes sí se mantenían relaciones de parentesco con los Hurtado merced a diversos enlaces matrimoniales producidos entre ambos linajes, lo que no hacía del referido don José Gneco un descendiente del fundador de la capilla, el primer Juan Hurtado de Cisneros, en cualquier caso.

Cripta de la Iglesia de San SebastiánEste caso motivaría la protesta del presbítero de la Santa Iglesia Catedral de Cádiz don José Domínguez Hurtado, legítimo descendiente (él sí) de Juan Hurtado de Cisneros y por tanto con derechos sobre dicha capilla. El texto íntegro de la confrontación entre Domínguez Hurtado y los de la Rosa (ellos sí apoyados por el clero local portorrealeño) lo hemos reproducido en otro lugar[7], por ello ahora sólo nos limitaremos a los datos que se refieren a las características materiales de dicha capilla, descrita por el presbítero de la Santa Iglesia Catedral, a los elementos de la misma y su configuración arquitectónica, que como ya dijimos, nos permite identificarla con la actual capilla lateral del muro de la Epístola:

         …no pueden ocultarse los beneficios que por mi se han hecho, cuando es público y notorio que los manteles, y lámparas de la capilla siempre estuvieron al cuidado de mi madre y tíos hasta su fallecimiento, y cuando yo asistía con más frecuencia en aquella Villa, franqueaba la cera que se necesitaba, que hallándose el retablo de la misma Capilla por su antigüedad poco decente traté con los interesados el construir otro nuevo (…) que fue la obra cincuenta pesos desembolsando yo los doscientos restantes para el complemento de los doscientos y cincuenta que fue ajustada y así mismo el importe de la efigie del Señor San José, el del escudo de armas, y costear la manutención de los tallistas que pasaron a aquella Villa, amplié las luces de la media naranja y linterna de la citada Capilla y hecho otras diferentes obras sin que estas ni aquellas me hallan servido de mérito para que los condueños hallan atemperado a que se introduzca en la bóveda cadáver extraño…[8]

De este modo, considerada la función sepulcral de estas capillas de la Prioral, podemos ver cómo la reserva de espacios de esta naturaleza funeraria queda para elementos procedentes del segmento de los potentados locales así como de los integrantes de algunas cofradías; unos y otros (a veces elementos coincidentes) tenían reservada la disponibilidad para sí de determinados espacios, como sería el caso de algunas de las capillas que conforman este templo; mientras para la generalidad del cuerpo social quedarían otros lugares dentro de este monumental edificio (el grueso de los menos afortunados se inhumarían en otros espacios funerarios de la iglesia, como la posible cripta inferior del templo), los cuales se disponían quizá por el conjunto del recinto, pues como sabemos existían sepulturas en el espacio central de la Prioral, como también a la entrada del monumento, y junto al púlpito (pues varias las personas expresaron su voluntad de reposar en la proximidad de la pila del agua bautismal de la parroquia).

REFERENCIAS:

[1] AHPC. Protocolos Notariales, sec. Puerto Real. L. 60, f. 41.

[2] Sobre Juan Hurtado de Cisneros y sus descendientes ya hemos tenido la oportunidad de presentar algunos trabajos, publicados en distintos foros y contextos, para la referencia a los cuales nos remitimos a la Bibliografía aportada en el primer trabajo de esta pequeña serie.

[3] AHPC. Protocolos Notariales, sec. Puerto Real. L. 59, f. 630.

[4] Idem.

[5] AHPC. Protocolos Notariales, sec. Puerto Real. L. 74, f. 528.

[6] AHPC. Protocolos Notariales, sec. Puerto Real. f. 171.

[7]  En nuestra ya citada monografía sobre la Prioral (escrita al alimón con M. Izco), al tratar sobre los libros de entierros y sepulturas del Archivo Diocesano de Cádiz.

[8] ADC. Libros de entierros y sepulturas. L. 831, s/f.

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