Continuamos en estos párrafos con la línea de acción que nos hemos propuesto de contribuir a poner en valor y difundir el peso de la efeméride de 1820-1823 / 2020-2023, cuando el constitucionalismo español y el primer experimento de gobierno democrático en España (el “Trienio Liberal”, como se le denomina habitualmente) se verá truncado por la intervención de las potencias conservadoras europeas encabezadas por Francia.

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Este experimento de gobierno democrático, refugiados sus representantes institucionales en la ciudad de Cádiz, tendría en Puerto Real su última defensa cuando en 1823 el ejército francés conocido como los “Cien Mil Hijos de San Luis” asaltase las defensas dispuestas por el gobierno, siendo la batalla de la Isla del Trocadero el momento de inflexión de esta lucha resuelta finalmente con la derrota de las armas liberales españolas a manos del invasor francés y la restauración de los poderes absolutos del entonces rey Fernando VII.

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Este hecho de armas fundamental en la Historia contemporánea de España se produciría en el portorrealeño pago de El Trocadero, con un gran protagonismo del Fort Luis, y sobre ello vamos a tratar hoy, en esta línea de acción que busca, como empezábamos diciendo, ayudar a dar a conocer la efeméride de 1820-1823 / 2020-2023.

El lugar donde se comercia, donde se intercambian (se “trocan”) mercancías es un “trocadero”, un espacio de intercambio, de interacción comercial. El término “trocar”, proviene de trocare, forma empleada, por ejemplo, en el latín medieval. El portorrealeño pago de El Trocadero, con el caño y con sus tierras inmediatas, desde muy antiguo fue un marco en el cual los navíos se reparaban, se les realizaban tareas de mantenimiento, al tiempo que se descargaban y se veían provistos de todo lo necesario para su puesta a punto y su navegación, de ahí el origen y razón del nombre de este entorno, que además era lugar de intercambios comerciales.

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Paris durante una de las Exposiciones Universales que acogió.

Paris durante una de las Exposiciones Universales que acogió.

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Este topónimo portorrealeño habría de servir en el siglo XIX para dar nombre a una de las más célebres plazas de la capital de Francia, la ciudad de París, la Plaza del Trocadero, y ello fue consecuencia de unos hechos de armas que hemos mencionado en los precedentes capítulos de esta serie y en los que entraremos con algo más de detenimiento en estos párrafos.

Hace ahora casi doscientos años, el 25 de junio del año 1823, unos tres mil soldados franceses (una tropa compuesta por fuerzas de infantería y de caballería) entraron en la Villa de Puerto Real; este contingente formaba parte de las tropas absolutistas que estaban al mando del duque de Angulema (segundo hijo varón del entonces rey de Francia, Carlos X -y sobrino, dicho sea de paso, del decapitado rey Luis XVI), los así llamados Cien Mil Hijos de San Luis, una fuerza que vendría a España con la intención de restituir a Fernando VII (primo del duque francés) en sus privilegios absolutos, así como (para ello) a abatir el principal baluarte de la resistencia liberal en el país, esto es, la ciudad fortificada de Cádiz (que unos años antes fue capaz de resistir con éxito a las tropas del emperador Napoleón durante la Guerra de la Independencia Española, como bien sabemos).

Durante una buena parte de ese verano de 1823, en los preparativos de lo que estaba por llegar, miles de hombres trabajarían en las obras que se hicieron no sin cierto apresuramiento de cara a la defensa de la fortaleza de El Trocadero; se hacía evidente que si los soldados franceses llegaban a hacerse con el lugar la victoria absolutista sería definitiva, provocándose de ese modo la caída de Cádiz, y debido a ello se fortificarían los castillos de La Matagorda y de San Luis (emplazado este último en la isla de El Trocadero), se situaron piezas de artillería en las baterías, se reforzó La Cortadura (ese foso defensivo del que hemos tratado en párrafos precedentes y que habría de servir para tratar de aislar los reductos de defensa liberales de los posibles y previstos embates de la francesada), se cavaron trincheras, se estableció un telégrafo, se envió tropa de caballería, de infantería, también artilleros, todo ello vino a unirse a las medidas de defensa que brindaba la misma naturaleza del lugar en sí, un espacio provisto de numerosos caños y esteros que dificultarían el avance y los libres movimientos de los atacantes.

Este ejército francés venía a España como parte de los esfuerzos de las alianzas conservadoras europeas del momento que desesperadamente (y en vano) trataban de neutralizar los movimientos liberales en Europa, intentando sofocar las intentonas de corte liberal que surgían en diversos países del Viejo Continente tras las Guerras Napoleónicas; de hecho, la Monarquía absolutista de Carlos X caería en 1830 a manos de la revolución liberal de dicho año que encumbraría a la Casa de Orléans-Borbón con el ascenso al Trono de San Luis (el Trono de Francia) del rey Luis Felipe de Orléans, primo del depuesto Carlos X.

El duque de Angulema, hijo del rey de Francia y general al frente de los Cien Mil Hijos de San Luis, en la Batalla del Trocadero (1823), por Hipólito Delaroche

El duque de Angulema, hijo del rey de Francia y general al frente de los Cien Mil Hijos de San Luis, en la Batalla del Trocadero (1823), por Hipólito Delaroche

Desde el mes de julio las escaramuzas entre ambos bandos (el español, liberal, y el francés, absolutista) serían harto frecuentes, pero la ofensiva final francesa habría de ser efectiva. Los franceses atacaron durante la madrugada del 31 de agosto: aprovechando la bajamar cruzaron el caño de La Cortadura con el agua al pecho, asaltaron la primera línea de defensa española y en ese momento la confusión se adueñó de los constitucionalistas, que no fueron capaces de resistir el ataque galo; a las nueve de la mañana los últimos defensores españoles abandonarían la resistencia; unos se embarcarían hacia Puntales, replegándose hacia la isla gaditana de ese modo, otros muchos morirían ahogados en su intento de escapar del desastre, mientras otros serían hechos prisioneros por los franceses. Se estimó en un millar de hombres el total aproximado de las bajas españolas producidas en la infructuosa defensa de El Trocadero.

Esta victoria francesa en el territorio portorrealeño sería celebrada en Francia durante varios años, siendo que la Corona francesa la valoraría extraordinariamente y repetiría sus ecos en diversas ocasiones; de este modo en 1827 (cuatro años después de los sucesos relatados, de la batalla de El Trocadero) se colocaría una maqueta de cartón en la colina de Chaillot que representaba las defensas del pago de El Trocadero; esta maqueta sería empleada para mostrar la victoria de las tropas del duque de Angulema, pero durante la fiesta que se organizó para ello un batallón de granaderos la destruiría por accidente. Al parecer desde ese momento dicha colina sería conocida popularmente por los parisinos como “Trocadero”, nombre que se extendería además a algunos edificios, caso del Trocadero Palace, contruido ad hoc para la Exposición Universal de París de 1878, inspirado en el arte islámico, al tiempo que se incluiría su nombre en el nomenclator de las calles de París, surgiendo de esta forma la rue du Trocadéro, denominación que tomaría la calle Dauphin entre los años 1823 y 1830 (hasta la caída del rey Carlos X).

En 1869 se configuraría en ese lugar la plaza que actualmente puede verse si paseamos por la orilla derecha del río Sena, la cual formaría parte del contexto de la Exposición Universal de 1878; se crearía así un amplio espacio dotado de fuentes, de jardines y de esculturas, con numerosos lugares de esparcimiento, con restaurantes como L’Ancien Trocadéro y cafés, caso de la Brasserie Café Trocadéro, generándose de este modo uno de los espacios desde donde se puede observar mejor el Sena y la Torre Eiffel.

Así, esta victoria francesa sobre las armas liberales en el término municipal de Puerto Real en el lejano año 1823 daría lugar y forma a uno de los lugares más emblemáticos de la capital gala, la Plaza de El Trocadero, un espacio directamente relacionado con la Historia de España y de nuestra Real Villa portorrealeña, un caso que trasciende de lo aparentemente puntual y de lo anecdótico para entrar plenamente en la Historia con mayúsculas de dos naciones, España y Francia, así como en la Historia del Patrimonio cultural y monumental (urbanístico, también) del continente europeo y de la Cultura europea del siglo XIX.

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