Entre las inquietudes propias de nuestra especie, la voluntad de embellecer y mejorar la apariencia propia y del propio marco de desenvolvimiento ha llevado desde siempre a los humanos a echar mano de artificios de todo tipo para sí y para su entorno con vistas a mejorar el aspecto propio y de las cosas e inmuebles que nos rodean.

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De este modo, la vivienda, cuyo estado externo constituía una de las mejores formas de manifestación pública del estado y status (económico, social…) de sus inquilinos, habitantes, propietarios…, no habría de quedar al margen del afán de embellecimiento y del gusto estético de cada época; prueba material de ello sería el cuidado que se pondría en los diferentes componentes del aspecto y los perfiles exteriores (e interiores) de la misma, siendo uno de los más relevantes de entre estos diferentes rasgos característicos que componen el conjunto de elementos exteriores de un edificio histórico el que se refiere a las portadas de piedra.

La puerta de una casa no es un mero ingreso a la misma; no es sólo un espacio de paso; es, en realidad, un elemento esencial en conjunto de la “faz” -por así decirlo- del inmueble, de su fachada; es un espacio de transición entre los ámbitos privado y exterior, una zona, por pequeña que pueda ser (y en los edificios monumentales no es siempre un entorno pequeño), que marca los ritmos de la comunicación entre la calle y lo privado, entre lo familiar y lo social; es, además, si cabe y hasta cierto punto, el elemento más propiamente externo del edificio, ya que por su condición de acceso al mismo está acompañado de una doble naturaleza: de una parte pertenece efectivamente al edificio (es uno de los elementos de la fachada y del conjunto del mismo), pero de otra parte viene a formar un todo con la calle, a la que comunica con el interior de las viviendas.

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Precisamente debido a esta naturaleza dual, en Roma las puertas estaban consagradas a una divinidad que les era propia, el dios Jano, que velaba por el inicio de las cosas, por el principio del año, así como por el acceso a los edificios; de esta divinidad procede el nombre del primer mes de nuestro calendario, Ianuarius, que “daba paso” al año y que se ha conservado como “enero” en castellano, como “January” en inglés o como “Gennaio” en italiano (por citar algunos ejemplos de pervivencia de la presencia de este dios en los almanaques occidentales). En nuestra cultura occidental de tradición judeo-cristiana el uso de consagrar las puertas no desapareció, adaptándose -tras la pérdida del paganismo en la Antigüedad Tardía y la Alta Edad Media- a la nueva religión, el cristianismo. De esa manera, las puertas monumentales de las fortificaciones medievales solían estar dedicadas a algún santo de marcado carácter guerrero  (como San Jorge para los genoveses e ingleses, entre otros, y los Santos Arcángeles Miguel, Rafael y Gabriel entre los bizantinos), del mismo modo que las puertas de los cercos de muralla de las ciudades solían llevar nombres de santos, a los que igualmente estaban consagradas.

Igualmente, y ya en un ámbito no relacionado con lo bélico, se acostumbraba (costumbre que no se ha perdido en nuestros días) a representar sobre las puertas tanto de los templos como de las viviendas privadas distintos elementos y anagramas cristianos como “IHS” –“Iesus Hombre (y) Salvador”- o el anagrama de María, compuesto de una “M” y una “A” entrelazadas, sin olvidar la presencia de figuras de santos y advocaciones marianas (bajorrelieves, azulejos, relieves de bulto o incluso figuras de bulto redondo) coronando los dinteles de las portadas de las casas (así como las portadas de acceso a fincas urbanas y rústicas), situados a veces en hornacinas expresamente dispuestas para ello. En todo ello se reflejaba el espíritu religioso de cada época y sus costumbres, así como encontraba plasmación la costumbre de embellecer al tiempo que de proteger los dinteles de las puertas con los signos de la religión (convertidos a la vez en profesión de la fe de los moradores del inmueble y en signos apotropaicos, esto es, protectores de la casa y sus habitantes), especialmente vistosos e historiados en el caso de las portadas monumentales.

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En Puerto Real se conservan aún no pocos ejemplos de las portadas históricas que una vez se asomaron a nuestras calles desde las fachadas de nuestros edificios, muchas de ellas levantadas de acuerdo con el gusto barroco, que ayudan notablemente a realzar la belleza de los edificios en los que se encuentran, ornándolos. Se trata, grosso modo, de un conjunto de varias decenas en total (más de 70 ejemplares en su mayoría protegidos); la mayor parte de estas portadas están realizadas en la tradicional piedra ostionera -conservada a vista o cubierta, digamos por cal (aunque no siempre…)- si bien es posible encontrar asimismo algunas portadas construidas en otros materiales, tales como el mármol, la caliza o incluso la forja metálica.

Uno de los ejemplares más antiguos (si no el más antiguo de los conservados, considerado en términos absolutos) en el elenco de nuestras portadas singulares, ya se trate de edificios civiles o religiosos, es la Portada de las Novias, nombre con el que se conoce a la puerta principal de la Iglesia Mayor Prioral de San Sebastián. De estilo Plateresco, esta portada que se remonta al siglo XVI aparece coronada por una figura de Dios Padre en Majestad, envuelta en diversos elementos de naturaleza celeste. Ésta aún presenta, aunque muy desvahidos, algunos -escasos- restos de la policromía con que un día contó así como cabezas de figuras antrópicas (santos, ángeles…), encontrándose en un estado de conservación que ciertamente no podemos calificar de bueno.

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Iglesia Conventual de La Victoria.

Otro ejemplo digno de nota y de mención de uno de estos elementos de transición entre los ámbitos exterior e interior de los edificios históricos de nuestro caserío lo hallamos en la portada barroca de la iglesia de La Victoria, edificio religioso que data del siglo XVII (con su torre del XVIII); esta referida portada se encuentra rematada por una cabeza de ángel que corona un frontón partido, y cuenta con un escudo que presenta los anagramas de Jesús y María. Entre los elementos decorativos de los que dispone esta singular portada monumental de uno de nuestros principales edificios históricos se presentan asimismo espirales y líneas quebradas.

También en estilo barroco y erigidas en su mayoría a lo largo del siglo XVIII contamos con una nada desdeñable colección -la mayor parte del total de las conservadas- entre las que podemos destacar las portadas con los números 9, 11 y 13 de la calle Cruz Verde, que corresponden a algunas casas señoriales, así como varias casonas de la calle Soledad o el número 177 de la calle Nueva (entre otras muchas cuya enumeración ahora quizá llevaría a colmar la paciencia de los lectores).

En las próximas líneas continuaremos desarrollando esta línea argumental aproximándonos en los párrafos por venir a algunas de las portadas singulares de Puerto Real, jalones de nuestra Historia y elementos relevantes de nuestro Patrimonio Histórico que adornan al mismo tiempo las fachadas en las que se disponen tanto como las calles a las que se asoman.

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