Historia de Puerto Real: ¿Cristóbal Colón en Puerto Real? (II)


Cristóbal Colón junto a los Reyes Católicos.
Cristóbal Colón junto a los Reyes Católicos.

Decíamos la pasada semana que la Historia de los colectivos humanos, por ejemplo de las colectividades articuladas en entornos urbanos (esto es, en ciudades) se sustenta sobre hechos contrastados y contrastables, sobre documentos históricos de muy diversa naturaleza, como los mismos monumentos que conforman su paisaje, por ejemplo, los yacimientos arqueológicos de su término, o la documentación histórica conservada en los archivos de la ciudad (en primera instancia), sin perjuicio de la documentación que se conserva, relativa a una ciudad determinada, en archivos externos a la misma, caso de los Históricos Provinciales, o los episcopales, por ejemplo, sin descontar los privados en su caso, a veces también conservados fuera del contexto inmediato de la ciudad por diversas razones de perfil y corte histórico y relacionadas con la misma propiedad de la documentación, con su titularidad y con la propia naturaleza de dicha documentación.

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Pero señalábamos entonces, y volvemos a señalar hoy, que en la construcción de las identidades locales y el desarrollo del relato del pasado de toda comunidad humana (como es el caso de Puerto Real) cuentan con un gran peso asimismo las tradiciones de la comunidad, la memoria colectiva de los integrantes de la misma, el relato y la cosmovisión del imaginario colectivo y los lugares comunes anclados (con notable arraigo a veces) en el subconsciente del grupo desde antiguo.

El imaginario colectivo de una comunidad humana, además, no es una realidad estática, sino que al modo de los globos cautivos está de algún modo atado a la sociedad que lo genera, al conjunto de los vivos de esa comunidad, si bien ese mismo imaginario colectivo al tiempo que “sobrevuela” a los vivos, hunde sus raíces (en parte al menos) en quienes formaron el cuerpo social precedentemente, y se proyecta igualmente sobre quienes habrán de venir en un futuro para garantizar la continuidad de ese cuerpo social.

De este modo lo que una comunidad entiende como propio, como íntimamente ligado a las claves esenciales propias, puede mantenerse como tal seña de identidad de la misma en tanto en cuanto se produzca la transferencia de ese “globo cautivo” de una generación a la siguiente, de manera que se mantienen hilos conductores de lo que un cuerpo social entiende como las señas de identidad propias pasando de unas generaciones a las siguientes mientras otros elementos que en su día fueron referenciales pueden quedar desvahídos por el tiempo hasta incluso llegar a desaparecer de ese imaginario colectivo común de un cuerpo social determinado, pasado el tiempo [in]justo para ello.

Cristóbal Colón en el inicio de uno de sus viajes.
Cristóbal Colón en el inicio de uno de sus viajes.

Somos siempre los mismos, y sin embargo siempre somos otros; lo que hoy llamamos Puerto Real es, efectivamente, Puerto Real, y lo es desde que existe (y se me disculpe la perogrullada, lo ruego) como tal: la comunidad humana que se concibe a sí misma como “Puerto Real” se sabe heredera de una tradición pluricentenaria (celebramos este año precisamente el 535 aniversario de la Fundación de la Real Villa por los Reyes Católicos en las postrimerías del siglo XV, precisamente –como ya hemos tenido ocasión de traer a estas líneas en párrafos precedentes) que, en lo que se refiere stricto sensu al poblamiento en el actual término municipal local se remonta en realidad mucho más atrás en el tiempo, mucho más allá del siglo XV que asistiera a la Fundación de la Villa, como los yacimientos arqueológicos del actual terruño portorrealeño vienen a demostrar fehacientemente.

Decíamos hace unos días que uno de los lugares comunes (que eso es lo que significa “tópoi”, lugar, palabra griega en la que se encuentra la raíz de nuestro término “tópico”) de nuestra Historiografía local es el que nos habla de la presencia en la realenga Villa de Cristóbal Colón en las postrimerías del Cuatrocientos, precisamente en torno a las mismas fechas de la Fundación, en los previos a los Viajes Colombinos (y quizá no sólo en los previos, sino en los momentos entre viaje y viaje), una tradición que se va diluyendo y que nos hablaba de que el Almirante habría podido tener incluso una casa en la localidad.

Más adelante (en futuros párrafos) hablaremos de Puerto Real en el contexto (y la época) de los Viajes Colombinos; en este sentido tan solamente recordemos que nos hemos acercado en alguna ocasión al tema de las razones de la Fundación de la Villa por la Corona de Castilla en esos años postreros del siglo XV, así como a la geoestrategia de Castilla en el ámbito atlántico y en el Estrecho de Gibraltar y al papel desempeñado por la incipiente nueva Villa en dicha geoestrategia castellana, en el seno de la Bahía de Cádiz y como pivote de la misma allende las fronteras del ámbito de la dicha Bahía gaditana.

Hoy recurrimos, en estas líneas, a la evanescente tradición que ubica al Almirante Colón en nuestra ciudad principalmente como forma de poner sobre la mesa cómo el proceso de construcción de la identidad colectiva de una comunidad es precisamente eso, un proceso que siempre se encuentra en marcha, que no se detiene (en tanto existe dicha comunidad) y que se construye sobre los precedentes, manteniendo unas cuestiones, desechando otras, condenando al olvido algunas cosas y salvaguardando la memoria de otras a lo largo de los siglos, generación tras generación.

Plaza de los Descalzos, años 90.
Plaza de los Descalzos, años 90.

Esta tradición colombina en nuestra ciudad tiene que ver con las mismas esencias de la Fundación de la Villa, con las razones que llevaron a la Corona castellana a crear esta nueva puebla, con la realidad zonal, regional e internacional de la época, con la posibilidad de que Puerto Real hubiese podido desempeñar un papel (y quizá nada menor) en los avatares de los Viajes Colombinos, tanto en su desarrollo como en su proyección posterior.

Pero esta tradición colombina tiene en el desaparecido epígrafe del que hablamos la pasada semana (una inscripción conmemorativa de la efectiva presencia de Cristóbal Colón en Puerto Real, hallada en una casa del entorno de la Plaza de los Descalzos y, aparentemente, destruida in situ en el momento del hallazgo –o poco después del mismo) un anclaje con la realidad o cuando menos, con la tradición misma; no dudo de la existencia del epígrafe, de su hallazgo y de su destrucción, pues el testimonio de todo ello me fue transmitido directamente por una persona, ya desaparecida, en cuya palabra confiaba y confío plenamente; pero sí puede dudarse de la veracidad de la información transmitida por dicha inscripción, quizá basada más en la tradición que en la Historia propiamente dicha: quizá la inscripción en cuestión no recogiera un hecho histórico en sí sino el magma de una tradición que, en el momento presente, se va perdiendo, se va desdibujando en el imaginario colectivo local.

En cualquier caso hemos querido con estos párrafos tratar de dejar constancia de aquella vieja tradición que relaciona a Colón con la Villa de Puerto Real, de un accidentado (por desaparecido) jalón de dicha tradición (la inscripción aparecida y destruida), y de cómo los elementos que un día formaron parte de las verdades asumidas y de las señas de identidad (en su caso) de una comunidad (como la nuestra) pueden llegar a desvanecerse y desaparecer de la mente colectiva de los integrantes de esa comunidad, de ese conjunto social, de ese Puerto Real que hoy día quizá no tenga tan presente que Cristóbal Colón quizá estuvo a punto de convertirse en un portorrealeño más.

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