Como venimos señalando en los precedentes artículos, uno de los tópicos recurrentes de la Historia de Puerto Real es el que se refiere a la existencia de un “Puerto Real subterráneo”, de una suerte de (por así decirlo) “realidad paralela” a la que existe y vemos, a nuestros edificios históricos, a nuestros monumentos, a nuestro trazado viario en damero , una realidad “paralela” y subterránea, que se esconde bajo nuestros pies y que está conformada por espacios bajo tierra (tales como túneles, criptas, pasadizos…) en lo que tradicionalmente se considera un entramado de pasajes ocultos que subyacerían bajo las calles y plazas de la Villa, y que habrían podido servir para diferentes finalidades, desde los usos funerarios de las criptas de nuestras iglesias hasta para comunicar distintos edificios históricos y distintas zonas de la localidad, del caserío, en épocas pasadas.

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En los párrafos y capítulos anteriores de esta serie que venimos dedicando al “Puerto Real subterráneo” hemos centrado nuestro interés fundamentalmente en los espacios existentes (unos espacios que conocemos gracias a la documentación y a la investigación histórica, no a la investigación arqueológica todavía…) bajo el suelo de la iglesia Prioral de San Sebastián, unas criptas y capillas funerarias que forman parte por derecho propio de ese “mundo subterráneo” de nuestra población.

Unas criptas y capillas funerarias de la Prioral, unos espacios subterráneos, que durante los siglos que abarcan entre el XVI y los comienzos del XIX vinieron desempeñando sus funciones (sepulcrales y de culto), y que formaron parte del horizonte vital cotidiano de los portorrealeños, hasta su definitiva clausura, que estimamos debió producirse en los primeros años del Ochocientos ( a caballo entre los muy últimos años del siglo XVIII y los muy primeros del siglo XIX).

Como ya hemos señalado también con anterioridad, son varias las ocasiones (y las publicaciones) en las cuales (a lo largo de los últimos años, bien a solas, bien acompañado por uno u otro colega) me he aproximado a tan llamativo como singular asunto, una materia tan interesante como (aún) enigmática. Como resultado de este interés, en diversos artículos de difusión histórica me he ocupado de esta materia, como prueba de mi interés por este tema desde hace no pocos años.

Púlpito de la Iglesia de San Sebastián.

Púlpito de la Iglesia de San Sebastián.

Con vistas a ir cerrando el capítulo dedicado a la Prioral, retomaremos el discurso relativo a la capilla funeraria de la familia Hurtado (acerca de la que tratamos en los párrafos anteriores), la que originalmente fuera capilla de Nuestro Señor San José y Nuestra Señora del Sagrario.

Tras la creación de esta capilla en el siglo XVII, en el siglo XVIII este lugar continuaría con sus usos sepulcrales, ya que los descendientes de don Juan Hurtado de Cisneros, fundador de este espacio funerario familiar, estarán presentes en Puerto Real durante todo el referido siglo XVIII, integrados en la elite social local portorrealeña; de este modo, ya en la segunda mitad de ese mismo siglo bisnietos de Juan Hurtado de Cisneros solicitan recibir sepultura en la cripta familiar, como sería el caso de Francisca Mauricia Canales, que expresa su voluntad de ser enterrada: “…en la Iglesia Prioral de esta enunciada Villa, en la que se le dé sepultura en la bóveda que es de mi familia de los Hurtado, en la capilla del Sagrario de ella…”(AHPC. Protocolos Notariales, sec. Puerto Real. f. 171).

Detalle de los arcos

Detalle de los arcos

Entre los miembros de la familia Hurtado que entre 1657 y 1767 (esto es, durante más de un siglo) recibieron sepultura (o solicitaron recibirla) en su cripta funeraria familiar de San José y Nuestra Señora del Sagrario (en el subsuelo de la Prioral, es decir), es posible mencionar a las siguientes personas: D. Juan Hurtado de Cisneros (su fundador, fue Regidor Perpetuo y Alcalde Mayor de Honor del Cabildo portorrealeño, enterrado en 1657), don Lorenzo Hurtado de Ávila (hijo del fundador de la capilla, se entierra en ella en 1680; fue Regidor Perpetuo, capitán, y provincial de la Santa Hermandad), don Juan Hurtado de Ávila (hermano del anterior e hijo del fundador de esta capilla; fue Regidor Perpetuo de Puerto Real; recibió sepultura en 1691), don Agustín Canales (esposo de una nieta del fundador de la capilla, doña Petronila Hurtado de Ávila; alférez, solicitó ser enterrado en una sepultura a la puerta de la Capilla del Sagrario; recibió sepultura en 1703), doña Gabriela Gijón (que fuera viuda de D. Vicente Hurtado Dávila y Cisneros -nieto del fundador de la cripta y Alcalde Mayor de Honor de Puerto Real- y madre de Doña Ana Hurtado Dávila y Cisneros; esta señora, su hija y su yerno, solicitaron recibir sepultura “…en bóveda propia que tengo en la Capilla del Sagrario…”, los tres en 1752), Don Alberto Jaime Guiraldo, yerno de don Vicente Hurtado Dávila y Cisneros y de doña Gabriela Gijón, esposo de doña Ana Hurtado y Regidor Perpetuo de Puerto Real), la esposa del anterior (e hija de D. Vicente Hurtado Dávila y Cisneros y Dª. Gabriela Gijón), Dª. Ana Hurtado Dávila y Cisneros (como su madre y su esposo, lo solicita en 1752), Doña Francisca Mauricia Canales (hija del alférez Agustín Canales y de doña Petronila Hurtado de Ávila y Cisneros, bisnieta del fundador; en 1761), y doña Berenguela Hurtado Dávila y Cisneros (viuda de don Jerónimo de Mendoza Paje), quien -cerrando esta serie que presentamos- solicita ser sepultada en la bóveda de su familia de los Hurtado en la Prioral de San Sebastián en el año 1767.

Detalle de la bóveda del Altar Mayor

Detalle de la bóveda del Altar Mayor

Que este mundo subterráneo contaba asimismo con un nada desdeñable peso y un papel económico (al que ha de sumarse su papel en el contexto social, en el ámbito del prestigio social de sus propietarios, pues constituían un reflejo del estatus social de quienes poseían estos enterramientos, ya se tratase de su titularidad o del derecho a disponer de los mismos), al tratarse los sepulcros de unas propiedades particulares, con de criptas propiedad de unos determinados individuos (o colectivos) es una realidad que nos revela un perfil más prosaico y nada “romántico” (muy alejado del misterio, en cualquier caso) de este “Puerto Real subterráneo” de perfiles tan poliédricos; en este sentido, sabemos que en relación con esta misma capilla de San José y Nuestra Señora del Sagrario que venimos considerando, en 1787 se produjo una acre disputa entre distintos descendientes e hipotéticos herederos del fundador de esta capilla (recordemos, don Juan Hurtado de Cisneros), una disputa que tuvo su origen en la sepultura en ella de don José Gneco, esposo de doña Ángela de la Rosa, una persona que no poseía lazos de consanguinidad con los Hurtado: sólo estaba casado con una integrante de la familia De la Rosa (que ostentaban en título de condes de Vega Florida y son “viejos conocidos” de quien suscribe), un colectivo familiar que se encontraba emparentado, merced a diferentes enlaces matrimoniales, con los Hurtado.

En lo que respecta a este mencionado José Gneco (de acuerdo con el Libro 7 de defunciones de la Prioral, folio 6), sabemos que “…En esta villa de Puerto Real, en trece de Junio de Setecientos ochenta y siete años se enterró en esta Prioral Iglesia en la Bóveda de su Sagrario a don José Gneco, marido de doña Ángela de la Rosa, naturales de Cádiz, de edad de setenta y seis años. El oficio de entierro fue de honras enteras. Recibió los Santos Sacramentos. Dio poder para testar a su mujer el día nueve del citado mes ante don Lorenzo de Bargas…”.

Este hecho (el entierro en esta capilla de José Gneco) causó las protestas del presbítero de la catedral de Cádiz don José Domínguez Hurtado, descendiente de Juan Hurtado de Cisneros, y con derechos de propiedad sobre dicha capilla (Archivo Diocesano de Cádiz. Libros de entierros y sepulturas. L. 831, s/f.). Como decía hace un momento, el mundo subterráneo de la Villa no siempre estuvo al margen de las querellas y litigios de propiedad…, y las capillas funerarias de la Prioral tampoco.

En los párrafos anteriores de esta serie hemos venido considerando la situación y el conocimiento del que disponemos en relación con el subsuelo de la Prioral de San Sebastián; hemos tenido ocasión de aproximarnos a las distintas capillas funerarias que existen bajo el suelo de la parroquia (y que están relacionadas con las capillas de culto que se encuentran anexas al cuerpo principal del templo, ya “sobre el suelo”) y que a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII sirvieron como espacio de enterramiento para algunos colectivos familiares (así como para alguna cofradía portorrealeña) de la Real Villa (hasta la clausura de estos espacios subterráneos y funerarios, una clausura que debió acontecer -como hemos señalado- muy a principios del siglo XIX, coincidiendo con la epidemia de fiebre amarilla que asoló la Bahía causando una gran mortandad (como señalara en su día el historiador y paisano Juan José Iglesias en su monografía sobre este catastrófico episodio sufrido por nuestra comarca hace ya más de doscientos años).

De este modo, vistas la funciones sepulcrales de estas capillas apreciamos cómo los más potentados del lugar, así como algunos de aquellos elementos pertenecientes -quizá- a determinadas cofradías de la población tendrían reservados ciertos lugares de enterramiento dentro (“debajo”, sería mejor decir) de la parroquia, como en algunas de las capillas que conforman el conjunto de este monumento; al mismo tiempo, la mayoría de la población habría de conformarse con otros lugares, si bien también dentro del edificio: es de entender que la mayor parte de los fallecidos se inhumarían probablemente el panteón general (o cripta mayor) del templo, un lugar que quizá estuviera comunicado con las bóvedas de las capillas antes analizadas (aunque no tenemos constancia ni certeza de ello: solamente el acceso físico al lugar llegará a despejar esta cuestión); estos enterramientos se dispondrían por todo el conjunto del recinto: existirían sepulturas en el centro de la parroquia, en sus espacios centrales, como habrían de existir también en la entrada del edificio, o junto al púlpito; incluso son varias las personas que manifiestan su deseo de reposar para la eternidad cerca de la pila del agua bendita.

En este sentido, es de señalar (por ejemplo) cómo en 1634 Teresa de Tosaello, vecina de Puerto Real, señalaría en su testamento su voluntad de ser enterrada en “… una sepultura a la entrada de la Iglesia Mayor…”; al parecer no sería la única persona que descansaría en este lugar (en el acceso principal al templo), ya que esta misma Teresa Tosaello señala expresamente que debe de ser sepultada “… junto a donde está enterrado el prior y el deán…” (AHPC. Protocolos notariales, sec. Puerto Real. L. 46. s/f.), lo que pone de manifiesto que dichos personajes ya se encontraban sepelidos allí… Algo a tener en cuenta, quizá, cuando se accede a la parroquia…

El espacio aledaño al púlpito, lugar desde donde el sacerdote realizaría parte del culto (es el lugar para la homilía, por ejemplo) es otro de los lugares señalados como espacio para llevar a cabo algunas sepulturas: así, el portorrealeño Antón Bastido, en el año 1649, expresa que su lugar de entierro será “… en la Iglesia Mayor, en mi sepultura junto al púlpito…” (AHPC. Protocolos notariales, sec. Puerto Real. L. 60, f. 93), con lo cual pone de manifiesto su propiedad sobre este espacio de sepultura. Unos años antes (en 1622) sabemos del uso sepulcral de este mismo espacio de la Prioral, pues la mujer del vecino portorrealeño Alonso Velázquez adquirió una sepultura en dicho lugar, “…junto al púlpito por la parte de abajo…” (ADC. Libro de cuentas de fábrica. Manuscritos. L. 1131, s/f.).

Dentro de este recorrido por algunos de los espacios solicitados como lugares de sepultura por diferentes vecinos de Puerto Real a lo largo de los siglos en la iglesia mayor, es de señalar que uno de los lugares también buscados como sitio de enterramiento en la Prioral de San Sebastián es la zona próxima a la pila del agua bendita; es algo que no sólo sucedería en nuestro pueblo: es una costumbre extendida por otros lugares de la diócesis, donde resultan habituales este tipo de enterramientos en sus iglesias a lo largo de los siglos XVII y XVIII. Este lugar sería demandado -al menos- por dos portorrealeñas. La preferencia por este lugar parece guardar relación con la esperanza de quien recibía sepultura allí de verse bendecido con aspersiones de agua bendita, de modo que este líquido sacro (por descuido o como consecuencia del uso continuado de la pila) pudiera derramarse sobre la fosa del infortunado (o, al menos, salpicar sobre la misma), permitiendo de esta forma al interesado beneficiarse los efectos benéficos del agua bendita; asimismo (y especialmente por lo que atañe a los enterramientos en la puerta del templo -como el de Teresa Tosaello) cabe señalar cómo viene a significar un gesto de pública humillación enterrarse en un lugar de tránsito continuo de personas (de fieles), que caminarían sobre la tumba del infortunado pisándola literalmente (gesto material con trasfondo simbólico: el fiel que se humilla se somete a los pies de los feligreses, sus hermanos).

En 1653 aparece la primera referencia sobre sepulturas en este lugar: se trata del testamento de Luisa del Espíritu Santo, quien (pese a ser hermana de la Cofradía de Nuestra Señora de los Remedios, lo que pudiera darle derecho a recibir sepultura en la capilla homónima de esta cofradía) prefirió ser enterrada “… en una de las sepulturas debajo de la pila del agua bendita…” de la Prioral (AHPC. Protocolos notariales, sec. Puerto Real. L. 61, f. 218). Sabemos de la existencia de varios sepulcros en este mismo lugar; sería quizá en una de estas tumbas donde recibiera sepultura Agustín Sánchez, (familiar de los regidores Sánchez Morales); la viuda de este último, Constanza Romero en 1657, señala que quiere ser enterrada “… en la sepultura donde está enterrado mi marido, junto a la pila del agua bendita…” (AHPC. Protocolos notariales, sec. Puerto Real. L. 63, f. 29).

Como vemos, los espacios subterráneos de la Prioral no se circunscriben a las capillas familiares o de cofradías existentes bajo el subsuelo de las capillas cultuales del edificio: otros lugares del templo también cuentan con espacios sepulcrales (si bien la existencia de éstos no implica que pudieran ser otra cosa sino tumbas individuales, que no constituyen espacios visitables); el acceso (por la Portada de las Novias), o los aledaños del púlpito, por ejemplo, son algunos de estos espacios dedicados a albergar el eterno descanso del algunos de nuestros paisanos pretéritos, de algunos portorrealeños de hace varios siglos.

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