Apuntes sobre el convento de franciscanos descalzos de Puerto Real (I)


Manuel Godoy, príncipe de la Paz.
Manuel Godoy, príncipe de la Paz.

La documentación histórica siempre es fuente de información, y a veces de sorpresas; bucear en los documentos de otras épocas nos permite acercarnos de primera mano a la realidad de esos momentos históricos, además de a las impresiones y el testimonio de los redactores de dichos documentos.

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Un inventario realizado en el año 1835 en el que se describen los bienes del extinto (y desaparecido) convento de San Diego de la comunidad de franciscanos descalzos, nos permite la aproximación a la realidad física, material, de este antiguo espacio sacro portorrealeño, hoy día desaparecido, del cual tan sólo quedan, como última impronta, el ámbito de la actual plaza de los Descalzos y la anexa plaza de Pedro Álvarez Hidalgo, músico y maestro de músicos, así como la portada pétrea de su compás, desplazada unos metros de su emplazamiento original y embutida en una edificación contemporánea (si bien en la misma acera y manzana en que se encontraba originalmente).

En el año referido año 1835 se comienza a dar forma en España a distintos expedientes e inventarios de diferentes instituciones eclesiásticas, monasterios y conventos, con la intención de llevar a cabo la desamortización de sus bienes. Entre las instituciones religiosas ubicadas en nuestro Puerto Real que habrían de sufrir los avatares de los procesos desamortizadores destacarían dos conventos, el de Franciscanos Descalzos (o convento de San Diego), y el de Mínimos (el convento de San Francisco de Paula o de La Victoria, anexo a la iglesia homónima). Los inventarios de estas comunidades, realizados en el anteriormente citado año de 1835 (en los albores del reinado de Isabel II) vienen a constituir un documento de primer orden para poder acercarnos a conocer la realidad física de estos mencionados recintos sacros, poco tiempo antes de la desaparición de los mismos.

Bajo el término “desamortización” se englobarán aquellos conjuntos de medidas tomadas por el poder político en un determinado momento, con la intención de liberalizar la propiedad de las llamadas instituciones de “manos muertas” (instituciones eclesiásticas, benéficas, nobiliarias…), las cuales mantenían un criterio muy conservador sobre la estructura, organización, propiedad y explotación de la tierra; así se opta por nacionalizarlas (sic), pasando a poder del estado por decreto, siendo posteriormente ofertadas en pública subasta, adquiriéndolas el mejor postor.

José Bonaparte
José Bonaparte.

Desde fines del Setecientos se opta por emprender estas medidas: de esta forma, Manuel Godoy (el todopoderoso ministro de Carlos IV y “príncipe de la Paz” desde 1801) llevaría a cabo ya entre 1788 y 1808 una primera desamortización de bienes de instituciones benéficas; en 1810, el hermano del emperador Napoleón, el rey José I Bonaparte (pese a lo efímero de su reinado) mandaría suprimir las órdenes religiosas y pondría en venta los bienes de las mismas; durante el Trienio Liberal (entre 1820 y 1823, reinante Fernando VII) se suprimirían aquellos monasterios y conventos que no alcanzasen un mínimo de profesos; y en un paso delante de este proceso desamortizador entre 1835 y 1844 (ya reinando Isabel II) el ministro Álvarez de Mendizábal (gaditano, por más señas) subastaría el 60% de todas las tierras del clero español; finalmente en 1855, con Pascual Madoz, se comenzaría la venta de los bienes de propios de los Ayuntamientos (emprendiéndose de este modo la desamortización civil).

Estas acciones desamortizadoras perseguían cumplir una serie de objetivos muy concretos, que podríamos resumir en tres: se trataba de remediar el peso de la deuda en la Hacienda pública, problema subsanado en buena medida; de otra parte se buscaba beneficiar la causa del liberalismo político, impulsor de las reformas agrarias, incrementando el número y potencial de sus seguidores con los sujetos beneficiados por éstas; por último se consiguió desmontar el poder social y económico que poseía la institución eclesiástica, en una clara búsqueda de merma del poder de la Iglesia Católica en la España del Ochocientos, en línea con los propósitos del liberalismo revolucionario de la Europa de la época.

Pascual Madoz.
Pascual Madoz.

El historiador don Antonio Muro Orejón, padre de la moderna Historiografía portorrealeña, abordó ya en una de sus obras el inventario del convento de Mínimos, conservado en un documento del Archivo Histórico Municipal portorrealeño, (A. Muro Orejón, Puerto Real en el siglo XIX. Chiclana de la Frontera, 1992, especialmente las páginas 181 a 190). Estos inventarios se articulan esencialmente sobre cinco apartados o cláusulas; de éstas, la descripción recogida por el profesor Muro sobre la comunidad de Mínimos carece de la cláusula cuarta; del mismo modo cabe señalar que en la referida obra no aparece el inventario del otro convento mencionado de la localidad, el de San Diego, posiblemente porque no se encuentre registrado en ningún legajo del archivo portorrealeño, fuente de la que se nutrió este investigador para confeccionar el referido trabajo.

Es nuestra modesta intención en los siguientes artículos retomar lo que una vez hicimos y tratar de proseguir con la labor ya comenzada por don Antonio Muro a comienzo de los años noventa del pasado siglo, con el inventario del convento de San Diego, que se localiza entre la documentación del Archivo Histórico Provincial de Cádiz, lo que permitirá ofrecer una descripción tan veraz como es posible acerca de este antiguo rincón sagrado de Puerto Real.

Será el denominado por la fuente como “inventario quinto” el que centre nuestro interés a la hora de entrar en la descripción tanto del edificio conventual en sí (lo que podría llamarse la morada de los frailes), como del resto de dependencias que se organizaban alrededor de esta construcción, conformando todo lo que sería este núcleo sacro: portería, refectorio, huerta, antiguo cementerio, la iglesia (con sus capillas, su coro, su sacristía….); nos acercaremos a cada uno de estos espacios, tomando nota de sus ornamentos, de los enseres de uso cotidiano, incluso de las vestiduras sagradas que se guardaban en las cómodas de cedro ubicadas en la sacristía del templo de la Santa Veracruz. Es de este modo esta cláusula quinta de la documentación la que mejor y más fielmente se adapta a nuestros fines y objetivos.

Quizá podríamos dar comienzo a nuestro relato tratado sobre el lugar donde habitaban los pobladores de este recinto religioso, esto es, el edificio conventual, el cual se estructuraba en dos cuerpos, el superior y el inferior, dispuestos entorno a un patio central. Sería en el espacio alto donde estarían localizadas las celdas de los frailes, un total de dieciocho, todas ...con sus puertas y ventanas, con cerraduras y llaves…, un número de estancias no demasiado elevado, acorde con lo que sería una comunidad de un mediano tamaño. En los corredores que daban al patio se disponían doce ventanas, más otras veintiuna sitas …en todos los ángulos con sus puertas, algunas con cerrojos…; en estos mismos pasillos se encontraban dos bancos de pino de Flandes.

Desde este piso superior se llegaba a la azotea que remataba el edificio a través de una escalera de madera, con una baranda igualmente lígnea; una puerta con su pestillo daba acceso a este recinto, donde al parecer existían …dos cuartos para chismes... Como en las casas de los principales linajes de la localidad, desde este piso alto, el más noble, morada de sus inquilinos, se bajaba hasta el patio central, en esta ocasión por medio de una escalera …con veintitrés escalones de mármol…, dotada de una baranda en este caso de hierro. Una gran ventana, con reja y puerta de madera, proporcionaba luz a este descenso. Ya en el patio, dieciséis marcos de madera alumbraban la vida escrita de los frailes de esta Orden franciscana.

Juan Álvarez Mendizábal.
Juan Álvarez Mendizábal.

Posiblemente también desde este piso superior se alcanzaba el templo conventual, dedicado a la Santa Veracruz, pues existía en este ámbito …una escalera para bajar a la sacristía, con veintiún escalones de madera y ladrillos, y baranda de madera, y pasamanos...

Una vez en el piso bajo del convento habría un portón …en el centro del convento bajo, con pestillo..., y una puerta en el patio conduciría igualmente tanto al refectorio como a la cocina. Estas dos estancias, junto a la portería y algunas despensas, ocuparían buena parte del piso inferior del edificio.

Nos detendremos para finalizar esta primera aproximación al convento de frailes franciscanos descalzos en la portería, elemento de unión, de transición, entre el interior del convento y el mundo externo al mismo. Un portón de caoba daba paso a dos celdas …con sus puertas y ventanas…, y dos grandes puertas de pino, pintadas, de dos hojas y con dos cerrojos, se abrían por su parte al atrio del convento. Un altar de madera …con pie de material…, se localizaba en este lugar; en el mismo se ubicaban algunas figuras sagradas, como un Ecce Homo, los santos franciscanos Benito de Palermo y Pedro de Alcántara, junto a la Concepción …de talla en pequeño…

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