Venimos exponiendo en los anteriores artículos de esta pequeña serie cómo el casco histórico de nuestro Puerto Real puede funcionar como una verdadera “máquina del Tiempo” de modo que resulta posible -y divertido- viajar a través de las distintas épocas históricas por las que ha pasado la Real Villa por el sencillo procedimiento de darnos un paseo agradable por las calles en damero de nuestro tan especial casco urbano.

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Hemos ido, de ese modo, dando ese cordial paseo al que nos referimos por el casco histórico de Puerto Real y los entornos de la Villa de manera que hemos viajado por el tiempo desde la Antigüedad Clásica, representada por el Horno romano de El Gallinero (siglo I d.C.), hasta la transición entre los siglos XVIII y XIX representada por el histórico Mercado de Abastos de la localidad.

Siempre guiados por un espíritu lúdico (huyendo de pretensiones de exhaustividad, además) nos detuvimos especialmente en el anterior texto de esta serie en diversos y relevantes hitos históricos y monumentales adscritos a los siglos XVII y XVIII, siendo esta última centuria acaso la de mayor esplendor económico y vital de la Historia de Puerto Real.

Pero Puerto Real puede llevarnos también a los siglos XIX y XX desde sus calles y desde el entorno inmediato de su casco histórico ortogonal, como veremos en los próximos párrafos y como bien saben los hijos e hijas de la Real Villa y todos sus vecinos.

Entre los hitos monumentales del Puerto Real del Ochocientos podemos comenzar nuestro viaje por uno tan significativo como es el Teatro Principal, construido en la década de los cincuenta del siglo XIX; de titularidad estatal y estilo italiano (en forma de “bombonera”), es fama que se trata del segundo teatro en activo más antiguo de Andalucía, ofreciendo espectáculos y creando cultura desde la época isabelina que lo viera nacer.

Teatro Principal de Puerto Real
Teatro Principal de Puerto Real.

Otros elementos destacables de ese mismo siglo XIX son el antiguo Matadero, en la actualidad dependencias municipales, localizado en el extremo de lo que fuera el Pago de La Jarcia, al pie (y a la espalda, por la ribera) de la colina del Gallinero o la Casa Roja de la calle Ancha, esquina con Amargura, un notable ejemplo de casona romántica provista de una magnífica rejería, un trabajo del hierro que cuenta con siglo y medio de antigüedad.

En realidad al Ochocientos se adscribe la mayor parte de las casas históricas de nuestro casco viejo, pues son pocos los ejemplos de casonas que sobrevivieron a la invasión francesa y a la Guerra de la Independencia, que tuvieron -como bien supo señalar en su día ya D. Antonio Muro- un efecto devastador en el caserío portorrealeño que habría perdido entre dos tercios y tres cuartas partes de sus edificaciones, destruidas por los franceses a principios del XIX durante su ocupación de la localidad.

Casa Roja de la Calle Ancha de Puerto Real
Casa Roja de la Calle Ancha de Puerto Real

Otra casona histórica decimonónica es la Casa Derqui, localizada en la intersección entre las calles Soledad y Teresa de Calcuta (con entrada principal por esta última vía), que cuenta con un singularísimo elemento en fachada como es su almohadillado, lo que la hace aún más especial en el contexto del casco urbano portorrealeño.

A la intersección entre los siglos XIX y XX debe pertenecer, por su parte, la casa de la calle Sagasta que fuera del antedicho historiador D. Antonio Muro, un ejemplo singular de casa con reja y jardín delantero, muy del gusto inglés, y que por dichas características destaca en el conjunto del casco viejo local.

Esta característica, la de contar con muro, reja y jardín perimetrales, es compartida por la antigua casa del profesor Muro con otro único ejemplo local, el constituido por el “Ayuntamiento Viejo” de la Villa, la sede noble de las Casas Consistoriales de la ciudad, edificio que pertenece a los muy primeros años del siglo XX (1904-1906) y que se localiza, como sabemos, en la confluencia de la Plaza de Jesús y la calle Soledad; estos elementos, muro y rejería perimetral y jardín aledaño (que conformaban una unidad patrimonial, la del Ayuntamiento Viejo), corrieron serio peligro hace unos años a causa de la insensibilidad y el desconocimiento del valor integral del Patrimonio: el jardín (modesto, si bien conformado por parterres centenarios) se perdió, lamentablemente, por dichas señaladas razones, pero finalmente fue posible impedir que se destruyese por completo el conjunto unitario que forman edificio, reja y jardín al poder detener la prevista destrucción de la rejería perimetral (hoy más que centenaria). Un día lo contaremos. Tiene, como todo, nombre y apellidos, en singular.

Otro elemento parcialmente mutilado por la megalomanía ignorante, la falta de respeto por el Patrimonio y la incapacidad para comprender (la falta de inteligencia de las cosas…) sería el Parque de “El Porvenir”, un espacio, un jardín romántico, verdaderamente único en Puerto Real, creado a finales del siglo XIX por el que viene siendo considerado como el mejor alcalde que haya tenido la Villa, D. Antonio Capriles, una lápida conmemorativa de lo cual se conserva en la Caja del Agua de dicho parque público portorrealeño.

Jardines de "El Porvenir" de Puerto Real
Jardines de “El Porvenir” de Puerto Real

El Parque del Porvenir, de romántico, evocador y significativo nombre, vendría a ser una forma más que acertada de urbanizar el antiguo “Pago de la Laguna”, lugar de abrevadero tradicional de las bestias que entraban en la Villa desde la campiña y que iban a parar al Matadero (sito en la ribera portorrealeña, como indicábamos antes), integrando dicho marco en la trama urbana local y convirtiéndolo en un espacio de ocio y esparcimiento así como en una “bisagra” entre el casco urbano y la red ferroviaria apenas llegada hasta la Real Villa en dicha segunda mitad del Ochocientos; con su creación, podemos decir, se daba forma a un precioso pórtico de acceso a la Villa por tren, se solucionaba felizmente la urbanización de un paraje hasta entonces aledaño, exterior, al casco urbano local y se dotaba a los vecinos de la población de un espacio de esparcimiento y recreo muy al gusto de una época –grosso modo– en la que se gestaron otros jardines públicos de renombre como el Parque Genovés de Cádiz o el Parque de María Luisa de Sevilla, por ejemplo.

Como sabemos y recordamos los que vamos siendo ya mayores, al Porvenir se le mutiló años atrás privándolo de parte de la rejería de los respaldos de los bancos del parque (datada, por ejemplo, en 1885, nada menos…) cuando esta rejería de hierro era ya centenaria, y lo que acaso sea aún más grave, se privó a este espacio de parte de su identidad y su carácter original como jardín romántico decimonónico al hacer desaparecer (¿dónde irían a parar…?) las columnas poliédricas decorativas igualmente hechas de hierro y rematadas por jarrones también férreos, de neto carácter (como decimos) romántico que marcaban en parejas varios accesos perimetrales al espacio de estos hermosos jardines ochocentistas, todo ello -como recordarán muchos lectores, sin duda- de manera arbitraria y sin sentido, lo que fue en su momento muy lamentado en la localidad (algo, ese extraño empeño por desnaturalizar algunos perfiles históricos de la Villa que se produjo esencialmente -pero no solamente- en la década de los noventa del pasado siglo, que merece que en un futuro le dediquemos unos párrafos de esta serie…, si no a buscar las explicaciones profundas del caso al menos a considerarlo con cierta atención…, como decimos, en un futuro…).

En el próximo capítulo de esta serie continuaremos con nuestro paseo por el Puerto Real de los siglos XIX y XX, acercándonos a otros de los hitos patrimoniales de la Real Villa de forma que sean dichos monumentos los que nos lleven de la mano por los siglos precedentes de nuestra Historia (en este caso, la más reciente, la contemporánea), poniendo de manifiesto una vez más que el casco histórico y el término municipal portorrealeño son una espléndida “máquina del tiempo” que nos permite, sin movernos de la Villa, viajar por el pasado.

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