No hay más camino que el propio, el que forjamos día a día, como dijo el poeta. Pero ese camino tiene muchas perspectivas, muchos colores, muchos matices, pues lo común tiene muchas caras y lo habitual puede, siempre, sorprendernos: basta sólo con mirar con los ojos de lo ajeno.

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Nuestro mundo, nuestro pequeño mundo, aparece rodeado de otros mundos que son a su vez reflejo de aquél que nos cobija -del que formamos parte- y de sí mismos. Lo humano se mezcla con el medio, el verde y la piedra, el cielo y el paisaje, y los elementos de nuestra realidad reclaman su papel y nuestra atención.

El agua, la mar, descuidada, nos contempla con su pausada calma de plata y muestra en los caños de nuestra ribera las heridas -testigos- de una intensa relación de siglos… La mano humana, hecha formas de acero, deja su impronta en el entorno y se asoma al perfil de la Bahía, transformándola.

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Como islas en un mar blanco surgen fragmentos de verdor, para recordarnos que la monotonía es sólo una apariencia, y que el espacio ordenado siempre tiene un hueco para el corazón, que la silueta de nuestro casco histórico, de nuestro casco urbano, tiene un marco de verde y azul en sus pinares, su campiña y el espejo de plata de las aguas de la Bahía.

La Historia de todo pueblo se ve jalonada de eventos, su desarrollo deja su huella impresa en el lugar conformando su carácter y el de sus habitantes. El paso del tiempo construye y transforma, otorgando a las ciudades un aspecto siempre cambiante, siempre vivo. Ayer y hoy se conjugan y construyen mano a mano la realidad de cada día, monumentos que un día fueron y aún son, edificios que siguen naciendo, junto a otros, veteranos, que son parte de nuestra Historia y de nuestra memoria.

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Y -casi- todo se resume en el paisaje urbano, en los espacios que habitamos, en las casas que vivimos. Todo encuentra forma y definición en los espacios de cada día, en ese cuerpo creciente y cambiante al que, desde hace más de medio milenio, llamamos Puerto Real, y que cuenta con no pocas señas de identidad históricas, algunas bien imbricadas en su contexto natural.

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Todas las ciudades de nuestra geografía son conocidas por alguno de los productos que en ellas se dan, producto que termina por convertirse en el emblema de cada localidad. Esto precisamente sucede en el caso de Puerto Real, entre cuyas señas de identidad se encuentra firmemente arraigada la piña piñonera. Así, la piña o su fruto aparecerán como protagonistas de campos de la cultura portorrealeña tan diversos entre sí como la arquitectura y el Patrimonio monumental, la gastronomía o las Fiestas, con lo que encontramos a este elemento de nuestro Patrimonio Natural formando parte asimismo del rico bagaje de nuestro Patrimonio Cultural y ello desde perspectivas tan diferentes como las que tienen que ver con el Patrimonio Monumental Inmueble (la arquitectura) y con el Patrimonio Inmaterial (la gastronomía o las Fiestas).

Los Pinares de Puerto Real… La piña es el fruto del pino piñonero (Pinus pinea), una de las especies características del monte mediterráneo y que presenta sus mayores efectivos en zonas costeras de suelos arenosos.

En la zona de Puerto Real contamos con varios pinares, como los de la Algaida, de Derqui, Laguna Seca, Dehesa de las Yeguas…. Pero quizá el más emblemático de todos ellos sea el Pinar de las Canteras, siempre calificado como “Pulmón de la Bahía” e íntimamente ligado a la Historia de nuestra Villa.

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Dehesa de las Yeguas.

En tiempos recientes acaso la piña haya tenido más importancia como elemento identitario, como parte de nuestras señas de identidad que por su peso económico, ya que su recogida con el paso de los años no ha generado una verdadera industria de tratamiento del fruto, y la recogida de las piñas de los pinares públicos de Puerto Real –algo de verdadera relevancia en tiempos de carestía en la Villa, como los de la posguerra civil- hace tiempo que dejó de ser una actividad económica practicada por los portorrealeños de manera común y cotidiana.

En este contexto de la piña como una de las señas de identidad históricas de nuestro cuerpo social, la arquitectura portorrealeña ha hecho tradicionalmente suyo este valor estético convirtiéndolo en un elemento decorativo de nuestros edificios y a la vez y por ello en una referencia identificativa de nuestro paisaje urbano; de este modo vemos cómo se han coronado con la piña muchos de los remates de los adornos de azotea (en fachada) de las casas de nuestro casco histórico.

Bajo distintos colores, presentaciones, materiales y tamaños, las piñas se asoman a nuestro quehacer cotidiano desde los pretiles de nuestras azoteas, mostrando su forma inconfundible a los cuatro vientos, como queriendo traer hasta el callejero portorrealeño el aroma, la evocación, de los pinares de nuestro entorno.

Es en la gastronomía donde el piñón -lógicamente- se convierte en verdadero protagonista. Así, este fruto se añade (¿se añadía?) como complemento y condimento lo mismo al potaje de garbanzos que a la tortilla o a las almejas a la marinera; siendo que el plato en el que el piñón se siente más a gusto (por así decirlo) es sin duda en el guiso de perdiz a la piñonera, que ha llegado a ser considerado como uno de los platos característicos de Puerto Real.

Piña Piñoneras, donde proceden los piñones

De otra parte, en el terreno de las Fiestas locales la piña cobra también un papel de gran peso: no en vano el entorno de los pinares de Las Canteras sigue siendo el marco del Real de la Feria de Primavera portorrealeña. Como forma de dar identidad propia a una celebración tan relevante para nuestra Villa (una de las Ferias más antiguas que se celebran, pues data de 1843 y ya ha celebrado su 175 aniversario de cuyas conmemoraciones tuvimos la suerte de formar parte por invitación municipal) como son sus Fiestas principales, Puerto Real históricamente ha elegido como personaje alegórico a la piñonera a modo de espejo de sus más peculiares tradiciones.

De hecho, el Carnaval y la Feria tienen tradicionalmente su “Piñonera Mayor”, y sus damas, las Piñoneras; como recuerdo y emblema de este reinado reciben el Piñón de Oro -la Reina- y el de Plata -las damas- que era tradicionalmente otorgado por el Excmo. Ayuntamiento (no entraremos en la situación actual, pues trasciende del sentido histórico de este texto).

Tanto peso tiene la piña como elemento estético (en todos los sentidos) en nuestro horizonte cultural local y en el imaginario colectivo de los portorrealeños que junto a elementos y cuestiones tradicionales como las mencionadas, esta relevancia se mantiene y se renueva en la actualidad en el ámbito gastronómico, de una parte con la creación de la cerveza artesanal “Piñonera”, un nombre nada casual y bien entroncado con este rol de la piña piñonera en nuestros horizontes culturales, y de otra parte con la creación de un dulce específicamente denominado “Piñonera”, también en Puerto Real, signos claros de cómo este elemento patrimonial tradicional portorrealeño sigue gozando de buena salud en su calidad de tal.

Estuches con La Piñonera Reserva. / Foto: PRH

Finalmente cabe señalar que hemos podido apuntar la relevancia de la piña y los piñones en la idiosincrasia de los portorrealeños, el papel que estos elementos del Patrimonio Natural local desempeña en nuestro carácter y en nuestras tradiciones de más raigambre. No olvidemos que respetando nuestros pinares, nuestro Medio Ambiente, estaremos respetando una parte de nuestro tesoro patrimonial más significativo, y con ello a nosotros mismos.

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