Antes de seguir adelante con nuevos ejemplos y casos concretos sobre el “mundo subterráneo” de la iglesia de San Sebastián, algo indefectiblemente ligado a sus funciones funerarias, insistiremos en la cuestión del debate (que existe desde hace tiempo, si bien no se ha entrado a abordarlo y discutirlo debida y abiertamente) relativo a la existencia de criptas en el subsuelo del referido monumento, esto es, acerca de la presencia de un “mundo subterráneo” (repetimos) conformado por un panteón, o por varios, de dimensiones y características aún no conocidas, donde se produciría la mayor parte de los enterramientos del templo y que servirían para dar cumplimiento a la función de la Prioral como espacio funerario, como uno de los verdaderos y principales espacios de enterramiento (cementerio, cabría decir) de Puerto Real en su Historia.

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Lo que sabemos hasta ahora no es suficiente como para poder elaborar conclusiones definitivas, si bien contamos con significativas referencias documentales que tanto indirecta como directamente hablan de los espacios subterráneos existentes en la Iglesia de San Sebastián, sus criptas, las bóvedas funerarias que existen bajo el suelo de algunas de las capillas de la Prioral.

Estos documentos de enorme interés nos presentan los perfiles de una realidad concreta, algo aún pendiente de que la investigación arqueológica -un día esperemos no muy lejano- pueda ayudar para verter luz sobre este asunto: la existencia de no una, sino varias criptas, quizá comunicadas, quizá aisladas entre sí, bajo el suelo de la iglesia de San Sebastián; quizá exista un espacio funerario subterráneo central, bajo las naves del templo, junto a otros espacios sepulcrales que podrían encontrarse bajo algunas de las capillas de la Prioral; se trataría de unos espacios subterráneos donde se producirían enterramientos y que además quizá servirían para realizar determinados cultos y actividades religiosas, un espacio (o unos espacios) los cuales habrían de ser una suerte de “reproducción en paralelo” -y subterránea- del espacio superior.

Uno de estos espacios del “mundo subterráneo”, de este mundo funerario, de la Prioral podría ser el de la antigua Capilla del Sagrario (que fuera fundada en los años cuarenta del siglo XVII por el entonces Alcalde Mayor de Honor de Puerto Real, D. Juan Hurtado de Cisneros): dicho espacio serviría de sepultura a los herederos de dicho personaje desde mediados del siglo XVII hasta -al menos- la segunda mitad del siglo XVIII, constituyendo un ejemplo de capilla y cripta familiar, de uno de los espacios subterráneos de la Prioral a los que venimos haciendo referencia en estos párrafos.

Como hemos ya señalado con anterioridad, en 1798 y ante la necesidad de crear un cementerio municipal (un espacio ajeno a los templos de la Villa e independiente respecto a los mismos), debido al estado de saturación e insalubridad de estos espacios funerarios subterráneos de los edificios religiosos de la localidad (sometidos a la presión que representaba la gran cantidad de enterramientos en los panteones de las iglesias portorrealeñas) ya se nos habla (en documentación de la época) acerca del panteón de la Prioral de San Sebastián. En agosto de dicho año 1798 se reunió la Hermandad de la Orden Tercera de los Dolores en el panteón de la Prioral, pero hubo de aplazarse esta reunión, según se señala, …por la fetidez y olor intolerable que exhalaba (…) puestos en la nariz los pañuelos...

Incluso al día siguiente de dicho intento, algunas personas que se acercaron a la ermita de San Andrés (existente por entonces en la plaza de la Iglesia, y luego destruida por los invasores franceses en el contexto de la Guerra de la Independencia), en compañía de la Hermandad de Ánimas, tuvieron la lamentable experiencia …al abrir las puertas… de no poder entrar en la mencionada ermita de San Andrés, ya que (de acuerdo con lo que dichas personas testimonian) …fuimos arrojados de ella por la fetidez insufrible que despedía… (Archivo Histórico Municipal de Puerto Real, AHMPR. Autos formados en razón de establecimiento de Cementerio. Año 1798, f. 23).

Portada de las Novias.

Así, gracias a este testimonio sabemos acerca de la existencia de un panteón en San Sebastián de unas dimensiones suficientes como para poder prestar su espacio (un espacio subterráneo, no lo olvidemos: el de la cripta del templo, la que debía ser la cripta mayor del mismo) para que se celebrasen reuniones de cofradías; este testimonio nos habla asimismo de la crítica situación que pasaban los enterramientos en dichos momentos: la población de Puerto Real había crecido notablemente a lo largo del siglo XVIII, por lo que los espacios brindados por las criptas de los templos de la localidad serían ya insuficientes de cara a procurar un lugar para el descanso eterno para un número cada vez mayor de difuntos, lo cual creaba una situación cuando menos inquietante que haría imprescindible la creación de un cementerio como tal, que finalmente ser emplazaría junto a la antigua ermita de San Benito, de la que recibiría el nombre, algo a lo que se sumaba la legislación del momento.

En este sentido señalaremos que en relación con este delicado asunto se hacía imprescindible cumplir y hacer cumplir las instrucciones (relativas a los enterramientos) dictadas unos años antes por el rey Carlos III, el cual publicaba el 3 de abril de 1787 una Real Cédula que establecía una nueva normativa que regulase los enterramientos, que venían realizándose hasta entonces (fundamentalmente), como hemos señalado, en el interior (o los aledaños) de las iglesias (de los edificios religiosos): ahora, en cambio, (y ante la situación de insalubridad que podía crearse, y en el marco del espíritu reformista del Siglo de las Luces y la Ilustración) se apuntaba en la dirección de crear de cementerios exteriores a las ciudades, incluso alejados de las mismas, sitos extramuros.

Esta normativa estatal imponía una nuevas reglas relativas al uso de los espacios funerarios, los cementerios, intentando crear recintos que cumplieran y respetaran ciertas medidas higiénicas, asentando la orden de dar fin a las inhumaciones rutinarias en el interior de los edificios religiosos (con las habituales excepciones…); ello daría origen a los cementerios modernos.

Los espacios de ese “mundo subterráneo” paralelo de la Prioral, espacios funerarios de dicho templo, se cerrarían posiblemente en los muy finales años del siglo XVIII y los primerísimos años del XIX, proceso que quizá se vería acelerado como consecuencia de la epidemia de fiebre amarilla que arrasó la bahía gaditana -y con ella, a Puerto Real- en el arranque del Ochocientos (fenómeno estudiado por nuestro paisano Juan José Iglesias), con su elevada mortandad.

Desde ese entonces quizá nadie más recibiría sepultura en la parroquia de San Sebastián, ni siquiera personajes ilustres de la época: baste como ejemplo en este sentido el caso -que mencionáramos en anteriores párrafos de esta serie- del cuarto conde de Vega Florida, D. Francisco de la Rosa y Arnaud, capitán de fragata, a quien correspondían plenos derechos para recibir sepultura en la tumba de sus padres (sita en la Prioral), y que, sin embargo, al fallecer, en 1823, recibiría sepultura en cementerio de San Benito, prueba probablemente de la imposibilidad de realizar enterramientos en la iglesia Mayor incluso para los aristócratas que disponían de criptas funerarias en la referida iglesia.

Capilla Sacramental. Vista Parcial.

Capilla Sacramental. Vista Parcial.

Como venimos señalando, una de las cuestiones a considerar a la hora de abordar el tan interesante asunto de la existencia de espacios subterráneos en Puerto Real, o, por decirlo de otro modo, la existencia de un “Puerto Real subterráneo”, es la relativa a la función sepulcral de los templos históricos de la Villa: sabemos (y venimos abordando este tema desde hace tiempo) que las iglesias de la localidad han albergado los principales espacios funerarios de Puerto Real a lo largo de su Historia, indudablemente, lleva aparejada la existencia de un “mundo subterráneo” que va más allá de la existencia de tumbas bajo el subsuelo de las iglesias históricas portorrealeñas, un mundo que guarda relación con las criptas, bóvedas y capillas funerarias que se encuentran bajo el suelo de San Sebastián (este tema lo hemos tratado más por extenso en la monografía publicada en 2001 sobre la Historia de la Prioral de San Sebastián (de la que somos coautores Manuel J. Parodi y Manuel J. Izco: La Iglesia Parroquial de San Sebastián de Puerto Real. Medio Milenio de Historia. Padilla. Sevilla, 2001), además de en otros trabajos de los que es autor el responsable de estos párrafos), La Victoria o San José, siendo esta última la única abierta e incorporada al conjunto “vivo” del edificio -siendo susceptible de ser visitable.

Así, y en lo que atañe a este particular (la relación entre el “mundo subterráneo” y la función funeraria de la Prioral), ya hemos hecho referencia en párrafos (y lugares) anteriores; sabemos además tanto acerca de la antigüedad de las noticias que aportan información sobre la existencia de enterramientos en el interior del espacio de San Sebastián, las cuales se remontan al siglo XVI, como acerca de las divisiones del suelo y el subsuelo que se llevan a cabo en el interior de dicho espacio sacro, fenómeno que lleva aparejada la compra y venta de sepulturas en los más diversos lugares de la iglesia, desde las capillas del templo a la misma entrada del edificio.

Son muy abundantes las citas que encontramos (en diversa documentación) entre los siglos XVI y XVIII relativas a no pocas personas que desearon recibir (y recibieron) sepultura en la Prioral; muchos de ellos fueron sepultados en sepulcros pertenecientes a sus familias, como sería el caso de linajes insignes del Puerto Real de la Edad Moderna como los Hurtado de Ávila, con su Capilla del Señor San José y Nuestra Señora del Sagrario, o casos como el de Antón García Mojarro, quien en 1649 es sepultado en la Capilla de Nuestra Señora del Rosario (a pesar de la existencia de otro sepulcro en la Capilla Mayor vinculado a su persona por ser propiedad de sus padres; Archivo Histórico de Protocolos de Cádiz -AHPC. Protocolos notariales, sección Puerto Real. L. 60, f. 78.).

Otros ejemplos: en el año 1652 Juan Mulero elegiría como sepulcro “… mi sepultura de la Capilla Mayor de mis padres…” (AHPC, Protocolos notariales, sec. Puerto Real. L. 61, f. 86); ese mismo año Lucas Franco Ramírez recibe sepultura en la Capilla de Ánimas, “… en la sepultura que tengo de mi mujer (…) debajo del púlpito…” (AHPC. Protocolos notariales, sec. Puerto Real. L. 61, f. 11). Contamos con son abundantes ejemplos, los cuales nos ponen ante la evidencia de la existencia de estos recintos funerarios en la parroquia de San Sebastián, de ese “mundo subterráneo” que subyace bajo el suelo de la Prioral, unos espacios sepulcrales (y subterráneos) ligados a las mismas familias durante generaciones.

Así, de este modo, y a través de documentos conservados en el Archivo Diocesano de Cádiz, es posible ver cómo se adquieren algunas de las sepulturas existentes en la Prioral, con la indicación del valor económico de estas compras. Estos documentos representan la evidencia y el ejemplo claro del negocio que se establecería con el suelo sagrado de este templo portorrealeño durante la época Moderna, una actividad de compra y transmisión de estos espacios subterráneos que se extendería a lo largo de los siglos y hasta –quizá- el mismo final de la función funeraria de estos espacios del “mundo subterráneo” de la parroquia Mayor de San Sebastián.

La propiedad de las no precisamente escasas sepulturas de la Prioral, como sucedería con las criptas del mismo, se transmitirían –entre otras posibles fórmulas de transmisión- de manera hereditaria: se vendían, se compraban, e incluso había personas que podían ser dueños de varios sepulcros al mismo tiempo, teniendo que escoger de entre los mismos el lugar deseado para el eterno descanso y para su sepultura en el momento de su muerte. Estas tumbas, además, una vez adquiridas, podían pasar a formar parte del patrimonio familiar de los propietarios.

Como hemos señalado y como hemos visto, el espacio subterráneo de la Prioral (situándonos entre los siglos XVI y XVIII) se vio sujeto a una auténtica “parcelación”: todo aquel fiel capaz de adquirir una sepultura lo hacía, aspirando, ciertamente, a poseer los mejores espacios, los considerados como más dignos: de este modo, las capillas cultuales o el Altar Mayor quedaban reservados (en general) para los linajes más poderosos de la localidad, mientras que otros sectores sociales, siempre siguiendo el patrón de su nivel de riqueza, se verían desplazados a diferentes espacios: bajo las naves del templo, bajo el púlpito, próximos a las puertas… Esta división jerárquica de los espacios del edificio era un reflejo de las diferencias sociales ostentadas en vida: y los espacios de este “mundo subterráneo” de la iglesia de San Sebastián no habrían de resultar ajenos a esta división social de la época moderna en la Villa de Puerto Real.

En próximos y siguientes párrafos continuaremos avanzando en esta aproximación al conocimiento de los espacios subterráneos de la parroquia de San Sebastián, que tanto tienen que ver con la función funeraria de dicho templo, y que forman asimismo parte de esa realidad aún por descubrir en su conjunto que hemos dado en llamar el “Puerto Real subterráneo” y que vive silenciosa bajo nuestros pies en el cuerpo del casco histórico portorrealeño, conformando un perfil tan ignoto como llamativo del Puerto Real de la superficie.

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