La existencia de espacios subterráneos en Puerto Real, unos espacios más o menos conocidos, más o menos adscritos al espacio de la leyenda, más o menos identificados, más o menos cercanos a la realidad, forma parte de nuestro bagaje colectivo, de nuestro imaginario común como portorrealeños: se trata de un asunto que suscita un enorme e inmediato interés y al que hemos consagrado (y seguimos dedicando) horas de estudio, horas de reflexión, de consideración, de trabajo, y muchas líneas de publicación, en este mismo –como ahora- y en otros espacios y medios).

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En diversos artículos y trabajos (ya no pocos) que han precedido a éste (en esta serie y en otros medios y espacios, como decíamos hace un momento) hemos venido apuntando diversas trazas de la cuestión que nos ocupa, y hemos comenzado, además, a tratar acerca de los espacios subterráneos existentes en la Prioral de San Sebastián (y en otros ámbitos del contexto general de Puerto Real, fundamentalmente en su casco histórico). En otros trabajos anteriores hemos abordado, asimismo, ya sea en solitario ya sea junto a algún otro colega historiador, dicha cuestión relativa a las criptas y capillas funerarias de la parroquia de San Sebastián[1].

Sabemos que bajo los suelos de la iglesia parroquial de San Sebastián (quizá el monumento más significativo y relevante de la localidad) existen uno o más espacios funerarios, si bien personalmente me inclino a fecha de hoy por considerar la presencia de varios espacios (de más de uno, quiero decir), desde capillas funerarias bajo las capillas del templo a quizá una cripta mayor (que pudiera estar emplazada bajo el presbiterio, bajo el altar mayor, cuando no bajo las naves del propio edificio), todo ello sin perjuicio de la existencia de enterramientos superficiales (no situados en criptas propiamente dichas) en el propio templo.

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Vista reciente de la fachada de la Prioral de San Sebastián. / Foto: Manuel J. Parodi

En este sentido, sabemos que a finales del siglo XVIII (tan a finales como en el año 1798) estaba tratándose -ya por aquellos entonces- de crear un cementerio municipal (un espacio funerario específico) fuera de los templos, debido a la poca salubridad que suponía la cantidad de enterramientos que se llevaban a cabo en los panteones de las iglesias de Puerto Real (además y sin obviar el hecho de que la Ley comenzaba a apuntar en la dirección de no seguir enterrando dentro de las iglesias, precisamente por razones de salud).

Así en la documentación de la época -y de forma directa- se menciona al panteón de la parroquia de San Sebastián. En agosto del citado año 1798 se reunió la Hermandad de la Orden Tercera de los Dolores en el panteón de la Prioral, de forma infructuosa ya que esta reunión tuvo que ser aplazada debido a …la fetidez y olor intolerable que exhalaba (…) puestos en la nariz los pañuelos…. Además, al día siguiente, algunas personas se dirigieron a la ermita de San Andrés (que estuviera situada en la actual Plaza de la Iglesia y que resultara destruida a causa de la ocupación francesa de La Villa durante la Guerra de la Independencia), donde, en compañía de la Hermandad de Ánimas, no tuvieron una buena experiencia, ya que confiesan que … al abrir las puertas fuimos arrojados de ella por la fetidez insufrible que despedía… [2]. Gráfico. Literal. Explícito. Queda claro el uso funerario de estos espacios y la necesidad planteada en estos párrafos a los que hacemos referencia de tomar determinaciones definitivas en relación con este antedicho uso funerario de unos espacios ya insuficientes para continuar con los fines originales de los mismos, todo lo cual se combinaría con los cambios de la legislación de la época (las postrimerías del siglo XVIII) en relación con los enterramientos en espacios religiosos, en iglesias, monasterios y conventos, fruto del espíritu ilustrado de la administración carolina (de Carlos III).

De este modo no sólo contamos con noticias acerca de la existencia de un panteón (que podría ser de notables dimensiones) en San Sebastián, sino también de la situación al límite en la que estaban los enterramientos en las iglesias de la localidad por aquellas fechas: el crecimiento de la población de la Villa desde el siglo XVII hasta finales del XVIII habría contribuido a provocar que las criptas de los templos de Puerto Real se hubieran podido quedar pequeñas para un número cada vez mayor de difuntos, algo que sería causa de un estado de insalubridad que (junto a la epidemia de fiebre amarilla de principios del siglo XIX, que estallaría sólo un par de años después de 1798) andando el tiempo llevaría a la creación de un cementerio público (el de San Benito), situado junto a la antigua ermita de San Benito, por entonces en las afueras del casco urbano, al final de la calle de la Plaza.

De hecho, y como apuntábamos supra, con ello (con el establecimiento del cementerio de San Benito y el decretado cierre de las criptas de las iglesias) se estaba dando curso a la Ley, a las instrucciones dictadas años antes por Carlos III, quien el 3 de abril de 1787 publicase una Real Cédula imponiendo una normativa sobre los enterramientos, que se venían realizando hasta aquel entonces en el interior de las iglesias; ello acarreaba graves trastornos (como malos olores) y representaba el peligro constante de constituirse en foco de enfermedades, por lo que se aconsejaba crear de cementerios exteriores, incluso alejados de la población, extramuros (en el caso de las ciudades amuralladas). Esta normativa daría origen a los actuales cementerios.

Las criptas funerarias de la Prioral de San Sebastián (ese espacio subterráneo con historia propia a la espera de ser re-descubiertas para la Historia y para la ciudadanía) habrían de cerrarse –es de entender- entre 1800 y fines de 1802, a consecuencia de la ya referida y terrible epidemia de fiebre amarilla que arrasaría Puerto Real y la bahía gaditana en esos años (un episodio tremendo de nuestra historia estudiado hace años por nuestro paisano J.J. Iglesias).

Desde ese entonces nadie (salvo prueba en contrario) recibiría sepultura en el interior de la parroquia de San Sebastián (en su subsuelo); así sucedería incluso con los personajes más ilustres del momento: sirva en este sentido el ejemplo y caso de don Francisco de la Rosa y Arnaud, capitán de fragata y cuarto conde de Vega Florida, con pleno derecho a recibir sepultura en la tumba de su padre (en la tumba familiar de los condes de Vegaflorida, que sabemos existía en la Prioral y donde habrían recibido sepultura sus padres); el cuarto conde de Vegaflorida, sin embargo, recibiría sepultura (en 1823, año de su fallecimiento) en el cementerio de San Benito, no pudiendo enterrarse en los espacios de su familia en nuestra Prioral, prueba de que la función de funeraria de la misma habría quedado truncada poco antes de la muerte del referido aristócrata portorrealeño.

Detalle de las saeteras de la torre. / Foto: Manuel J. Parodi

Detalle de las saeteras de la torre. / Foto: Manuel J. Parodi

Cabe señalar, pues, de manera fehaciente y categórica que las referencias documentales que señalan y evidencian la existencia de estos espacios subterráneos (de naturaleza funeraria) en la Prioral de San Sebastián existen, son una realidad y evidencian lo que estamos señalando, algo en lo que abundaremos en los siguientes párrafos (y que la arqueología y la continuación de los estudios sobre este tema darán la clave final de la naturaleza del mismo, como estamos determinados a que suceda, como estamos determinados, sin prisa pero con firmeza, a que acontezca antes o después, y si es posible, más pronto que tarde).

Puede afirmarse sin temor a error que el principal cementerio de La Villa, en los siglos XVI, XVII y XVIII, sería la Prioral de San Sebastián; contaría la parroquia con espacios subterráneos (de distinta naturaleza) creados y concebidos para albergar sepulturas, enterramientos. Un cementerio tal y como lo concebimos hoy día, esto es como un espacio alejado por lo general del casco urbano de la localidad (o, cuando menos, con una ubicación periférica respecto al mismo), no habría de crearse en Puerto Real hasta los primeros años del siglo XIX, y sería emplazado junto a la antigua iglesia de San Benito (nos referimos a la primigenia iglesia de San Benito, hoy desaparecida, no a la actual parroquia de esta advocación, la construcción y consagración de la cual se remonta a los años finales del pasado siglo XX), a partir de -y como consecuencia de- la epidemia de fiebre amarilla que golpeó a la Bahía de Cádiz en 1800.

Con anterioridad al establecimiento de dicho cementerio los portorrealeños recibían sepultura en el interior de las iglesias de la localidad, tanto en la parroquia como en otros templos (caso de los conventuales) y ermitas locales, o en camposantos anejos a dichos espacios religiosos, como los que existieron junto al Hospital de la Misericordia y su templo de San Juan de Letrán (en el ámbito de la actual calle Sagasta), o en el entorno de la Prioral (ya sea bajo la Plaza de la Iglesia o en la calle San José, antigua calle Huesos) donde los más pobres, que no podían costearse un entierro, recibían sepultura de caridad.

Pese a la diversidad de lugares de sepultura en Puerto Real entre los siglos XVI y XVIII, el lugar elegido preferentemente para tales fines sería la Prioral de San Sebastián, principal espacio religioso de La Villa y eje articulador de buena parte de los ritmos vitales de la misma. Junto a cuestiones de corte social o de prestigio que pueden también encontrarse entre las motivaciones profundas de los vecinos para querer ser enterrado bajo el suelo de la parroquia de San Sebastián hay que contar igualmente la “querencia” de los fieles de recibir sepultura en la proximidad (o en el interior) de un lugar sacro, de cara a garantizar la futura resurrección de los cuerpos al encontrarse reposando “en sagrado”; ello hacía de los templos el lugar más deseado para recibir sepultura, amén del hecho de que el fiel podría tener un mayor apego hacia el lugar donde habitualmente habría asistido a los cultos, ceremonias y oficios litúrgicos, un lugar donde podrían encontrarse asimismo las sepulturas de sus familiares (junto a los que querría descansar para la Eternidad), motivos y razones todos los cuales reforzarían sus lazos con un determinado espacio religioso, en esta y en la otra vida…

Detalle lateral de la Portada de las Novias y la Columna Fundacional. / Foto: Manuel J. Parodi

Detalle lateral de la Portada de las Novias y la Columna Fundacional. / Foto: Manuel J. Parodi

Lo cierto es que es de considerar que la parroquia de San Sebastián (y no sería el único edificio religioso que sirviese a estos fines) se vería sometida a una intensa utilización como espacio funerario entre los siglos XVI y XVIII, creándose diferentes panteones, criptas, capillas funerarias subterráneas, por no hablar de las tumbas individuales situadas a una menor profundidad. El subsuelo de la Prioral es, verdaderamente, un auténtico mundo subterráneo, lleno de enterramientos algunos de los cuales pueden ser grandes espacios sepulcrales dotados quizá de distintos ambientes (y, de seguro, de varios inquilinos). Como ya hemos señalado en otro lugar[3], el mundo subterráneo de la Prioral al que aludimos está aún por descubrir (y tengo mucho que decir al respecto, pues nunca he dejado de estudiar este particular asunto, ni de abundar en el conocimiento de este tema tan interesante como envuelto todavía en las brumas de lo desconocido), y debe presentar una realidad y una dimensión absolutamente ignota y enteramente distinta de lo que conocemos y estamos acostumbrados a contemplar cotidianamente sobre dicho espacio religioso.

Este “mundo subterráneo” de la parroquia de San Sebastián, de tan dilatada existencia y hoy semiolvidado para la generalidad (aunque seguimos poniendo todo nuestro empeño en que esta oscuridad se disipe, y no cejaremos en nuestro afán hasta que las criptas de San Sebastián revelen sus secretos), fue accesible en su día (a lo largo de tres siglos, por lo menos), y en lo que toca a las criptas y panteones (caso distinto serán las tumbas simples, los nichos bajo el suelo de las naves) es de entender que este mundo subterráneo debe aún contar con los accesos (en mayor o menor medida cegados, es cierto) que en su día tuviera desde las capillas laterales del templo y desde la zona a la espalda del altar mayor, donde tenemos localizado el que quizá constituya un posible acceso a la cripta que puede existir bajo el presbiterio, bajo la zona del altar mayor de la Prioral, un acceso que encontró quien firma y redacta estas líneas, hace unos años y sobre el cual no hemos aún escrito ninguna línea, lo que no obsta para que podamos hacerlo cuando queramos, pues tengo toda la información al respecto, y todo el conocimiento que puede reunirse a fecha de hoy sobre el particular[4].

En los próximos párrafos de la presente serie seguiremos desgranando aspectos de este mundo subterráneo portorrealeño: los templos de la localidad y otros espacios del subsuelo de la Villa guardan aún muchos secretos, y tienen muchas cosas que contarnos, unos secretos y unas cuestioness olvidadas desde hace siglos y que un día no muy lejano habrán de comenzar a salir a la luz.

Referencias

[1] Sería excesivamente prolijo detallar nuestra bibliografía relativa a la Prioral; nos remitimos a la Bibliografía sucinta que adjuntábamos al anterior artículo de esta serie; por ello tan sólo mencionaremos ahora y en este sentido el libro monográfico sobre la parroquia publicado por mí hace ya unos años con otro colega (“La Iglesia Parroquial de San Sebastián de Puerto Real. Medio Milenio de Historia”. Sevilla, 2001).

[2] AHMPR. Autos formados en razón de establecimiento de Cementerio. Año 1798, f. 23.

[3] Manuel J. Izco Reina y Manuel J. Parodi Álvarez, “La Iglesia Parroquial de San Sebastián de Puerto Real. Medio Milenio de Historia”. Sevilla, 2001.

[4] Como anécdota, señalar cómo fui testigo no hace mucho tiempo de la “inspirada” narración del “hallazgo” de este acceso por una persona, habitual de las redes, que se atribuía (con toda desfachatez) la paternidad del mismo: la persona en cuestión me lo contaba a mí (que lo encontré) como si el hallazgo lo hubiera realizado él (y como si el estudio de estos ámbitos de la parroquia fuera cosa suya), sin conocer bien -evidentemente- los detalles de la cuestión y atribuyéndose enteramente lo que consideraba un mérito; es de considerar como una anécdota más… Algún día diremos de quién se trata: no es la primera vez que esta misma persona se atribuye (a sí mismo o a otros elementos de su contexto personal) una singular relación con (cuando no incluso la paternidad de) determinados hitos de la Historia local…

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