Burguesía y nobleza ilustrada en la Bahía gaditana del Setecientos. Los de la Rosa portorrealeños (III)


Ala de la Prioral de los Siglos XVIII y XIX. / Foto: Manuel J. Parodi

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[Como señalábamos en los anteriores artículos, el texto que nos viene ocupando en estas semanas se publicó originalmente con el título de “Burguesía y nobleza ilustrada en la Bahía gaditana del Setecientos. Los de la Rosa portorrealeños” en la revista Espacio y Tiempo (Revista de la Facultad de Ciencias de la Educación. Universidad de Sevilla), nº 13, 1999, pp. 165-183; lo presentamos ahora dividido en varias entregas para su mejor difusión, respetando el texto original de nuestra autoría; como en el caso de otros textos precedentes de similar naturaleza, aparece ahora por primera vez en este formato y en la web, de la mano de “Puerto Real Hoy”; cerramos ahora el desarrollo del texto original, con la tercera entrega del mismo]

El rastro de los Alféreces Reales en la Villa de Puerto Real (cuando menos del Alferazgo de los De la Rosa) ha de perderse (en la documentación estudiada) entre 1808 y 1833; en la primera de esas fechas, D. Antonio De la Rosa y Castellón (a la edad de dieciocho años) ejercería su cargo en la Proclamación de Fernando VII, como veíamos; en la segunda, 1833, se produce el ascenso al Trono de la aún niña Isabel II (hija del “deseado”): y es en esta fecha cuando “…a falta de Alférez Mayor…”, el Pendón de la Villa hubo de ser portado por el regidor primero, D. Sebastián Florindo[1].

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Veíamos en la “Unica Contribución” de 1771 a D. Francisco De la Rosa y Levazor, conde de Vega Florida, como propietario de numerosos edificios en el casco urbano de la Villa: contaría con veintidós casas entre sus propiedades, mientras su hermano Nicolás (el Alférez Mayor) disfrutaría de un patrimonio compuesto por cuatro casas (“inclusas en ellas seis almahacenes”, según expresa el documento), así como (saliendo ya del terreno estrictamente urbano) “una hacienda de olivar”, “por sí y por Dª. Cathalina Hurtado, su tía”. Se trataba de rentabilizar las propiedades urbanas, obteniendo por ellas un beneficio económico (como demuestran los “almahacenes” de D. Nicolás De la Rosa y Levazor, instalaciones dedicadas bien al comercio, bien al almacenaje de géneros)[2].

Unos años más tarde, fallecido ya D. Francisco, en 1783-1785 vemos cómo el patrimonio de su hermano D. Nicolás se ha incrementado notablemente, llegando a superar la veintena de inmuebles urbanos. Como prueba de su notable papel económico, cabe destacar que los mismos se encontraban habitados por inquilinos, de quienes debía obtenerse la renta correspondiente (aparte de su casa de la calle Cruz Verde nº 1, donde habitaba él mismo con su familia). De este modo, D. Nicolás poseía cuatro casas en el “Muelle, la hacera frente de la Fuente sin números” (según el documento); una estaba habitada por Pedro Alonso Tenorio, de 55 años, natural de La Puebla de Guzmán, vendedor de garbanzos; con él vivían su mujer Luisa Basquez y su hijo, Diego Tenorio (vendedor de leche); otra por Fernando Lozano, de 73 años, “carpintero de lo blanco”, natural de Córdoba, casado sin hijos; otra por Antonio Muñoz y la última por Gregoria María, viuda de Miguel Moreno, alias “Chocolate”, que regentaba una “Aguardientería”. Eran igualmente propiedad suya los entonces números 33, 34, 42, 119 y 120 de la calle de la Plaza (con presencia de inquilinos al menos en las dos últimas). También de su propiedad eran los números 16 y 17 de la calle San Antonio, el nº. 40 de la calle “Baqueros” (sic) y el número 45 de la calle Nueva, todas con inquilinos. Con habitantes en régimen de alquiler contaban asimismo la casa nº 27 de la calle San Ignacio y el número 22 de la calle de la Soledad, ambas patrimonio de D. Nicolás De la Rosa. Finalmente mencionaremos los nos. 68 y 69 de la calle de la Torre (hoy Real) y los nos. 22, 23 y 29 de la calle San José, igualmente propiedad de D. Nicolás y también con inquilinos[3].

Un edificio de renombre que también perteneciera al patrimonio familiar de los Vega Florida sería la misma “Casa del Obispo”, la casa-palacio de los obispos gaditanos en la Villa de Puerto Real, casa adquirida a los condes de Vega Florida por la sede gaditana y posteriormente reacondicionada por el obispo Escalzo y Miguel (a fines del s. XVIII)[4]. Si tomamos en consideración que Moreno de Guerra[5] dice que el obispo de Cádiz, Mons. Tomás del Valle, se encontraba en Puerto Real cuando sucediera el “Maremoto” (el terremoto de Lisboa, 1755), y relacionamos su presencia con la adquisición de la “Casa del Obispo” a la familia Vega Florida por la sede de Cádiz, podremos seguir más de cerca la historia de uno de los que fueran más señeros y emblemáticos edificios de la Villa (hoy desaparecido), fijando la fecha de su venta por nuestros protagonistas en la primera mitad del siglo XVIII.

Junto a estos miembros reconocibles de la familia De la Rosa hemos hallado en la documentación consultada (documentos como la repetidamente citada “Unica Contribución” de 1771, o los Padrones de habitantes de 1783-85 y 1798) otros individuos cuya filiación podría guardar lazos de parentesco con los Vega Florida, y ello por a distintos motivos. En primer lugar encontramos el criterio estrictamente onomástico: se trata en concreto de personas que portan el apellido familiar, “De la Rosa” e incluso (en algún caso) uno de los nombres característicos de la familia (“Nicolás”), lo cual bien puede ciertamente obedecer a circunstancias puramente casuales; en segundo lugar, además de lo que podría constituir tan sólo una coincidencia onomástica (tener el mismo apellido y un nombre común en la familia), se trata de personajes que -en algunos casos- pertenecerían a un determinado (y elevado) nivel social, y que cuentan con un boyante status económico respaldado (y demostrado) por una serie de propiedades inmuebles así como de rentas, lo que les acercaría a los De la Rosa-Vega Florida. Igualmente hemos de decir que son individuos que vivieron contemporáneamente a los protagonistas del trabajo, y que aparecen reflejados en los mismos documentos (como Censos y Padrones) en los que hemos podido encontrar a los miembros reconocidos de la familia.

20160812_cultura_historia_pr_01Podemos citar entre estos “otros” supuestos miembros de la familia a un D. Manuel De la Rosa, quien en el Padrón de Habitantes de 1785 aparece como propietario de dos casas (los entonces números 67 y 68) en la calle de la Amargura; estos bienes inmuebles urbanos proporcionarían al tal don Manuel no sólo la condición de propietario, sino el beneficio de las rentas de los alquileres pagados por los inquilinos que sabemos (por el mismo documento) vivían en dichos edificios, siguiendo en la tónica de otros casos contemplados anteriormente. Un miembro más de este colectivo de “presuntos” (por así llamarlos) sería Dª. María De la Rosa[6]. Esta Dª. María aparece en el Padrón de 1785 como propietaria de diversos inmuebles, a saber: el entonces número 43 de la calle Vaqueros y el 11 de la calle de la Soledad. En ambas casas habitaban inquilinos, la renta de cuyos alquileres debía redundar en los bolsillos de la dicha Dª. María, como dueña de los edificios. Tanto en este caso como en el anterior (el de D. Manuel) encontramos dos propietarios de sendas casas, habitadas por inquilinos en régimen de alquiler, pero la “estrella” de estos Vega Florida inciertos es sin lugar a dudas Dª. Mª. de los Ángeles De la Rosa. Esta señora poseía un ingente capital en la forma de diversas casas repartidas por la Real Villa. Entre éstas se contaban -siempre según el Padrón de 1785- los (entonces) números 3, 4, 5 y 6 de la calle de la Amargura, las casas nº. 73, 74, 75 y 76 de la calle de la Palma, los números 28 y 33 de la calle Ancha y la casa nº. 66 de la calle Nueva, lo cual compone un total de once edificios, todos propiedad de la refrida Dª. Mª. de los Ángeles De la Rosa, y todos habitados asimismo por arrendatarios en régimen de alquiler y proporcionando de ese modo rentas a la citada señora. Diez años más tarde, en 1795, volvemos a encontrar a Dª. María de los Ángeles en el Padrón de Habitantes; por este documento sabemos que en dichas fechas vivía en la calle Ancha (en concreto en la casa que entonces portaba el número 73) y que se trataba de una señora viuda, sin hijos[7].

Estos tres personajes contemplados no pueden ser inscritos sin más en la familia de los Vega Florida; necesitaríamos para ello más información y más datos de los que disponemos, pero no parece descabellado, dada su coincidencia onomástica y cronológica, así como su nivel de riqueza (como propietarios, especialmente en lo que se refiere a Dª. Mª. de los Ángeles, de bienes inmuebles urbanos) hipotizar con verosimilitud su adscripción a dicho grupo familiar, y no sólo a un similar nivel económico (estos sujetos, D. Manuel, Dª. María y Dª. Mª. de los Ángeles De la Rosa, eran propietarios entre los tres de quince inmuebles urbanos: dos el primero, dos la segunda y once la tercera). Mas si la atribución de parentesco de estas personas con los ya identificados no entrañaría grandes dificultades, por sus circunstancias, sí lo es en otros individuos que aparecen en la documentación con los mismos apellidos pero cuyo horizonte económico y su status social nos inducen a pensar que no se trata de familiares directos de los condes de Vega Florida.

Entre estas últimas personas apellidadas “De la Rosa” y de las cuales haremos memoria mencionaremos a Dª. Nicolasa De la Rosa. Esta señora cuenta con el apellido familiar, y, además, con un nombre de pila (Nicolasa) que vemos aparecer en repetidas ocasiones (si bien aplicado, por el momento, a personajes masculinos) entre los miembros del grupo: de esta manera hemos contado con personajes como don Nicolás de la Rosa Levazor y con su hijo, D. Nicolás José De la Rosa Zúñiga, ambos militares y Alféreces Mayores (cargo que ocuparon de forma sucesiva) de la Villa. Esta circunstancia podría abogar en favor de la existencia de lazos consanguíneos entre las personas citadas, pero podría igualmente deberse a una simple coincidencia onomástica[8]. La misma Dª. Nicolasa que nos ocupa aparece en la “Unica Contribución” de 1771 como inquilina de una casa de la calle de la Amargura, constando en el citado documento fiscal dieciochesco como viuda, con dos hijos que compartían la profesión y oficio de calafates. La situación de la citada señora (como inquilina en una casa de alquiler), el hecho de que no aparezca como propietaria y la profesión de los hijos (la carpintería de ribera), honrosísima pero ciertamente alejada (desde el punto de vista económico y social) de los oficios civiles y militares desempeñados por otros personajes del mismo apellido (capitanes de fragata, tenientes de la Real Armada, jueces de Marina…), llevan a situar a Dª. Nicolasa en un puesto del escalafón social que no parecería corresponder a un familiar de los ennoblecidos De la Rosa-Levazor o de los muy prósperos De la Rosa-Zúñiga -en todo caso a una rama colateral o “secundona”, desgajada del tronco familiar[9].

Otro personaje con los mismos apellidos es un tal Ambrosio De la Rosa, pero en este caso no parecen caber dudas sobre su falta de vinculación real (esto es, sanguínea) con los Vega Florida. En efecto, en el Padrón de 1785 este individuo aparece como inquilino del nº 3 de la calle de la Plaza (propiedad de Dª. Juana Blanqueto), casado con Dª. Magdalena Patrón y padre de tres hijos (Pedro, de 41 años, Ángel, de 22 y Juan, de 16) y de una hija (cuyo nombre no se menciona). El padre y los hijos compartían la misma profesión: carpinteros de ribera; todas estas circunstancias (el oficio y el no ser propietarios) parecen apuntar en la misma dirección que en el caso de la antes mencionada Dª. Nicolasa, pero en este Ambrosio encontramos un dato que debe resultar determinante: el mismo Padrón de Habitantes de 1785 especifica que era natural de la ciudad italiana de Génova, lo que habría de excluir todo parentesco directo con los De la Rosa portorrealeños.

De este modo cerramos -por el momento, y en espera de próximos avances en nuestra labor- la serie de los De la Rosa, “ciertos” e “inciertos”. Les hemos visto ocupar cargos políticos, formar parte del ejército, la nobleza y el clero, enterrarse en el principal templo de la Villa de Puerto Real, poseer numerosos bienes inmuebles urbanos y mantener almacenes y negocios (incluso formando sociedades familiares entre distintos miembros del grupo), recibir rentas de sus inquilinos, proclamar reyes, sufrir -como el resto de sus conciudadanos- la invasión francesa, contribuir a la lucha contra el agresor…, y todo ello en el marco del próspero Puerto Real dieciochesco.

REFERENCIAS:

[1] Según A. Muro, Puerto Real en el Siglo XIX, op. cit., pp. 152-ss.

[2] Vemos, de este modo -y a falta del estudio de las hipotéticas propiedades rústicas de los De la Rosa- cómo los inmuebles urbanos que poseían habían de procurarles por sí solos unas rentas nada despreciables. No sólo se trata, además, de casas con inquilinos, sino de lo que hoy denominaríamos “locales comerciales”, destinados a actividades económicas -comercio, almacenes- que estos ennoblecidos burgueses ilustrados no parecen sentir empacho alguno en continuar desarrollando (bien directamente, bien mediante testaferros). Igualmente significativo es su enlace con familias de tradicional status en la Villa, como los Hurtado, con alguno de cuyos miembros (recordemos una Dª. Cathalina, pariente de los De la Rosa Levazor) uno de éstos Vega Florida de primera hornada, D. Nicolás (el hermano militar del primer conde que estudiamos), mantenía negocios y propiedades en común en un notable caso de societas familiar. Sobre los Hurtado, vid. Moreno de Guerra, op. cit., pg. 15. Para un estudio introductorio sobre los enterramientos en la Iglesia Mayor Prioral de San Sebastián contamos con los trabajos tradicionales (y merecedores de revisión) de Moreno de Guerra (op. cit., pp. 12, 18-19 y 25-26), Muro Orejón (Puerto Real en el Siglo XVIII, op. cit., pp. 42-ss.) (quienes únicamente señalan la existencia de tres sepulturas en el citado templo, las correspondientes a Gutierre de Cetina (1516-1604, Regidor Perpetuo; enterrado en la Capilla de Ánimas de la Prioral, en su lápida -según Moreno de Guerra- podía leerse: “Del honrado caballero Gutierre de Cetina y de sus herederos”), Juan Hurtado de Cisneros (Alcalde Mayor honorífico y Regidor de la Villa; según Moreno de Guerra, contaba con una capilla “con bóveda” para sus enterramientos con las armas esculpidas en las claves de la bóveda superior) y Andrés Hurtado de Meneses, capitán y Alguacil Mayor del Santo Oficio (vecino que fuera de la C/ Cruz Verde –vid. n. 23, supra-, enterrado en la antigua capilla de Ntra. Sra. de Los Remedios). Junto a estos estudios “clásicos”, cfr. M.J. Izco Reina, “Muerte y Religiosidad a través de los testamentos puertorrealeños (1680-1700)”, en V Jornadas de Historia de Puerto Real (e/p.), quien señala no pocos enterramientos en la Prioral (hallados mediante el estudio de documentación notarial del Archivo de Protocolos de Cádiz). Entre los sepulcros reconocidos por M.J. Izco se encuentra el de un hijo de D. Juan Hurtado de Cisneros (enterrado en San Sebastián de Puerto Real, según Moreno de Guerra y Muro Orejón), D. Juan Hurtado de Ávila, sepultado en capilla fundada por su padre en la Capilla de Ntra. Señora del Sagrario (con lo que las referencias tradicionales vienen a coincidir con los nuevos resultados aportados por las últimas investigaciones realizadas).

[3] Padrón de Vecinos de 1783, A.M.P.R., Leg. 122; no ha de buscarse coincidencia entre los números de las casas del siglo XVIII y los actuales, por los cambios en la numeración de los edificios.

[4] Actualmente el solar de dicha casa-palacio (en la esquina entre la Plaza de Jesús y el Callejón del Obispo -que recibe su nombre de la propia casa en cuestión-) se encuentra ocupado -habiendo desaparecido la referida casa solariega- por edificaciones recientes.

[5] En sus “Apuntes Históricos” a la Guía de Puerto Real de 1914, op. cit., pg. 13. El primer relato en prosa del que tenemos noticia (acerca del Maremoto) es la Relación del terremoto acaecido en Huelva y lugares circunvecinos el día primero de este mes. Cádiz. Imprenta Real de Marina, 1756.

[6] No confundir con Dª. María de los Dolores De la Rosa y Arnaud, a quien contemplábamos anteriormente como hija y hermana de dos condes de Vega Florida y que, soltera, vivía con su hermana Dª. Rosalía, su tía materna Dª. María Arnaud -ambas también solteras- y su hermano, el sacerdote D. Joseph De la Rosa y Arnaud, en la entonces casa nº. 4 de la calle Nueva.

[7] Padrones de Vecinos de 1795 y 1798, A.M.P.R., Leg. 122.

[8] Podemos incluso suponer un cierto predicamento del nombre Nicolás en la Real Villa si atendemos a que uno de los cuadros (de estilo barroco, datable en el siglo XVII) que se conservan en la Prioral de San Sebastián retrata precisamente a un San Nicolás de Bari obispo, lo cual podría establecer cierta relación entre el santo y la posible extensión de su nombre en Puerto Real, consecuencia de la hipotética “popularidad” de dicho santo en la localidad, hipótesis que se refuerza si recordamos que existen además otras representaciones modernas de San Nicolás de Bari en la Villa, como un azulejo del mismo existente en la actualidad en la calle Real, frente a la plaza de la Iglesia, en la esquina con la calle de la Palma (precisamente en las proximidades inmediatas de la Prioral de San Sebastián). Podemos -eso sí- observar cómo el nombre de “Nicolás” se repite en distintas -y sucesivas- generaciones de la familia, incluso en el primer conde de Vega Florida, D. Nicolás De la Rosa Suárez (quien habría mantenido igualmente la vinculación con las Reales Armadas que luego veríamos en sus herederos y descendientes) (vid. nota 10, supra).

[9] En el Padrón del año 1785, catorce años después de la fecha de la “Unica Contribución”, esta misma señora Dª. Nicolasa De la Rosa aparece citada como inquilina del entonces nº. 2 de la calle de la Amargura (propiedad de Dª. Antonia Troyano), constando como viuda de D. Agustín Delfín, y sin hijos (lo que resulta más difícil de explicar); Padrón de Vecinos de 1783-85, A.M.P.R., Leg. 122.

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