Uno de los aspectos básicos (aunque a veces es igual y precisamente uno entre los menos respetados, o entre los menos cuidados) del estudio de la Historia es el representado por la divulgación de la misma. Alejados de las posturas hieráticas y ciertamente elitistas en las que desembocó el academicismo ilustrado y superado el positivismo decimonónico como único sistema (y arma) para entender y explicar los procesos históricos, el acercamiento de la disciplina histórica al gran público había quedado tradicionalmente encomendado (aunque cabría decir “restringido”) a las aulas de enseñanza, de modo que todos aquellas personas que no accedieran a estudios superiores directamente relacionados con la Historia (siendo la de “Filosofía y Letras” la denominación que comúnmente los ha venido englobando) habían de verse (y de hecho así se veían) muy pronto alejados (salvo por devoción o afición personal y particular) del entendimiento y conocimiento del pasado (propio -en lo que se refiere al cuerpo social de origen- y ajeno), incurriendo ello indudablemente en el obvio perjuicio y detrimento de la mejor y mayor inteligencia (y manejo de las claves) de su propio presente (y de la construcción del futuro).

Es de señalar que, al mismo tiempo que sucedía lo descrito supra, las labores de investigación histórica no solían verse convenientemente acompañadas del correspondiente esfuerzo divulgador (al punto que para expresar el concepto albergado por el verbo “divulgar” venía a emplearse el de “vulgarizar”, que hoy presenta un matiz muy diferente, no tanto de difusión como de “detrimento” de los contenidos de los que se trate, de pérdida de “calidad” de los mismos, con independencia de la materia que se convierta, mediante este expediente, en algo “vulgar”), de manera que la Historia hubo de continuar durante todo el siglo XIX y buena parte del XX como un reducto más o menos cerrado en el que sólo podían ser admitidos aquellos “afortunados” que se habían provisto de los imprescindibles resortes teóricos de cara a convertirse en especialistas técnicos en una materia que continuaba apareciendo ante el gran público como una realidad ajena a la vida cotidiana pero de aparente importancia, apariencia ésta reforzada por un estudiado y cuidado aspecto de solemnidad que conducía a un estudiado a la par que muy conveniente hieratismo académico, mientras marchaba parejo de todo ello un creciente inmovilismo y la acumulación de una siempre mayor pobreza científica y teórica.

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La “desanalfabetización” (sic) de las masas a lo largo de la segunda mitad del siglo XX y el acceso de esas masas de población (proletarias) a la cultura “letrada”, a la cultura escrita, mediante la escolarización de colectivos que habían sido tradicional e históricamente marginados de la educación escolar, permitirá asistir a un proceso que podríamos definir como de “horizontalización” de la cultura, y la Historia no permanecerá ajena a todo ello.

Portada de un libro de Antonio Muro Orejón.

Portada de un libro de Antonio Muro Orejón.

Junto al mayor acceso relativo de la población en general al conocimiento del pasado a través de las estructuras de enseñanza institucionales, la Historia -siquiera en forma de sucesión de acontecimientos históricos, en su aspecto más positivista- comenzaría a estar al alcance de un mayor número de colectivos. La evolución de las comunicaciones, la aparición de los medios de información de masas (y muy especialmente de los audiovisuales) irían completando el círculo trazado; prueba de lo dicho será la “cultura histórica audiovisual”: los así llamados “documentales” de contenido histórico ocupan minutos en las antenas y cadenas de Televisión (y cada vez más en la red digital), existiendo asimismo canales temáticos que se encargan de forma exclusiva de mantener una programación de contenido histórico (algo -esta disponibilidad- que se eleva exponencialmente si hablamos de internet, donde los recursos en este sentido y la posibilidad de acceso a los mismos es muy superior a lo ofertado por las cadenas de televisión).

En medios y contextos locales, como es el caso de Puerto Real, observamos cómo la divulgación de la Historia tanto en su vertiente “universal” como en la más específicamente “local” se convierte en un elemento de sensible significación y peso (algo de lo que esta cabecera de “Puerto Real Hoy” es un ejemplo en sí misma); consecuencia de ello será la aparición de publicaciones específicas de carácter divulgativo que, sin perder su objetividad e importancia científica, tienen en el público general el principal destinatario; en este sentido, junto a sus diversas obras “mayores”, cabe reseñar la labor divulgativa pionera realizada en la Real Villa por el profesor Antonio Muro Orejón (el padre de nuestra Historiografía local) con sus artículos históricos aparecidos en diferentes publicaciones periódicas a lo largo principalmente de las décadas de los años sesenta y setenta del pasado siglo XX (especialmente en el periódico provincial “Diario de Cádiz” y en la publicación local “Marcador”, que se editaba desde la portorrealeña Imprenta San José, siendo su director José Ramón Ortega).

Junto a otras publicaciones de más o menos efímera duración y peso (caso de “Calle Ancha”, en los que también fueron recogidas algunas noticias históricas disconexas), y al margen de publicaciones de décadas anteriores (caso de la ya mencionada revista local “Marcador”, donde tuvieron cabida durante años los textos del citado profesor Muro) fue la aparición del periódico “Puerto Real Información” (que publicaría ininterrumpidamente de forma quincenal desde el año 1994) lo que vino a permitir que la Historia de Puerto Real se asomase durante unos años, nuevamente, de forma cotidiana y estable a las ventanas de la localidad, puesto que junto a la información (cubierta también por otros medios de prensa escrita y audiovisual) esta cabecera había reservado desde sus comienzos un nada desdeñable espacio para la divulgación histórica, para artículos de temática propiamente histórica (de Historia local) y de diferentes estilos y naturaleza.

Estos contenidos de carácter histórico ocuparon páginas de todos los quincenales publicados entre el 13 de octubre de 1994 (día de aparición del primer “Puerto Real Información”) y el 14 de octubre de 1999 (fecha en que se cierra el lustro que ocupa nuestra atención) excepción hecha de uno sólo de los números aparecidos (el correspondiente al día 27 de junio de 1996); con todo ello venía a retomarse la labor de don Antonio Muro, a quien cabe igualmente considerar como el “gran divulgador” de nuestra Historia local (amén de casi como el primer investigador de la misma, y ello sin perjuicio de honrosísimas excepciones como la representada por el historiador Juan Moreno de Guerra, a principios del siglo XX –a quien hemos dedicado algunos artículos precedentemente en esta serie- o la de A. Ordóñez de la Calle, ya a mediados del siglo pasado, por citar dos ejemplos).

Es posible, pues, afirmar sin temor a dudas (ni tampoco caer en “panegirismos” innecesarios) que el quincenal “Puerto Real Información” tomó en su día el relevo de las publicaciones de distinta naturaleza y periodicidad que con anterioridad a su existencia se ocuparon de la difusión de la Historia local portorrealeña. Podemos igualmente sostener (por el volumen, peso e importancia de los artículos de temática histórica y muy especialmente por lo que respecta a los que hemos dado en denominar como “científicos”, divulgativos” y “de opinión”, que constituyen un conjunto de doscientos cincuenta y siete títulos del total de 377 trabajos publicados y considerados en nuestro estudio) que el desaparecido quincenal portorrealeño llegó, hasta cierto punto, siquiera parcialmente, y durante algunos años (que exceden en su conjunto total los considerados en este pequeño ensayo, ya que tanto esfuerzo no quedó suspendido de golpe, encontrando cierta continuación durante algunos años posteriores a 1999, si bien sin continuidad, hasta la desaparición de dicha cabecera hace ya años), a cubrir el hueco de una revista de divulgación histórica en la localidad, la cual podría haber albergado con mayor estabilidad y propiedad científica los temas tratados en el lustro en cuestión.

Hemos dividido el conjunto de los 377 artículos publicados en los cinco años considerados en un total de cuatro apartados distintos, y ello en función de su naturaleza, contenido y características propias; entraremos en el desarrollo de estos contenidos a partir del próximo artículo de esta serie, cuando desgranaremos con mayor detenimiento los contenidos de Historia desarrollados en su día en la cabecera semanal del “Puerto Real Información”, un periódico que se fue.

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