Historia de Puerto Real: Notas sobre la Prioral de San Sebastián (XII)


Fachada lateral de San Sebastián
Fachada lateral de San Sebastián

En los párrafos que siguen abundaremos en la línea que venimos desplegando desde hace unas semanas, considerando diversos aspectos de la Historia del más señero de nuestros monumentos, la Prioral de San Sebastián, y más en concreto, nos ocuparemos aún en este artículo sobre los usos funerarios de éste y de otros espacios sagrados en el Puerto Real de la Edad Moderna, entre los siglos XVI y XVIII fundamentalmente.

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En concreto cabe apuntar que hace muchos años ya que nos propusimos averiguar las causas que pudieron motivar el definitivo cierre de las criptas de la parroquia de San Sebastián, y ciertamente hallamos datos que nos señalaban cómo entre otros motivos que llevaron a dicho cierre serían de considerar las necesidades higiénicas y los límites del espacio, que junto a la legislación ya vigente desde finales del Setecientos provocarían dicho cierre; estos recintos funerarios al tiempo que litúrgicos, otrora adecuados y suficientes para la población portorrealeña, se revelarían como insuficientes en una época que poco o nada tenía que ver desde el punto de vista demográfico con la realidad anterior.

Apuntaremos algunas referencias, que aparecen en el seno de los autos formados en razón del establecimiento de un nuevo cementerio, del año 1798, donde se vislumbra lo que estamos comentando, algo que quedaría más que demostrado solamente unos muy pocos años más tarde, cuando la epidemia de fiebre amarilla caería sobre Puerto Real, acabando con la vida de más de dos mil portorrealeños en apenas medio año: los cuerpos de aquellos infortunados colmataron rápidamente los espacios funerarios que existían, de modo que en algunos casos incluso tuvo que recurrirse a enterramientos en lugares nada adecuados; sirva como ejemplo de ello el testimonio de uno de los regidores de la Villa, don Esteban Herrero y Freire, quien señala cómo a causa de esta epidemia se llegó a enterrar cadáveres en las inmediatas afueras de la población, en apresuradas zanjas comunes[1]:

…expuestas a la excavación y descubrimiento de toda especie de animales, con general doloroso sentimiento de este Vecindario, que clama por su remedio, el cual sólo puede dárselo la instantánea nueva construcción de Cementerio…[2]

Cripta de la Iglesia de San SebastiánDe acuerdo con el profesor Iglesias Rodríguez (quien estudiase a fondo esta epidemia y sus efectos en nuestras tierras y vecindad), durante este durísimo episodio se efectuarían muchas inhumaciones precarias en diferentes descampados; lugares como el olivar de San Benito (recinto que acogería con posterioridad el nuevo cementerio homónimo, hoy en las inmediaciones de las 512 Viviendas), el Sitio de la Esparraguera, y al parecer en una zona de pinar donde se enterrarían hasta quince y veinte cadáveres en sepulturas comunes, mezclándose en ellas personas de diferentes perfiles sociales (individuos pudientes, elementos privilegiados, sacerdotes y gentes del común), serían los espacios, o algunos de ellos, que recibirían a estas sepulturas sobrevenidas por la epidemia.

El siguiente documento muestra cómo resultaba ya insuficiente no sólo el espacio funerario de la misma Prioral de San Sebastián, sino aquellos otros espacios que eran asimismo empleados para estos fines en la Real Villa y que se encontraban en el seno de diferentes edificios religiosos de la localidad (hoy desaparecidos), como el templo conventual de San Francisco (en cuyo solar se encuentra la Plaza de Pedro Álvarez Hidalgo) o la ermita de San Andrés (que se encontraba en la céntrica Plaza de la Iglesia):

…Don Francisco Armiño, síndico personero del común de esta Villa ante V. como más lugar haya parezco y digo: Que la fetidez y olor intolerable que exhala el pequeño y reducido Panteón de la única iglesia Parroquial de esta población, compuesta en el día de doce mil personas, será causa de una infección general de todo su vecindario. Que el de Nuestro Sr. P. S. Francisco, también castrense, se halla en iguales términos y circunstancias. La Ermita de San Andrés llena toda de cadáveres, arroja de si un hedor tan pestilente que necesita ventilarse bien para poder subsistir en ella…[3]

Los dos textos siguientes datan de aquellos mismos momentos, y el segundo de los mismos se integra en el informe que dirigía el vicario don Sebastián de Molina al Ayuntamiento de la Villa:

…siendo corto el recinto del Panteón de esta Iglesia, y crecido el número de sus feligreses, nos precisa a entrar dos o tres cadáveres en cada sepultura, causando un insufrible hedor en dicha Iglesia, y a veces precisa extraer los cuerpos a medio corromperse para colocar otros en el mismo sepulcro y arrojando aquellos a el osario, pueden contagiar el aire, y causar funestas consecuencias en la salud pública. Y estando ya tan inmediato el verano, en que son más frecuentes los entierros, no admite la menor demora el cumplimiento de la Real Cédula de S. M. …[4]  

…por su estrechez (el panteón de la Iglesia Prioral de San Sebastián) y una tierra fría a causa de los muchos cadáveres, pues en una mediana epidemia no habrá donde sepultar los cuerpos y que muchos días ha me consta hay sepulturas que tienen dos y tres cuerpos, sucediendo lo mismo en la Ermita de Sr. S. Andrés, llegando a tal extremo de hedor que expelen que se ven precisados los fieles a no asistir en una parte ni en otra a los Divinos Oficios, y esto aún en medio del tiempo de aires frescos, viéndome precisado en una de las presentes noches de esta Cuaresma, en uno de los ejercicios que se acostumbran hacer en el Panteón, practicarlos en el Cuerpo de la Iglesia a causa del hedor insufrible que se advertía exhalaban los cuerpos que en dicho Panteón estaban sepultados, y esto con frecuencia por más que vivo con el cuidado para que, abiertas sus puertas, se logre de una perfecta ventilación…[5]

Son constantes las referencias a cómo estos panteones se habían quedado pequeños, resultando insalubres y encontrándose masificados de cuerpos; estos recintos subterráneos de nuestro templo principal quedarían sin más uso funerario tras la apertura del nuevo cementerio, quizá a finales de 1802 (ya en 1803 los entierros se llevan a cabo …en el cementerio nuevo construido junto a la ermita de San Benito...[6]), quedando así estos espacios abandonados, cerrados, y con el paso del tiempo, olvidados.

Desde esos entonces nadie más habría de recibir sepultura en el interior de la parroquia de San Sebastián (que quedaría de este modo desprovista de esta función sepulcral), ni tan siquiera los personajes más ilustres de la Villa portorrealeña, propietarios de las sepulturas de sus linajes emplazadas (como hemos venido viendo en los artículos anteriores) en el interior de este templo; sirva como ejemplo de ello el caso del cuarto conde de Vega Florida, don Francisco de la Rosa y Arnaud, capitán de fragata de la Real Armada, que contaba con plenos derechos a recibir sepultura en la tumba de su padre, el tercer conde, don Nicolás de la Rosa y Levazor, pero que se vería forzado a optar (obligado a ello por las circunstancia y por el celo de las autoridades portorrealeñas) por ser sepelido, a su fallecimiento en 1823, en el entonces nuevo cementerio de San Benito, de acuerdo con lo que queda reflejado en su testamento:

…mando que mi cadáver, vestido con el uniforme que uso, y puesto en caja propia cerrada con llave, sea sepultado en uno de los nichos del cementerio común de San Benito, extramuros de esta Villa…[7]

REFERENCIAS:

[1] Iglesias Rodríguez, J.J.: La epidemia gaditana de fiebre amarilla de 1800. Diputación Provincial de Cádiz. Jerez de la Frontera, 1987, esp. pg. 179.

[2] AHMPR. Sec. Ayuntamiento. Expediente por incidente formado sobre establecimiento de Cementerio. Exp. Ms. nº 2502, f. 27 y 28.

[3] AHMPR. Autos formados en razón de establecimiento de Cementerio. (1798), f. 7.

[4] AHMPR. Autos formados en razón de establecimiento de Cementerio. (1798), f. 14.

[5] AHMPR. Autos formados en razón de establecimiento de Cementerio. (1798), f. 15.

[6] Véanse sobre este particular los testamentos redactados en Puerto Real durante el año 1803.

[7] AHPC. Protocolos notariales, sec. Puerto Real, L. 229, f. 448.

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