Como señalábamos en el artículo precedente, la plaza de Jesús constituye uno de los principales ejes (si no el principal) del espacio público en el seno del viario portorrealeño tanto en lo que se refiere al momento actual como desde una perspectiva histórica.

El nombre de esta significada plaza, como veníamos señalando en las líneas del capítulo anterior, le viene dado a la misma a partir de una imagen de Jesús Nazareno que se encontraba en la antigua ermita de San Roque (ermita localizada en la referida plaza y demolida en 1868, en el contexto de la revolución “Gloriosa” que derribó a la reina Isabel II del Trono), una imagen que gozó de gran devoción entre los habitantes de la localidad hasta el punto de generar toponimia urbana en el mismo corazón del casco urbano de la Real Villa.

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Otros nombres de la plaza a lo largo de su historia particular han sido el de “Isabel II”, que ostentó este espacio durante el reinado de dicha soberana (que se extendió entre 1834 y 1868), y el de plaza “de España”, bajo la dictadura franquista (esto es, a lo largo de varias décadas del pasado siglo XX).

La plaza cuenta con forma de salón, alargada, y cuenta con una gran carga de personalidad y una fuerte identidad propia; desde el punto de vista material, físico, la plaza de Jesús de Puerto Real constituye un espacio bien definido localizado (atendiendo a sus máximos) entre la calle Nueva y el callejón del Obispo, un espacio que apenas ve alterada su identidad y su homogeneidad por la irrupción en su contexto de la calle Soledad que la cruza marcando así los ritmos de una suerte de “conflicto” histórico entre la referida calle y la plaza resuelto sólo a medias; en nuestros días, la calle Soledad -una de las arterias principales del casco histórico entre las vías perpendiculares a la línea de costa, en cuyas orillas se emplazan elementos singulares de la vida de la ciudad como la sede del Ayuntamiento (de principios del siglo XX) o uno de los accesos al Mercado de Abastos (de fines del siglo XVIII), por no señalar que al término de dicha calle y en el eje de su desenlace en la calle Amargura, se encuentra (ya en la citada calle Amargura) otro monumento singular de la Villa como es el Teatro Principal de Puerto Real, que data de mediados del siglo XIX) vuelve a atravesar a la plaza mediándola y atravesándola con tráfico rodado).

La Plaza de Jesús ha pasado por distintos momentos a lo largo de su Historia (que se extiende grosso modo desde el siglo XVIII hasta hoy); su fisonomía ha variado, quedando, en líneas generales, su forma y sus dimensiones esenciales en buena medida intactas a lo largo del tiempo. Desde principios del siglo XIX la plaza ha experimentado diversas transformaciones, como la del año 1828, que la dotaría de farolas y de una fuente, la de 1851, la de 1872, cuando el solar de la ya desaparecida ermita de San Roque sería añadido al cuerpo general de la plaza, la de 1928, y las últimas (hasta el momento presente), la (desafortunada) de 1988, y la de 2005, que han conferido a la plaza su aspecto actual.

La naturaleza y el carácter céntrico de este espacio público se han visto desde siempre reforzados por la presencia en su entorno (y en su contorno) de algunos edificios señeros de la Real Villa. Desde el tan relevante -en la Historia particular de la Villa- siglo XVIII y hasta hace relativamente no mucho tiempo (prácticamente la última década del pasado siglo XX) existió en esta plaza una Casa Palacio de los obispos de Cádiz, casona que daría nombre al “Callejón del Obispo”, en cuya esquina con la plaza de Jesús se encontraba dicha residencia episcopal.

Existen en el contexto de esta plaza diversos edificios dignos de mención, algunas de las cuales se remontan a mediados del siglo XVIII, unas casas que representan significativos ejemplares de la edilicia civil ilustrada. Estas casonas dan, además, una idea del carácter privilegiado de la zona y de su peso en la Historia portorrealeña. Un vecino más de esta plaza sería el Puerto Real C.F., el cual hasta fechas relativamente recientes tendría su sede social en una casa de este entorno. Igualmente en la misma (en el tramo comprendido entre las calles Soledad y Nueva) se encontraba, en tiempos, la sede del Casino portorrealeño, que en alguna ocasión albergaría a un regio visitante como Isabel II.

No podemos tampoco pasar por alto la presencia en el mismo corazón de la plaza de las Casas Consistoriales de la Real Villa -el popular “Ayuntamiento Viejo”, construido en los primeros años del siglo XX y que alberga la sede del Consistorio[1]. De equilibradas líneas, la fachada de este edificio -como las de otros del entorno- brinda un toque de innegable elegancia al conjunto integral de la plaza de Jesús.

Entre otros elementos singulares es posible destacar sin lugar a dudas el conjunto general de este histórico edificio, conformado como tal unidad por los jardines (hoy tristemente desaparecidos como consecuencia de una muy desafortunada decisión política municipal ejecutada en 2004), las verjas y rejas (ya centenarias) del cerramiento del conjunto (que se salvaron de ser eliminadas gracias, entre otras cuestiones, a nuestra intervención)[2], y la propia estructura de la casona, que responde al modelo de villa romántica decimonónica (de hecho la construcción data de los muy primeros años del Novecientos), del cual tipo arquitectónico este edificio representa además el principal ejemplo con el que contamos en nuestra ciudad.

Es digno de mención asimismo el remate superior de la fachada, con la torrecilla del reloj y el cuerpo de campanas de la citada torrecilla, que cuenta con imágenes del escudo de la Real Villa (unos escudos que aún hoy -y desde los años 30 del siglo pasado- se muestran incompletos).

Aún hoy el entrañable y viejo edificio del Consistorio (del “Ayuntamiento Viejo”) se mantiene en activo, albergando varias dependencias municipales y la sede de la alcaldía local; su Salón de Plenos sirve asimismo como marco a actos de distinta naturaleza, entre los que destacan los eventos culturales, en pleno corazón de la histórica plaza de Jesús de Puerto Real.

Notas

[1] Excepto durante un breve lapso de tiempo a caballo entre los fines del siglo XX y los muy primeros años del siglo XXI, cuando por capricho arbitrario de una voluntad personalista el edificio histórico del Ayuntamiento se vió desprovisto de sus funciones principales; felizmente la sede histórica del Consistorio portorrealeño ha vuelto a recuperar el papel que nunca debió perder.

[2] Se pretendía romper la realidad integral que conformaban la casona del Consistorio, los jardines de la misma y el cerramiento del conjunto, algo que obedecía -una vez más- a una desafortunada concepción de cómo tratar el Patrimonio Histórico local, que durante décadas pareció padecer el capricho de una cabeza rectora, por así decirlo, poco interesada en su preservación y más preocupada por dejar huella propia casi a cualquier coste -recuérdense al respecto desmanes como los ejecutados en el Porvenir, con la pérdida de elementos históricos, en el ámbito de la Ribera del Muelle, con la desaparición de la Caja del Agua del Muelle, o en el contexto del Pinar de Las Canteras, con la pérdida asimismo de elementos singulares de nuestro Patrimonio Arquitectónico como sería el caso, entre otros, del Chalet de Comes…, todos sucedidos bajo las primeras corporaciones municipales democráticas, y siempre bajo la misma cabeza rectora; esta intención destructora se consiguió parcialmente con la desaparición del pequeño e histórico jardín que integraba el conjunto (y lo embellecía, dando carácter al mismo), si bien fue posible (gracias a la intervención de voces preocupadas por nuestra Historia y una sensible oposición ciudadana a este despropósito) evitar que el desastre se completase: de este modo fue posible conservar el cerramiento del conjunto, con la reja del mismo, un elemento histórico centenario preservado para las generaciones futuras malgrado una pésima intención afortunadamente frustrada; es de señalar que en el marco de estas “cabezonadas” destructivas se perdería para siempre una de las señas de identidad de la plaza de Jesús, la “farola de los leones”, así como sería asimismo destruida una de sus señas de identidad física histórica al verse desprovista la plaza del zócalo que la conformaba en el tramo comprendido entre el Callejón del Obispo y la calle Soledad, también a fines del siglo XX, creándose un espacio duro y plano despojado de toda relación con lo que había sido la fisonomía histórica del conjunto de la plaza desde fines del Ochocientos, y todo al arbitrio capricho de una voluntad muy discutible y, sin duda, de un gusto no menos discutible.

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