La isla del Trocadero es una de las unidades más relevantes del interior del saco meridional de la Bahía de Cádiz. Incluida en el Parque Natural de la Bahía, su importancia no se circunscribe a sus características geográficas y físicas, sino que cuenta con personalidad histórica propia, estando indisolublemente ligada por sus méritos a la Historia de España y Francia.

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Desde los primeros asentamientos de los colonos mediterráneos (especialmente, fenicios) en las costas del Sur y el Levante de la Península Ibérica, el ámbito del litoral gaditano en general, y de la Bahía en particular, se perfila como un centro neurálgico de primerísimo orden, ámbito dentro del cual será a la llegada de los romanos cuando el espacio portorrealeño alcance mayor proyección. Espacio inmerso en las leyendas de la Antigüedad, fundido con los mitos hercúleos y con la memoria más remota de los habitantes de las tierras tartésicas, el territorio de Puerto Real en los tiempos clásicos habría de conocer una prosperidad de la que presentan testimonio los vestigios romanos que jalonan su término.

En este sentido, ya autores de la Romanidad como Estrabón detallan cómo el segundo puerto de la Gades romana (la tercera ciudad más importante del momento, tras Roma y Alejandría, capital que fuera de la famosa reina Cleopatra) podría haberse encontrado quizá en las riberas de nuestra Real Villa, allá por el siglo I de nuestra Era Cristiana; si bien no ha podido aún identificarse de forma absoluta la ubicación de dicho puerto comercial (construido por iniciativa del gaditano Balbo, miembro del equipo técnico del emperador Augusto), el Trocadero podría reclamar su papel, de acuerdo con varios investigadores, como uno de los posibles candidatos a reclamar para sí la identidad de dicho recinto comercial imperial romano.

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Tras el relativo “letargo” medieval, cuando, a pesar de lo que dan a entender los tópicos históricos tanto tiempo mantenidos (“Puerto Real fue fundado en 1483…”), Puerto Real y más concretamente el Trocadero seguirían sirviendo como un espacio portuario fundamental, como la salida natural hacia Cádiz de los productos y ambiciones del interior de la Bahía (y viceversa, como punto fundamental de interacción desde Cádiz hacia el retroterra del entorno, hacia Jerez, por ejemplo, y hacia Medina Sidonia), será a partir de tiempos más recientes (a partir de los siglos XVI y XVIII, quizá) cuando la isla del Trocadero comience a alcanzar su mayor peso específico en el conjunto de la Historia de España (y en la historia particular y propia de nuestra localidad).

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Astillero y Arsenal de la Real Armada, punto de partida para las Flotas de Indias, vital enlace de cara a la conexión de los Reinos de España con sus posesiones ultramarinas, son aún evidentes a simple vista los diques e instalaciones destinadas a la construcción y mantenimiento de los grandes bajeles -galeones, fragatas, navíos- que a lo largo de los siglos surcaron las aguas del Atlántico y tejieron los lazos de unión entre Europa y América (instalaciones que fueron objeto ya de nuestra atención en un anterior artículo de esta serie de “Tesoros”, allá por 1996).

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El Trocadero, además, entraría a formar parte de la estrategia defensiva del interior de la Bahía de Cádiz, contando dentro de los límites de su isla con un baluarte fortificado, el Castillo de San Luis (que también recibiera el nombre de “Fort Louis”), el cual constituía un conjunto integral de fortalezas junto con los castillos de La Matagorda (también en tierras portorrealeñas) y Puntales (ya en la propia Cádiz). Estas tres estructuras defensivas contaban con un sofisticado sistema de obstrucciones (fijas y móviles) y bloqueo para la navegación que probaría su habilidad impidiendo la salida a mar abierto de diversas unidades navales francesas en 1808 (y ayudando en la captura de las mismas por nuestros paisanos de entonces); al mismo tiempo, el fuego cruzado de las piezas de artillería en ellas instaladas suponía una barrera infranqueable para quien intentase acceder al saco meridional de la Bahía desde el exterior de la misma (barrera que no llegaría a ser nunca superada).

Continuaremos en los siguientes párrafos acercándonos desde una perspectiva histórica a uno de nuestros hitos geográficos e históricos locales: la isla del Trocadero, tan poco considerada a veces en las reflexiones de los historiadores (en general) y, sin embargo, tan ligada a la Historia de España, protagonista incluso de hechos históricos que hubieron de resultar fundamentales para la posterior evolución de los acontecimientos políticos en el siglo XIX, consecuencia última de cuyo desenvolvimiento habría de ser la guerra civil de 1936-1939 (y la larga y dura postguerra, que el presente año constituyese el eje central de la VII edición de nuestras Jornadas de Historia de Puerto Real).

En los párrafos anteriores terminábamos hablando del “Fort Louis”, y será ahora este Castillo de San Luis el objeto principal de nuestra atención; sus estructuras, aún por estudiar convenientemente, continúan desafiando (reducidas a niveles casi estrictamente arqueológicos) el paso de los tiempos, tras tomar parte y haber servido como escenario a dos de los hechos de armas más significativos de la común Historia de dos países vecinos como son España y Francia: el primero de estos “episodios” (parafraseando a Pérez Galdós) sería el asedio a Cádiz por los ejércitos imperiales de Napoleón, en el transcurso de la Guerra de la Independencia (1808-1813).

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El segundo “episodio” histórico estaría representado por los enfrentamientos entre constitucionales (liberales) y absolutistas (partidarios del Orden del Antiguo Régimen) que salpicaron el primer tercio del siglo XIX español, y que forman parte de las luchas entre las tendencias liberales y conservadoras que jalonan los dos primeros tercios del siglo XIX europeo, unas luchas que cristalizarían en sucesos como las revoluciones de 1830 y 1848 en Francia, que darían paso a la Monarquía de Luis Felipe y a la República del 48 respectivamente; ya en España, las guerras carlistas habrían de convertirse en el eje articulador de los enfrentamientos entre liberales y conservadores.

Instalado en la Villa de Puerto Real el Cuartel General de los ejércitos franceses en la Bahía Gaditana (a consecuencia de lo cual se produjo la destrucción material de más de dos tercios del caserío portorrealeño), durante el primero de los hitos históricos señalados, el Fort Louis habría de servir (desde 1810 y hasta fines de 1812) como base para las baterías francesas que trataban, infructuosamente, de someter con su fuego al Castillo de Puntales; ambas fortalezas se convertirían de este modo -una, Puntales, del lado español y otra, el Fort Louis (junto a La Matagorda), del lado francés- en los ejes fundamentales del duelo artillero que sostuvieron Cádiz y sus sitiadores durante dos largos años (sin olvidar el papel del castillo de Matagorda, tercer vértice de este triángulo de fuego, igualmente en manos del invasor francés).

De este modo, el Castillo de San Luis entra a formar parte de la Historia común de España y Francia (de Europa), creando un punto específico de conexión material (el espacio físico de la isla del Trocadero) que deviene síntesis espacial de un conflicto (intelectual, moral, ideológico) que trasciende del mero enfrentamiento bélico entre dos naciones cualesquiera y participa de las convulsiones que agitaron Europa en el tránsito entre los siglos XVIII (que tan próspero fuera para el Imperio Español y para la Real Villa) y XIX (que hubo de suponer la definitiva decadencia y ocaso de dicho Imperio).

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Estas convulsiones señalarán un cambio fundamental en la Historia de nuestro Continente (de nuestro Mundo Occidental, cuando menos): el de la transición del “Antiguo Régimen”, de la Sociedad Estamental Medieval, oprimida por los privilegios devenidos Ley de un grupo social determinado y privilegiado (la nobleza) al Mundo Contemporáneo (supuestamente “libre”, “igualitario” y pretendidamente “fraternal”), de la mano de la acción transformadora de la Revolución Francesa (extendida en el tiempo y el espacio a través de las revoluciones liberales del siglo XIX).

Si ya hemos hablado, siquiera someramente, del papel del Castillo de San Luis en el asedio francés a Cádiz durante la Guerra de la Independencia, haremos ahora mención de un acontecimiento bélico distinto que habría de señalar un punto de inflexión en nuestra trayectoria constitucional; al mismo tiempo se trataría de un ejemplo de la efectividad de los mecanismos de intervención internacionales creados como mecanismo de defensa por los Reyes que habían sido destronados por la Revolución Francesa y Napoleón (la “Santa Alianza”, por ejemplo).

Estos mecanismos surgieron tras el Congreso de Viena, celebrado en dicha ciudad, capital del Imperio de los Habsburgo en 1815, una reunión que supuso el primer intento de la comunidad internacional (o de parte de la misma, al menos) para configurar un foro que pudiera servir para resolver los problemas que pudieran plantearse sin necesidad de recurrir a la vía militar. Desde este punto de vista, la intervención francesa en España en 1823 responde grosso modo al modelo de “intervención internacional”, si bien el interés por aquellos entonces no radicaba en mejorar las condiciones de vida de los “intervenidos”, sino en estrangular los movimientos constitucionales allá donde surgieran, como en la España del “Trienio Liberal”.

Tras los sucesos de la Guerra de la Independencia, encontraremos nuevamente en el Trocadero un punto de referencia básico para España y Europa: en el Fort Louis se produciría la fallida defensa de las libertades (de la Libertad), pero invertidas ahora las tornas; en 1823, un ejército francés se encuentra de nuevo a las puertas de Cádiz, pero en esta ocasión no son las armas de la Revolución las que baten las murallas gaditanas: esta vez ese ejército galo, los llamados “Cien Mil Hijos de San Luis”, al mando del cual se encontraba un príncipe real francés, el duque de Angulema, viene a la Península Ibérica para restablecer al monarca español, Fernando VII, en sus poderes absolutos.

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En agosto de 1823 Fernando VII (el mal llamado “Deseado”) se encuentra en la isla y ciudad gaditana, retenido por los liberales (que constituían el gobierno de la nación); el Gobierno liberal español trata de sostener los principios de la Constitución de Cádiz de 1812 (que son hermanos de los principios de la Ilustración dimanados de la Revolución de 1789) frente a la agresividad de una conservadora Europa que no va a consentir que en ningún rincón del Continente el Constitucionalismo pueda mantenerse en el Poder (poder que obtuvo tras el pronunciamiento liberal de Riego en Las Cabezas de San Juan el año 1820).

De esta forma esos “Cien Mil Hijos de San Luis” llegarán a la Bahía Gaditana, sitiarán (como lo hicieran las armas napoleónicas tres lustros atrás) la plaza fuerte de Cádiz, tomarán por asalto el Castillo de San Luis (imposible no observar la comunidad onomástica entre asaltante y asaltado) y tras provocar la destrucción de dicha fortificación, ahora sí, conseguirán lo que diez años antes no se pudo alcanzar: la rendición (que no conquista) de la antigua Gades, si bien la presencia de este ejército en nuestro solar no acarreará para la Villa una destrucción análoga a las provocadas por los angloholandeses en 1702 o por los propios franceses entre 1810 y 1812.

Este segundo hecho de armas no sólo llevaría a la caída del Gobierno Constitucional español, sino a la inmortalización del nombre del Trocadero en pleno corazón de Francia, en París, como una prueba más de la indisoluble relación de esta isla gaditana, el Trocadero, y su baluarte defensivo, el Fort Louis, con la común Historia de España y Europa, hasta el punto de que este espacio geográfico cuenta con un peso específico (siquiera como elemento episódico) en el pasado de nuestro continente, de modo que dos estados europeos como son España y Francia pueden reclamar para sí su propio papel y parte en los hechos de armas citados y su espacio histórico-político en la isla del Trocadero, que es (como venimos señalando) uno de los espacios históricos con más personalidad del entorno de la Bahía, y del término municipal de Puerto Real, que tanto tiene que ver con la historia de nuestra construcción naval y de las navegaciones atlánticas, y que forma parte de la raíz de nuestra historia medieval, cuestiones a las que habremos de dedicar párrafos propios en futuros capítulos de esta serie consagrada a la Historia de Puerto Real, una vez más.

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