Un equipo de la Universidad de Cádiz (UCA) ha constatado que el borde de las marismas de El Trocadero, en Puerto Real, retrocedió una media de siete metros al año entre 1978 y 2022, el mayor retroceso registrado entre las zonas analizadas. La investigación, difundida por la universidad el 5 de octubre, reconstruye la evolución de estos ecosistemas mediante imágenes aéreas históricas y advierte de la necesidad de adaptar su conservación a las características de cada enclave.
El estudio sitúa a El Trocadero entre los espacios más afectados por la regresión de las marismas de la Bahía interior, donde el retroceso medio del borde alcanza los 2,4 metros anuales. Los resultados documentan una pérdida de hábitats que cumplen funciones esenciales para el entorno de Puerto Real, como la protección natural frente a las inundaciones costeras, el mantenimiento de la biodiversidad y el almacenamiento de carbono.
El Trocadero conserva menos del 5% de su marisma baja de 1978
Uno de los datos más relevantes de la investigación es la reducción de la marisma baja de El Trocadero, cuya superficie ha quedado por debajo del 5% de la que ocupaba en 1978. Esto supone la pérdida de más del 95% de la extensión de este hábitat durante el periodo analizado.

La evolución también afecta a la marisma media, aunque con una intensidad diferente. En este caso, la superficie se ha reducido hasta aproximadamente el 75% de su extensión inicial, lo que equivale a una disminución cercana al 25%.
Los resultados distinguen, por tanto, entre el desplazamiento del borde de la marisma, medido en metros por año, y la reducción de la superficie de sus distintos hábitats. Ambos indicadores reflejan la transformación de este enclave puertorrealeño a lo largo de las últimas décadas.
La investigación ha sido realizada por Concepción N. Rodríguez-Rojo, Juan J. Vergara, Laura del Río y Gloria Peralta, de los departamentos de Biología y Ciencias de la Tierra y adscritos al Instituto Universitario de Investigación Marina (INMAR).
El trabajo se ha publicado en la revista internacional Journal of Environmental Management con el título Long-term evolution of salt marsh landscape change in a human-modified estuarine system (1956–2022): Implications for resilience and adaptive management.

Una pérdida que afecta a la protección costera y al carbono azul
La degradación de las marismas tiene consecuencias que van más allá de la desaparición de superficie natural. Estos ecosistemas ayudan a proteger el litoral frente a las inundaciones, favorecen la biodiversidad y almacenan carbono azul, el carbono capturado y retenido por los ecosistemas marinos y costeros.
Según explica el equipo investigador, la pérdida de vegetación reduce la capacidad de retirar dióxido de carbono de la atmósfera y puede convertir estas zonas en fuentes de emisión de CO₂.
En Puerto Real, la evolución de El Trocadero supone así una reducción de las funciones ambientales que estas marismas prestan al territorio. El estudio aporta una perspectiva histórica para valorar su vulnerabilidad y orientar las medidas de conservación.
Las causas y las soluciones varían según cada zona
El equipo de la UCA advierte de que no existe una relación simple entre una única causa y la pérdida de marismas. Entre las presiones que afrontan estos ecosistemas figuran el aumento del nivel del mar y la reducción de los sedimentos aportados por los ríos.

La respuesta de cada espacio depende también de sus características geomorfológicas, su conexión con las mareas y las transformaciones humanas experimentadas a lo largo del tiempo.
Para reconstruir esa evolución, el Laboratorio de Carbono Azul de la UCA ha analizado fotografías aéreas históricas en blanco y negro y ortofotografías en color correspondientes al periodo 1956–2022. Las imágenes se han integrado en Sistemas de Información Geográfica y se han combinado con cartografía de hábitats y técnicas para medir el desplazamiento del borde de las marismas.
La comparación muestra trayectorias diferentes en El Trocadero, Santibáñez y Punta de la Clica. Esta última zona, en San Fernando, experimentó una expansión entre 1956 y 1978, pero posteriormente pasó a registrar un retroceso de 1,8 metros al año.
Aunque los espacios estudiados presentan diferencias, sus trayectorias tienden a converger hacia un escenario general de regresión. Ante esta situación, el equipo investigador considera insuficiente la conservación pasiva y reclama medidas adaptadas a la evolución y las características de cada enclave, una conclusión especialmente relevante para El Trocadero por la magnitud de las pérdidas documentadas.


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