Hace ahora trescientos años (precisamente en este mes de mayo es cuando se cumplen) que la Monarquía Hispánica decidió cambiar la sede de la gestión de los asuntos económicos del Imperio, de las oficinas desde las que se gestionaba todo el tráfago oficial del comercio imperial.

Dicha sede, establecida en Sevilla desde su propia constitución como tal en fecha tan temprana como 1503, fue trasladada por Felipe V de Borbón apenas terminada la guerra que acarreó su ascenso al Trono a la muerte del último de los soberanos de la Casa de Austria, Carlos II (tío del príncipe francés devenido heredero de la Corona de España, el antedicho Felipe de Borbón), y asentada en Cádiz el mes de mayo del año 1717.

La Guerra de Sucesión Española (1700-1714) adquirió dimensiones internacionales, y se convirtió en un conflicto paneuropeo en el que las diferentes potencias de la época, como Francia, el Sacro Imperio Romano (Austria), Inglaterra, Holanda se enfrentaron entre sí, unas para impedir que la Casa de Habsburgo continuase reinando en los Imperios español y austríaco, y otras para impedir que Luis XIV consiguiese “colocar” en el Trono de España a uno de sus nietos, a un príncipe de la Casa de Borbón.

Felipe V vestido a la Española

Felipe V vestido a la Española

Este conflicto polarizó a la Europa de la época trascendiendo sobradamente de la dimensión española del mismo; desde la óptica peninsular, realmente se trató de una guerra entre los distintos territorios peninsulares de la Monarquía Hispánica, con, en líneas generales, los antiguos reinos y territorios de la Corona de Aragón decantándose por el aspirante Habsburgo, el archiduque Carlos (que no conseguiría ser rey de España al convertirse en emperador de Austria, lo que provocó que sus aliados, definitivamente, lo abandonasen prefiriendo de este modo evitar que un mismo soberano reuniese en su cabeza las dos coronas, de España y Austria, como sucedió con el emperador Carlos V doscientos años antes, a principios del siglo XVI), mientras los reinos y territorios de la Corona de Castilla se alinearon con el pretendiente francés, el duque de Anjou, Felipe de Borbón, nieto de Luis XIV. Es de señalar que ambos candidatos al Trono español eran primos entre sí y sobrinos del fallecido soberano hispano, Carlos II de Habsburgo.

La Guerra de Sucesión Española se zanjaría con la Paz de Utrecht: una consecuencia no sólo del agotamiento de los largos años de enfrentamiento en Europa y de la evolución bélica del conflicto propiamente dicha, sino de –como se ha señalado, el ascenso del aspirante austríaco al Trono imperial, lo que llevó a que sus aliados (Inglaterra y Holanda) le abandonasen ante el peligro de que, como hemos señalado, se repitiese el caso del emperador Carlos V de modo que la misma persona reuniese en sí la Corona del Sacro Imperio y la Corona del Imperio español; ello terminó haciendo a Felipe de Borbón rey de España, convirtiéndole en Felipe V, el primer soberano Borbón de la Monarquía Hispánica.

El nuevo soberano español y su gobierno trataron de imprimir nuevos ritmos a la administración del estado, y dentro de esa política reformista y de racionalización de las estructuras de gestión de la Corona se insertaría el traslado de la Casa de la Contratación desde Sevilla a Cádiz, por motivos que iban desde lo económico hasta lo político, desde lo práctico y lo funcional hasta lo defensivo.

En dicho contexto de racionalización de la gestión de la administración se produce el traslado de la Casa de Contratación a Cádiz, desde el actual Archivo de Indias hasta el actual Palacio de la Diputación Provincial, como venimos señalando, un hecho esencial para la evolución histórica de la Bahía gaditana, de la ciudad de Cádiz y de la Villa de Puerto Real.

Y desde hace ya unas semanas venimos tratando el tema de cómo un portorrealeño de la época, un paisano de principios del siglo XVIII, un vecino de la Villa de hace trescientos años, pasea por las calles del Puerto Real actual, intentando ver a través de sus ojos, descubriendo qué jalones del Patrimonio de la Real Villa le son familiares, qué elementos de nuestro paisaje cultural, monumental, podrían resultar conocidos para una persona de hace tres siglos.

Carlos VI ya emperador del Sacro Imperio

Carlos VI ya emperador del Sacro Imperio

Este deambular por el casco histórico de la localidad ha llevado a este personaje de hace trescientos años por diversos monumentos de nuestro paisaje urbano, de nuestro paisaje histórico, y en la anterior entrega lo habíamos dejado en la confluencia entre las calles Vaqueros y de la Plaza, donde nuestro paisano tricentenario viene a incorporarse al flujo de personas que, cada cual con sus razones y sus afanes, conforman los perfiles cotidianos de nuestro paisaje urbano habitual por la principal arteria peatonal de la Villa.

En la calle Nueva, que se asoma al viario portorrealeño desde finales del siglo XVII, nuestro amigo tricentenario podría encaminar sus pasos hacia el Mercado de Abastos, obra de fines del siglo XVIII que sin duda habría de sorprender a un visitante del tiempo como el nuestro, a quien posiblemente resultasen familiares las estructuras y el aspecto de un edificio histórico como éste, perteneciente al mismo siglo XVIII que nos viene ocupando, si bien a una época más reciente que la que corresponde al traslado de la Casa de la Contratación.

Esta gran obra de arquitectura civil, uno de los elementos más destacados y representativos de nuestro Patrimonio Histórico, uno de los ejemplos más antiguos de mercado de abastos construido como tal -fruto de los esfuerzos racionalistas de la Ilustración- y aún en funcionamiento en Andalucía podría ser recorrido por nuestro paisano, quien podría encontrar en sus calles vida, animación, energía y colorido, elementos todos que habrían sin duda de animar su paseo por este entorno.

El espíritu y la iniciativa que llevaron a la construcción de este Mercado de Abastos nuestro son los mismos que imprimieron ese carácter racionalista a la gestión del comercio transoceánico; así, podemos señalar sin temor a equivocarnos que el traslado de la Casa de la Contratación de Sevilla a Cádiz y la construcción de la Plaza de Abastos portorrealeña son jalones de un mismo camino, y que en buena medida este edificio histórico de nuestro paisaje cultural es una consecuencia del dicho traslado de la Casa de la Contratación a la Bahía.

Así, una ciudad tan viva y pujante como sería el Puerto Real del XVIII, potente económica y demográficamente -es de señalar- gracias a los efectos positivos de la economía transoceánica, de la “economía-mundo” que en buena medida tenía en la Bahía de Cádiz uno de sus pivotes, uno de sus ejes articuladores, llegaría a necesitar un edificio como el Mercado, como la Plaza de Abastos (un edificio funcional y situado cerca del mar, no por casualidad sino para facilitar el transporte de los productos que en el mismo se comercializaban y con ello el acceso de dichos productos al mismo, para su abastecimiento, pero también para procurar una mejor salida de dichos productos tras su venta, con las olas como la mejor carretera y vía de comunicación, como era propio del mundo preindustrial, del mundo anterior al motor de explosión) que sirviese como elemento articulador del consumo, como elemento dinamizador de la economía de la ciudad, como elemento, a la vez, vertebrador del casco urbano en una zona en crecimiento en la época en que fue erigido (la ribera del Muelle y la zona del casco urbano que se proyectaba en dirección a la zona industrial que hoy conforma el Barrio de la Jarcia, heredero en su toponimia de las actividades productivas de esa zona de la Villa en el Setecientos).

El Mercado de Abastos, “la Plaza”, de Puerto Real, es, pues, un ejemplo más de esa racionalización de las actividades económicas que la Ilustración trató de imprimir al que no en vano fue llamado el “Siglo de las Luces”, ese siglo XVIII a cuyos inicios pertenece nuestro paisano tricentenario y a cuyos finales pertenece la construcción del Mercado de Abastos que, desde aquellos entonces, sigue cumpliendo sus funciones, aquellos fines para los que fue diseñado y construido.

Si nuestro paisano de hace tres siglos accedió, en su paseo por el Puerto Real de hoy día, al histórico edificio por la calle Nueva, bien podría salir del mismo por la calle Soledad, embocando dicha calle hasta su intersección con la plaza de Jesús. Allí encontraría un espacio urbano diferente del que conociera en su día, como adelantábamos la semana pasada.

Si a principios del siglo XVIII la céntrica plaza se encontraba en los primeros momentos de su proceso de configuración (cerrándose paulatinamente su perímetro con edificaciones de porte significativo a lo largo del referido siglo y conformándose así la plaza a lo largo de dicha centuria), es oportuno señalar que el aspecto de esta ágora portorrealeña habría de resultar sensiblemente diferente hoy en día de lo que fuera hace trescientos años.

El Ayuntamiento Viejo, sede de las Casas Consistoriales de la Villa desde principios del pasado siglo XX no existiría en 1717, como tampoco existiría la mayor parte de los edificios que en la actualidad salpican las orillas de la plaza desde la calle Nueva hasta el callejón del Obispo (las dos cabeceras reales de un espacio que siempre ha mantenido un pulso con la calle Soledad, que lo divide y hace que quede difuminada su verdadera naturaleza completa, haciendo que parezca que la Plaza se reduce al espacio entre la citada calle Soledad y el mencionado callejón del Obispo), y cuya aparición habría de ser resultado de la evolución del caserío local a lo largo del siglo XVIII (como señalábamos en la precedente entrega de esta serie), lo que acabaría dando forma material y efectivamente a un espacio (el de la Plaza de Jesús) que comenzaría el citado siglo de las Luces casi como un descampado (un espacio abierto en las afueras del casco urbano) y lo terminaría ya como una plaza propiamente dicha, un espacio de carácter fundamental en el conjunto del casco urbano portorrealeño.

No entraremos ahora en el capítulo de las “desapariciones” de edificios históricos en el contexto de la referida plaza de Jesús, por tratarse de edificaciones (como la capilla de San Roque y la Casa del Obispo) que nuestro paisano del Tricentenario no habría llegado a conocer y, por ello, no echaría ahora a faltar en su paseo contemporáneo por este entorno histórico.

Finalmente, y dejando atrás la plaza de Jesús, en la esquina de las calles de la Plaza y Santo Domingo, el Conventillo de Filipinas (muy transformado en sus exteriores y aún más en su interior…) quizá llamase la atención de nuestro paisano: se trata de un trozo de Manila (desde el punto de vista de la adscripción religiosa y administrativa del edificio en el siglo XVIII), incrustado -por así decirlo- en pleno corazón de Puerto Real… Así pues, nos encontramos ante una de las escasas muestras que conservamos (aunque se encuentre muy mermada en su perfil histórico, realmente) de la histórica relación de la Villa con el Lejano Oriente, con las islas Filipinas, a la que hay que sumar algunos elementos patrimoniales supervivientes conservados en la parroquia de San Sebastián, como el Crucificado de marfil que se conserva en la parroquia de San Sebastián o las pilas de agua bendita de la citada Prioral, unos elementos de malacofauna gigante, unas conchas de bivalvo de gran tamaño que siempre nos llamaron la atención en la infancia, utilizadas (algo muy habitual en este entorno costero gaditano, donde no es difícil encontrar conchas de este mismo tipo y empleadas con la misma función) como pilas para el agua bendita, emplazadas en el acceso al templo, en el interior del mismo junto a la Portada de las Novias, a ambos flancos de la misma.

En la próxima entrega de esta serie acompañaremos a nuestro paisano tricentenario en los que serán los últimos pasos de su caminar por el Puerto Real de hoy, el Puerto Real del año 2017…, cerrando así el que podría ser el itinerario sentimental de un portorrealeño de hace tres siglos que se hubiera visto momentánea y accidentalmente “transferido” al tiempo presente, trescientos años después del traslado de la Casa de la Contratación a Cádiz desde Sevilla en la muy lejana primavera de 1717.

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