Vivimos en un mundo organizado, un mundo en el que hasta los versos tienen medida, en el que la rima debe calzarse, en el que los colores responden a códigos, y en el que los sabores tienen medida (cosa que no sucede con los gustos, o eso queremos creer), y en este mundo milimetrado (falazmente, pero milimetrado), incluso las modernas embarcaciones de recreo, nuestras barcas, barquillas, botes y pateras también deben tener “papeles”, como todo el mundo sabe; papeles, registros, códigos, desde el número de matrícula, registro, lista…, hasta los “papeles” que debe tener quien las maneja, en su caso… Como un vehículo terrestre, vaya, como nosotros mismos (que también tenemos papeles, y somos números).

Los números que muestran en sus proas nuestras barcas, como sucede con sus mismos nombres y también con los colores que muestran, vienen a servir como elementos identificadores de las mismas para los observadores: esos números ayudan a ubicarlas administrativamente, a identificarlas (y no sólo administrativamente), ayudan a construir su identidad, su imagen ante el mundo, y a ubicarlas en los registros de este mundo ordenado (o que pretende serlo).

En el medio marino, las señas de identidad son muy necesarias, tanto para darse a conocer en la distancia como para esconderse tras símbolos imprecisos, cuando no enteramente falsos, caso necesario, hoy como antes (y especialmente en según qué escenarios tanto geográficos como históricos).

Sabemos que en la Antigüedad navegantes míticos como los Cabiros, como los Ocho Hermanos de los relatos mitológicos, los navegantes fenicios de Lisboa que llegaron hasta las islas del Océano rompiendo las barreras conocidas hasta esos entonces, o Jasón y sus Argonautas, que exploraron los confines orientales del lejano Mar Negro, o los arqueros de los Vasos de Lliria (en tierras de la actual Comunidad Valenciana, en el Levante de la Península Ibérica), llevaban en sus embarcaciones determinados elementos identificativos que servían a marinos y naves (y es de señalar que en algunos casos las naves venían a tener la consideración, casi, de seres vivos, como sería el caso de la nave “Argos” de Jasón) para darse a conocer o para adoptar una identidad determinada ante unos u otros encuentros fortuitos, incluso disimulando su verdadera naturaleza llegado el caso, y en función de la necesidad del momento.

Hippoi gaditano en Canarias

Hippoi gaditano en Canarias

Ya en tiempos históricos, y de acuerdo con relatos no ya míticos, sino históricos (aunque Historia y Mito no son necesariamente realidades contrapuestas, ni forman parte de horizontes culturales o cronológicos distintos, sino que obedecen a dos formas distintas y complementarias de analizar la realidad, a las dos formas de nuestro pensamiento, la lógico-racional y la mítico-religiosa), los barcos de los navegantes del Mediterráneo antiguo utilizaban los mascarones de proa como elementos distintivos e identitarios; así, por ejemplo, los barcos de los fenicios gaditanos llevaban en las proas la cabeza de un caballo en madera, unas cabezas de caballo que llevarían a que a los barcos gaditanos se les conociera como los “Caballitos gaditanos”, los “Híppoi gaditánoi”.

Y no sólo serían los barcos gadiritas, los barcos de los fenicios gaditanos los que en la Antigüedad surcarían los mares portando unos mascarones de proa a modo de señas de identidad de su naturaleza y procedencia, pues otro tanto sucedería con las naves de otras distintas procedencias (incluso más allá del mundo fenicio), como es el caso de las negras naves de los príncipes aqueos, de los argivos que llevaron la guerra a las doradas playas de Ilión, de la Troya que cantó Homero. Ese caballo de Troya que peina los sueños de los poetas desde hace varios milenios, de haber existido, no habría sido la efigie de un caballo d madera, sino un “Hippos”, un barco con mascarón de proa en forma de caballo, en cuya entraña se habrían escondido los guerreros justos (un comando, diríamos hoy día) para abrir las puertas de la confiada ciudad de Troya y así permitir el paso al resto de los griegos, que acabarían destruyendo de este modo el reino del anciano Príamo.

El caballo, animal sagrado para Neptuno (en la mitología griega), y para la diosa celta Hipona, entre otras divinidades de la Antigüedad, y que era uno de los símbolos de la ciudad de Cartago, es un animal cargado de fuerza y de todo tipo de referencias para la Humanidad a lo largo del tiempo (siendo una de las especies animales con las que más relación guarda la especie humana, y a la que más debe…).

Drakkar Vikingo

Drakkar Vikingo

Los caballos de los barcos de la Gadir fenicia son equivalentes (en el II y I milenio a.C.), dando un salto en el tiempo, a los dragones de los hombres del Norte, a los mascarones proeles en forma de cuello y cabeza de dragón de los barcos vikingos (de los siglos IX-XII d.C., por ejemplo), tan afamados y tan cantados como temidos… Son símbolos de identidad para los hombres, y elementos de identificación con el medio natural: cumplen, por tanto, con una doble funcionalidad: sirven para ser identificados [por los hombres] tanto como para identificarse [con las fuerzas de la naturaleza], haciendo del barco que los porta un animal mítico en sí mismo, convirtiendo a ese ensamblaje de maderas y cordajes en un ser vivo, en un ser mitológico, en una manifestación de las fuerzas de la naturaleza, de una parte, y del carácter de la divinidad con la que está vinculado, de otra.

Porque una de las claves del Mundo Antiguo es la resistencia del Hombre a trascender de la Naturaleza: la Ecología no es una actitud ideológica, sino el marco de referencia (y de desenvolvimiento) para las sociedades antiguas, especialmente antes de que comenzase a desarrollarse (de la mano de la sedentarización, la territorialización y la construcción de las sociedades estatales excedentarias -acumuladoras de riqueza) la separación progresiva (y dolorosa) entre el marco natural -entendido ya como el medio de desenvolvimiento de unas sociedades humanas destinadas a controlarlo- y el medio humano, fruto de la Naturaleza, de la voluntad de los dioses, y destinado a controlar el entorno natural trascendiendo del mismo (como señala, por ejemplo, el “Génesis”, 1.28, cuando la divinidad ordena al ser humano que se reproduzca y domine la Tierra, trascendiendo de su animalidad y enfrentándose al medio natural, no sólo por el procedimiento de situarse “frente al medio”, sino por el decisivo paso de hacerse con el control del medio natural, de dominarlo, de situarse “sobre el medio”, como elemento dominador del mismo).

Barco de Guerra Sidonio, con cabeza de león.

Barco de Guerra Sidonio, con cabeza de león.

Pero, si bien el género humano está progresivamente llamado (o condenado, según se mire), a separarse de la Naturaleza y dominarla (algo que encuentra una expresión y desarrollo diferentes en cada distinta tradición cultural, y que no es en absoluto “de matemático cumplimiento”, por así decirlo), el Hombre antiguo se resistirá a disociarse de las fuerzas de la Naturaleza, que impregnan su horizonte mental y religioso (en realidad, son lo mismo), y tratará de “mimetizarse” o de congraciarse con las mismas para conseguir su protección o su complicidad: tiene (en según qué tradiciones culturales) el mandato de dominar a la Naturaleza, pero aun teniéndolo no se atreve a hacerlo abiertamente, prefiriendo recurrir a procedimientos miméticos para no atraer sobre sí el peso de unas fuerzas naturales (que son a la vez divinas) que no controla, y de las que desconfía, pese a todo.

Uno de los recursos más utilizados como mecanismo de defensa en el mundo natural pasa por hacerse pasar por aquello que uno no es, de modo tal que se consiga “convencer” a los posibles atacantes y predadores de que la apariencia (de fuerza y peligro) es real y no fingida.

Ya en el plano humano, en el marco cronológico y cultural del Mundo Antiguo, cuando el pensamiento mítico-religioso marcaba los límites de la acción de los individuos y las comunidades, lo real y lo mítico se hallaban mezclados formando conjuntamente los contornos de lo cotidiano. En este mundo de sensaciones y mitos, sujeto a explicaciones mágico-religiosas de la realidad, las presencias naturales no se limitaban a los seres que hoy consideramos “reales”: la Naturaleza albergaba todo un imaginario que hoy consideramos “mitológico” pero que al hombre antiguo se le antojaba enteramente “real”. La “realidad” se encontraba cargada de “potencia”, de “fuerza” en función de la “categoría mágico-religiosa” que contuviese, y a los seres “mitológicos” se les reconocía más fuerza (por su proximidad a los dioses) que a la especie humana.

De este modo los hombres habían de dirigir cuando menos parte de sus esfuerzos a conjurar los peligros que esos seres “potencialmente” más poderosos (y en potencia más dañinos) podían causar. En un medio costero como es el nuestro, donde habitaron nuestros ancestros (como testimonian yacimientos prehistóricos como “El Retamar” o más recientes, de época romana, como el horno anfórico de “El Gallinero”, entre otros muchos), el mar debía ser no sólo una fuente esencial de recursos sino una fuente de peligros constantes.

El arma empleada para espantar esos peligros que en forma de gigantescos peces y de dragones marinos podían atacar y destruir a los barcos de pesca -y no sólo a los de pesca- sería la magia simpática, con procedimientos como el de convertir a las barcas en un “símil” de esos peligros marinos; ello explica en parte el porqué (en otro marco geográfico) de las cabezas de dragones en las naves vikingas (los “drakkares”)…

Drakkares vikingos en el tapiz de Bayeux.

Drakkares vikingos en el tapiz de Bayeux.

Y en ello encontramos las raíces remotas de un elemento tradicional que adornaba (y en buena medida adorna) las proas de nuestras barquillas y pateras: los ojos pintados en las mismas. Este sencillo recurso (común en todo el Mediterráneo y el Atlántico peninsular ibérico) servía para convertir a estas modestas embarcaciones en elementos naturales, en seres marinos, evitando así el mítico ataque de los monstruos del mar al convertirse, de manera mimética, en “monstruos” a su vez, en un elemento vivo más, en algo no artificial y por tanto no ajeno a ese medio natural en el que se desenvuelve, sobre el que navega.

He aquí (estética aparte) la razón de ser de esos ojos, que lamentablemente parecen ir poco a poco desapareciendo de la cara -de la proa- de nuestras barcas, botes, pateras y barquillas, aunque aún se muestran en no pocas de las mismas, surcando de este modo las aguas de estos mares tan antiguos…, unos ojos que cumplen una función similar a la de los mascarones de proa, también un elemento tradicional de las embarcaciones (en este caso de las mayores) de nuestra tradición cultural (y de otras), y destinado a unos fines similares a los de los ojos proeles pintados.

Es de esperar que no lleguemos a perder de una vez y por completo la memoria, rica, fecunda, de un pasado cada vez más lejano en el que los dragones se paseaban por nuestras aguas, los caballos surcaban las olas, las islas se sumergían bajo los pies de arrojados navegantes (como le sucediera en los mares del Norte a San Brendan -o San Borondón), y sepamos conservar esos ojos de nuestros barcos, que tanto han visto a lo largo de los siglos, y que tan profundo mensaje debían transmitir a los elementos de la Naturaleza.